martes, 23 de septiembre de 2008

Capítulo XXIV / Primer Deceso

Los ataques a Londres eran tan intensos como la vez pasada, llevábamos casi tres semanas fuera del albergue. Desde esa vez, nos refugiamos con Julie, una mujer de unos cincuenta años de edad, delgada y de cabello gris, caminaba algo jorobada y era bastante parlanchina. Julie estaba encantada con Evan, pues ambos hicieron muy buena conexión y platicaban de todo, nos hacían reír muy a menudo. Yo trataba de cuidar la boca de Evan, para que no dijera cosas de más.

El 10 de abril de 1941, celebré mis 27 años en la habitación de una fábrica abandonada que estaba cerca de la calle Autumn. No fue un gran cumpleaños a excepción de que estaba celebrando con mis hijos, me llenaba de felicidad saber que estaban bien, aunque faltara Ewan.
Cuatro días posteriores a mi cumpleaños, estaba el cumpleaños de Regina; 29 años para ella no estaba nada mal.

Los ataques a Londres eran intensos, la fábrica no nos protegería por mucho tiempo durante aquellos ataques.
El 16 de abril sería el día más difícil para todos. Nos encontrábamos en la habitación, nuestro refugio. Evan estaba acostado en el suelo, jugando con sus manos. Ese día no platicaba con Julie como los demás días, era extraño que estuviera de esa manera. Quizá se enfermaría o estaba cansado, así que me levanté de mi silla y me recosté con él.

— ¿Qué le sucede a este jovencito? —pregunté con tono amable. Quería que Evan sintiera confianza, me percaté que lloraba ya que pasó una de sus manitas sobre su mejilla, limpiándose sus lágrimas— ¿Evan? ¿Qué sucede?
—Nada —dijo en voz baja.
— ¿Extrañas a papá? —Negó con la cabeza— ¿Entonces qué sucede?
—Tú ya no me quieres.
— ¿Por qué dices eso? ¿Te hice algo?
—Todos me regañan y tú no dices nada, además ya no juegas conmigo como lo hacías antes...
—Eso no es cierto, Evan —repuse, entendía de qué se trataba. Mi hijo estaba celoso de Karim.

Traté de explicarlo las cosas pero no terminé de decirle todo porque un intenso ataque nos alertaría.
—Evan, te amo. Nunca lo olvides, siempre te voy a querer.
—Yo también, mamá.

Esos ataques se daban en zonas muy cerca a la nuestra. Una bomba daría en la fábrica e hizo que ésta vibrara, pedacitos de techo se desprendían y el polvo comenzaba a caer. Salimos sin tomar cosas, mi madre no podía correr por lo que nos dificultó avanzar hacia una zona donde no nos pasara nada.

Al salir todo era un caos. La gente corría en todas direcciones y era difícil saber a donde ir. Mi hermana Regina tomó por la mano a Evan y nos hizo señas de seguirla, yo cargaba a Karim y Katia ayudaba a mi madre. Los gritos de las personas alteraban la situación, el ruido de las turbinas de los aviones enemigos eran más ruidosas que otras veces debido a que volaban muy bajo al igual que las armas que disparaban desde los mismos aviones, a eso se le sumaban los estallidos de las bombas que dejaban caer. Era aterrador escuchar todo aquello en un sólo lugar, era horroroso ver lágrimas y caras de desesperación. Llegamos hasta la calle Crydon, esa era la calle equivocada.

Regina y Evan iban a unos metros delante de mí y unos pocos metros atrás estaba Katia con mi madre. De ambos lados de la calle había casas y una gran casa donde se fabricaban zapatos. Gente de aquella gran casa salía desesperada por la puerta. Seguía avanzando con Karim en brazos, al mirar al frente veía las espaldas de mi hermana y mi hijo que avanzaban y brincaban escombros que estorbaban el camino, se equilibraban para no caer. Me preguntaba cómo le haría mi madre para pasar por aquellos escombros que estaba por delante. Sentía impotencia al no poder correr más y regresar hasta donde mi madre para ayudarla. Volví a mirar hacia atrás y no entendía por qué Katia dejaba a mi madre.
Me detuve para esperar a Katia pero un avión alemán dejó caer unas bombas por esa calle. Cubrí mi cara contra mi hija y cerré mis ojos, me acuclillé y dejé que todo pasara. No aguanté más y dejé salir un grito desgarrador al sentir que algo me había golpeado, mis oídos zumbaban, estaba completamente desconcertada, mis manos me temblaban y temía que dejara caer a mi bebé. Sentía desvanecerme y me costaba respirar. Supe entonces que tenía que moverme de ahí y lo hice. Tropecé con un gran pedazo de piedra, no sabía en dónde estaba, no podía ver con claridad a mi bebé.

