El 10 de abril de 1941, celebré mis 27 años en la habitación de una fábrica abandonada que estaba cerca de la calle Autumn. No fue un gran cumpleaños a excepción de que estaba celebrando con mis hijos, me llenaba de felicidad saber que estaban bien, aunque faltara Ewan.
Cuatro días posteriores a mi cumpleaños, estaba el cumpleaños de Regina; 29 años para ella no estaba nada mal.
Los ataques a Londres eran intensos, la fábrica no nos protegería por mucho tiempo durante aquellos ataques.
El 16 de abril sería el día más difícil para todos. Nos encontrábamos en la habitación, nuestro refugio. Evan estaba acostado en el suelo, jugando con sus manos. Ese día no platicaba con Julie como los demás días, era extraño que estuviera de esa manera. Quizá se enfermaría o estaba cansado, así que me levanté de mi silla y me recosté con él.
— ¿Qué le sucede a este jovencito? —pregunté con tono amable. Quería que Evan sintiera confianza, me percaté que lloraba ya que pasó una de sus manitas sobre su mejilla, limpiándose sus lágrimas— ¿Evan? ¿Qué sucede?
—Nada —dijo en voz baja.
— ¿Extrañas a papá? —Negó con la cabeza— ¿Entonces qué sucede?
—Tú ya no me quieres.
— ¿Por qué dices eso? ¿Te hice algo?
—Todos me regañan y tú no dices nada, además ya no juegas conmigo como lo hacías antes...
—Eso no es cierto, Evan —repuse, entendía de qué se trataba. Mi hijo estaba celoso de Karim.
Traté de explicarlo las cosas pero no terminé de decirle todo porque un intenso ataque nos alertaría.
—Evan, te amo. Nunca lo olvides, siempre te voy a querer.
—Yo también, mamá.
Esos ataques se daban en zonas muy cerca a la nuestra. Una bomba daría en la fábrica e hizo que ésta vibrara, pedacitos de techo se desprendían y el polvo comenzaba a caer. Salimos sin tomar cosas, mi madre no podía correr por lo que nos dificultó avanzar hacia una zona donde no nos pasara nada.
Al salir todo era un caos. La gente corría en todas direcciones y era difícil saber a donde ir. Mi hermana Regina tomó por la mano a Evan y nos hizo señas de seguirla, yo cargaba a Karim y Katia ayudaba a mi madre. Los gritos de las personas alteraban la situación, el ruido de las turbinas de los aviones enemigos eran más ruidosas que otras veces debido a que volaban muy bajo al igual que las armas que disparaban desde los mismos aviones, a eso se le sumaban los estallidos de las bombas que dejaban caer. Era aterrador escuchar todo aquello en un sólo lugar, era horroroso ver lágrimas y caras de desesperación. Llegamos hasta la calle Crydon, esa era la calle equivocada.
Regina y Evan iban a unos metros delante de mí y unos pocos metros atrás estaba Katia con mi madre. De ambos lados de la calle había casas y una gran casa donde se fabricaban zapatos. Gente de aquella gran casa salía desesperada por la puerta. Seguía avanzando con Karim en brazos, al mirar al frente veía las espaldas de mi hermana y mi hijo que avanzaban y brincaban escombros que estorbaban el camino, se equilibraban para no caer. Me preguntaba cómo le haría mi madre para pasar por aquellos escombros que estaba por delante. Sentía impotencia al no poder correr más y regresar hasta donde mi madre para ayudarla. Volví a mirar hacia atrás y no entendía por qué Katia dejaba a mi madre.
Me detuve para esperar a Katia pero un avión alemán dejó caer unas bombas por esa calle. Cubrí mi cara contra mi hija y cerré mis ojos, me acuclillé y dejé que todo pasara. No aguanté más y dejé salir un grito desgarrador al sentir que algo me había golpeado, mis oídos zumbaban, estaba completamente desconcertada, mis manos me temblaban y temía que dejara caer a mi bebé. Sentía desvanecerme y me costaba respirar. Supe entonces que tenía que moverme de ahí y lo hice. Tropecé con un gran pedazo de piedra, no sabía en dónde estaba, no podía ver con claridad a mi bebé.
—Vas a estar bien, Karim, no te preocupes —No me escuché al decir aquellas palabras, no sabía si lo estaba diciendo o lo estaba pensando —Necesito ver a Evan...mi madre...Katia venía detrás de mí...tranquila Klein.
Después de unos segundos, comencé a ver mejor; iba en dirección contraria. Varias personas estaban tiradas, algunas heridas y algunas muertas., busqué a Katia y la vi hincada. Miré hacia atrás y no veía a Evan ni a Regina.
— ¡¡Klein!! —gritó Katia. No sabía qué hacer, si correr hacia mi hermana que me gritaba o dar la vuelta y buscar a mi hijo —¡¡Klein!! ¡¡Klein!!