—Vas a estar bien, Karim, no te preocupes —No me escuché al decir aquellas palabras, no sabía si lo estaba diciendo o lo estaba pensando —Necesito ver a Evan...mi madre...Katia venía detrás de mí...tranquila Klein.

Después de unos segundos, comencé a ver mejor; iba en dirección contraria. Varias personas estaban tiradas, algunas heridas y algunas muertas., busqué a Katia y la vi hincada. Miré hacia atrás y no veía a Evan ni a Regina.

— ¡¡Klein!! —gritó Katia. No sabía qué hacer, si correr hacia mi hermana que me gritaba o dar la vuelta y buscar a mi hijo —¡¡Klein!! ¡¡Klein!!

Katia lloraba como nunca jamás la vi llorar. Mi madre podía estar herida, fue lo primero que pensé. Sin pensarlo me dirigí a ella. Me percaté que Karim hacía gestos y me tranquilicé al verla viva. Crucé por un gran pedazo de escombro que me dividía de mi hermana. Quedé perpleja al ver a mi madre tirada.

—Ma... ¿mamá? —me acerqué— No...mamá... ¡Mamá!
—Está muerta, Klein —me dijo Katia entre sollozos.
— ¡No puede ser cierto, Katia! ¡No puede estar muerta! —le dije sin dejar de mirar a mi madre. Sentí cómo mis ojos se humedecían y salió una lágrima, abracé con miedo a Karim.

Pronto me acerqué a Katia y la abracé también, un abrazo amargo que no quería volver a sentir. Katia lloraba sin consuelo, habíamos perdido a nuestra madre.

— ¿Qué haremos ahora, Klein? —suspiró.
—Vamos a estar bien —fueron las únicas palabras que salieron de mi boca. No podía dejar de llorar.
— ¿Evan? Ahí viene Evan y no tiene que ver a mi madre —Se despegó Katia de mí. Giré velozmente y miré a mi hijo con bien, Regina corría hacia nosotras. Me llevé una de mis manos libres a mi cabello que estaba alborotado. Aviones alemanes continuaban pasando.

— ¡Katia! ¡Tenemos que irnos! —grité.
— ¿Y mi madre? ¡No pienso dejarla aquí!
—Katia, no hay tiempo. ¡No nos podemos quedar aquí! ¡Regresaremos por ella!

Katia accedió y huimos de aquél lugar. Sé que era difícil dejar a mi madre pero teníamos que sobrevivir, refugiarnos. Avanzamos un poco y pronto Regina nos alcanzaría de frente. No mencionamos nada de mi mamá pero nuestros ojos nos delataron.

— ¿Y mi mamá, Klein? —preguntó Regina sin dar un paso.
—Te explico después, tenemos que estar seguros, anda —dije seriamente.
—Mami, estás llorando —murmuró Evan. Le sonreí y seguí el camino. Necesitaba despejar mi mente.

El peligro se fue y nos quedamos en una calle principal donde había más gente. Evan se sentó en la banqueta, estaba desconcertado, miraba a toda esa gente ir y venir, volteaba ciertas veces hacia a mí, entonces fue que supe que me preguntaría algo.

— ¿Mamá?
—Dime, Evan —le sonreí y me senté junto a él.
—Mamá, ¿dónde está mi abuela? —dijo con lástima. Su cara de lástima me partió el alma y me puse a llorar, Evan se levantó y me abrazó.
—Es difícil de explicar, Evan.
— ¿Por qué?
—Tú abuela ya no está...con nosotros —dije en un hilo de voz.
— ¿A dónde se fue? ¿Muy lejos?
—Sí, Evan. Ella está lejos, no sé en dónde —fueron mis últimas palabras.

Katia le había explicado a Regina todo y como era de esperarse, soltó a llorar.
Esa tarde, cuando el sol se estaba escondiendo, nos dirigimos a otras pocas calles que quedaban cerca. Pasaríamos la noche en la calle.

Las horas pasaron nadie decía nada. Pensar que mi madre ya no estaba con nosotros era imposible de creer. Regina me ayudaba con Karim, la arrullaba ya que mi espalda no me permitía cargarla como se debía, tenía ya cinco meses y pesaba cada vez más.

El frío era terrible, no teníamos con qué taparnos, sólo llevábamos una pequeña cobija que era de Karim.

—Si quieres dame a Karim —le dije a mi hermana.
— ¿Sí? ¿No te molesta más la espalda? —preguntó.
—No, estoy bien. Me recargaré en la pared y descansaré —dije con una media sonrisa

Me recosté en la pared y dejé que Evan recostara su cabeza en mis piernas. Regina me entregó a Karim y extendí lo más que pude la cobija para tapar a Evan pero era insuficiente. Dormí a Karim sobre mi pecho y la cubrí con el suéter que yo llevaba.

— ¿Qué sucedió cuando el edificio se derrumbó? No los vi después —le pregunté a Regina
—Nos pegamos a una de las paredes de una casa. Supe que algo les había sucedido al ver la gran nube de polvo pero me limité a ir.
— ¿Por Evan?
—Sí, estaba angustiado y quería salir corriendo. Después de que los aviones se fueron salimos a buscarlas, jamás me imaginé que mi madre...
—Yo tampoco, Regi. Katia no quiere hablar, supongo que debemos darle tiempo.
—Lo mismo digo.

Evan estaba temblando, el frío era fuerte. Evan se despertaba constantemente y estaba enfadado por lo mismo, la cobija no cubría sus piernas. Un señor de unos 55 años se aproximó a nosotros y le obsequió a Evan su abrigo. Agradecí y de inmediato tapé a Evan, ahora tendría una noche un poco más cómoda.

sábado, 20 de septiembre de 2008

Capítulo XXIII // Bardía

Sin problema alguno, Ewan pudo llegar hasta la base en Bélgica donde ya se estaban preparando para partir hacia Italia. Entre tantas caras nuevas, Ewan buscaba alguna que le fuera familiar, le preocupaba que ya no perteneciera a su escuadrón. Sin encontrar a alguien de los suyos, rápidamente se dirigió hacia las camillas de recuperación esperando encontrar a alguien pero no tuvo éxito.

—Disculpa, ¿sabes algo del escuadrón 218? —preguntó Ewan a un joven soldado que llevaba un pedido.
—Están entrenando en el campo, por allá. Se irán a Italia muy pronto —respondió —No queda muy lejos de aquí pero no le recomiendo ir, es peligroso y más por la zona en donde estamos.
—Gracias.

Ewan se sintió más tranquilo al saber lo que estaba sucediendo. Se dirigió hacia su cama correspondiente y descansó mientras Alan llegaba.
Quizá una hora o dos pasaron cuando Alan despertó a su amigo. Se alegraron al verse uno al otro, se dieron un abrazo y bromeaban una que otra vez con respecto a las mentiras de Alan. Ewan le explicó que entendía la necesidad de mentir y que no había nada que perdonar.

—Me alegra que los hayas visto —murmuró Alan.
—Los extraño. Son hermosos mis hijos —Ewan hizo una pausa para recordar lo de la ida a Italia — ¿Qué hay de Italia? ¿Noticias?
—Sí, nos mandarán, sobre todo a los que tuvimos pases y no fueron revocados. Bardía es el lugar en donde atacaremos, se dice que hay pocos refuerzos y probablemente ganemos la batalla. Para la Royal Air Force no fue difícil, atacaron muy bien y sin problema alguno.
—Suena bien. Espero que todo salga bien, no he entrenado y estamos ya por salir.
—No te preocupes, Ewan, para defenderte estoy yo —respondió con una gran sonrisa.
—Gracias.

Ewan y Alan se incorporaron a su batallón, el teniente Woley les explicó las estrategias y les ordenó memorizar sus posiciones para antes de atacar. Ese mismo día viajaron en avión, como paracaidistas, hasta Bardía. Llegaron de madrugada y muy entrada la mañana emprendieron la batalla. Varias compañías estaban fuertemente armadas, tenían pocas posibilidades de fracasar. Ewan estaba tranquilo al saber que nos había dejado con bien. Antes de atacar, Alan se acercó a Ewan para hablarle sobre el trato de protegerse uno al otro y así era, el plan aún estaba de pie.

Los pelotones avanzaban con cautela entrando a territorio italiano. El clima era extraño, quizá frío y pesado. Dos pelotones corrieron hacia el lado este para pegarse a una llana de un carruaje italiano. Ewan estaba con Jhonny, un joven de 23 años, reemplazo. Jhonny tenía cabello café y unos pequeños ojos azules, llevaba coraje y era corpulento. Ewan se sentía menos al estar a su lado. Ambos avanzaron para proteger su zona correspondiente e hicieron señas a sus demás compañeros para avanzar. Justo en ese instante una lluvia de balas se dejó venir, Ewan y Jhonny no podían disparar, estaban detrás del carruaje que los protegía; no sabían en dónde estaban los enemigos.

—Iré a investigar —dijo Ewan con seguridad pero Jhonny puso una mano en su hombro impidiéndole avanzar.
—Déjame ir—exclamó Jhonny —Es una lluvia de balas y no sabemos ni cuántos son, podré llegar al otro extremo.
—Escucha, es más fácil que vaya yo, podré correr lo más que pueda y refugiarme, dudo que una bala me atraviese. En cuanto veas a alguno de ellos, dispara.