Katia lloraba como nunca jamás la vi llorar. Mi madre podía estar herida, fue lo primero que pensé. Sin pensarlo me dirigí a ella. Me percaté que Karim hacía gestos y me tranquilicé al verla viva. Crucé por un gran pedazo de escombro que me dividía de mi hermana. Quedé perpleja al ver a mi madre tirada.
—Ma... ¿mamá? —me acerqué— No...mamá... ¡Mamá!
—Está muerta, Klein —me dijo Katia entre sollozos.
— ¡No puede ser cierto, Katia! ¡No puede estar muerta! —le dije sin dejar de mirar a mi madre. Sentí cómo mis ojos se humedecían y salió una lágrima, abracé con miedo a Karim.
Pronto me acerqué a Katia y la abracé también, un abrazo amargo que no quería volver a sentir. Katia lloraba sin consuelo, habíamos perdido a nuestra madre.
— ¿Qué haremos ahora, Klein? —suspiró.
—Vamos a estar bien —fueron las únicas palabras que salieron de mi boca. No podía dejar de llorar.
— ¿Evan? Ahí viene Evan y no tiene que ver a mi madre —Se despegó Katia de mí. Giré velozmente y miré a mi hijo con bien, Regina corría hacia nosotras. Me llevé una de mis manos libres a mi cabello que estaba alborotado. Aviones alemanes continuaban pasando.
— ¡Katia! ¡Tenemos que irnos! —grité.
— ¿Y mi madre? ¡No pienso dejarla aquí!
—Katia, no hay tiempo. ¡No nos podemos quedar aquí! ¡Regresaremos por ella!
Katia accedió y huimos de aquél lugar. Sé que era difícil dejar a mi madre pero teníamos que sobrevivir, refugiarnos. Avanzamos un poco y pronto Regina nos alcanzaría de frente. No mencionamos nada de mi mamá pero nuestros ojos nos delataron.
— ¿Y mi mamá, Klein? —preguntó Regina sin dar un paso.
—Te explico después, tenemos que estar seguros, anda —dije seriamente.
—Mami, estás llorando —murmuró Evan. Le sonreí y seguí el camino. Necesitaba despejar mi mente.
El peligro se fue y nos quedamos en una calle principal donde había más gente. Evan se sentó en la banqueta, estaba desconcertado, miraba a toda esa gente ir y venir, volteaba ciertas veces hacia a mí, entonces fue que supe que me preguntaría algo.
— ¿Mamá?
—Dime, Evan —le sonreí y me senté junto a él.
—Mamá, ¿dónde está mi abuela? —dijo con lástima. Su cara de lástima me partió el alma y me puse a llorar, Evan se levantó y me abrazó.
—Es difícil de explicar, Evan.
— ¿Por qué?
—Tú abuela ya no está...con nosotros —dije en un hilo de voz.
— ¿A dónde se fue? ¿Muy lejos?
—Sí, Evan. Ella está lejos, no sé en dónde —fueron mis últimas palabras.
Katia le había explicado a Regina todo y como era de esperarse, soltó a llorar.
Esa tarde, cuando el sol se estaba escondiendo, nos dirigimos a otras pocas calles que quedaban cerca. Pasaríamos la noche en la calle.
Las horas pasaron nadie decía nada. Pensar que mi madre ya no estaba con nosotros era imposible de creer. Regina me ayudaba con Karim, la arrullaba ya que mi espalda no me permitía cargarla como se debía, tenía ya cinco meses y pesaba cada vez más.
El frío era terrible, no teníamos con qué taparnos, sólo llevábamos una pequeña cobija que era de Karim.
—Si quieres dame a Karim —le dije a mi hermana.
— ¿Sí? ¿No te molesta más la espalda? —preguntó.
—No, estoy bien. Me recargaré en la pared y descansaré —dije con una media sonrisa
Me recosté en la pared y dejé que Evan recostara su cabeza en mis piernas. Regina me entregó a Karim y extendí lo más que pude la cobija para tapar a Evan pero era insuficiente. Dormí a Karim sobre mi pecho y la cubrí con el suéter que yo llevaba.
— ¿Qué sucedió cuando el edificio se derrumbó? No los vi después —le pregunté a Regina
—Nos pegamos a una de las paredes de una casa. Supe que algo les había sucedido al ver la gran nube de polvo pero me limité a ir.
— ¿Por Evan?
—Sí, estaba angustiado y quería salir corriendo. Después de que los aviones se fueron salimos a buscarlas, jamás me imaginé que mi madre...
—Yo tampoco, Regi. Katia no quiere hablar, supongo que debemos darle tiempo.
—Lo mismo digo.
Evan estaba temblando, el frío era fuerte. Evan se despertaba constantemente y estaba enfadado por lo mismo, la cobija no cubría sus piernas. Un señor de unos 55 años se aproximó a nosotros y le obsequió a Evan su abrigo. Agradecí y de inmediato tapé a Evan, ahora tendría una noche un poco más cómoda.