La idea de Ewan era brillante, Jhonny no lo detuvo más y Ewan corrió entre las balas. Se escuchó cómo la balacera subió de tono en cuanto Ewan y varios compañeros más se dejaron ver por los italianos. Ewan brincó una tabla que estaba por su camino, eso hizo que perdiera velocidad y que por un segundo no llegara hasta el edificio vecino. Jhonny estuvo atento y pronto dispararía su arma hacia un italiano que estaba escondido entre unos arbustos muy bien colocados, Jhonny sonreía. El plan de su escuadrón funcionó a medias, sólo unos pocos italianos revelaron involuntariamente su posición, parecía ser el líder quien ordenó a los soldados restantes que guardaran su posición. Cuando la mayoría del escuadrón se dio cuenta de que el plan había fallado, entraron deprisa al plan B. Ewan volvió con Jhonny y dos soldados más se unirían con ellos; Kamen y Pierre. Grupos de cuatro soldados rodearían su zona para asegurarla. El plan avanzaba y se veía a los grupos avanzar para salvar su zona correspondiente. Mientras la batalla avanzaba, una escena dejaría perplejos a varios soldados.

Jhonny, Pierre, Kamen y Ewan se encontraban defendiendo la zona, disparando y cubriéndose de las balas cuando encontraron de frente a tres soldados italianos que llevaban consigo un mortero ya preparado. Ewan, Jhonny y Pierre se quedaron inmóviles al ver el mortero, sabían que tenían que moverse de inmediato pero no hubo tiempo suficiente para dar siquiera un paso; el soldado italiano retrocedió al disparar el mortero por la fuerza de éste. Fue tarde para intentar hacer algún movimiento. Ewan sintió una gran explosión y pronto cayó al suelo. Trató de incorporarse rápidamente, pero la explosión lo dejaría desconcertado, tuvo la necesidad de tocar como pudo sus extremidades para saber que estaba bien antes de saber que sus oídos estaban a punto de reventar. Entre tanto polvo y pedazos de material que desconocía supo que estaba bien, estaba sordo y lo único que escuchaba era su corazón latir y unas cuantas voces a lo lejos. Su frente tenía una herida de la cual brotaban chorros de sangre, entre el denso polvo y la sangre que recorría su frente le era imposible saber por dónde iba. Se arrastró como pudo para salir de aquella nube de polvo y un soldado lo ayudó a refugiarse.

— ¡Allá! —Gritó señalando hacia el lugar del incidente— ¡Estoy bien! ¡Ellos necesitan ayuda!
— ¡Es demasiado polvo! ¡Aún no podemos ir! —gritó Jack.

A los pocos segundos, Ewan se recargó sobre el pilar de un edificio viejo y guardó calma. Miró hacia su lado izquierdo y vio a Pierre tirado en el suelo, sin su pierna derecha y sangre por todos lados. Pierre trataba de saber qué había sucedido y al mismo tiempo se quejaba desconcertado.
Alan y Paul auxiliaron a Pierre, lo arrastraron hasta una zona segura dejando rastros de sangre.

— ¡Médico! ¡Un médico!— gritaba Alan.
— ¡Mi pierna!... ¿Dónde está mi maldita pierna? —Pierre estaba al borde de la desesperación. Aunque fuera imposible de creer, Pierre se quejaba menos, quizá por la adrenalina que tenía. En cuanto el médico llegó, Pierre lo jaloneó del uniforme pidiendo una explicación de su pierna.
— ¡Tranquilo Pierre! ¡Si no me sueltas será imposible curarte! —enfureció el médico. Pierre lo soltó con repugna y dejó que lo curaran.

La batalla se inclinó a favor de los británicos y ese día capturaron a los italianos. Sin duda fue una batalla dura, con muchas bajas por parte de ambas naciones.

Durante el mes de enero, no estábamos acostumbrando al clima frío de aquella época. A veces era difícil dormir, por el frío o por Karim. El último día del mes, Londres volvió a ser atacada, temíamos que algo malo nos sucediera dentro del sótano. Un estallido muy cerca nos haría cubrirnos por completo contra la cama. Karim lloraba sin consuelo y eso nos ponía de nervios a todos, me preocupaba que les pasara a algo a mis hijos, le dije a Evan lo mismo que cuando los soldados alemanes nos sacaron de aquél sótano en Bélgica. Evan estaba asustado pero aún así trataba de demostrar valentía. Los bombardeos siguieron escuchándose por un largo tiempo.

— ¿Sabes? Eres muy valiente —le dije a Evan.
—Lo sé —respondió secamente.
—Me enorgullece que seas mi hijo y que Karim tenga un hermano como tú. Eres el mayor.
—Ya casi cumplo siete años, cuando tenga siete los cuidaré muy bien.
—Sé que nos cuidarás.

Las horas pasaban y los ataques cedieron, salimos de nuestro pequeño escondite al estar seguros de que ya no corríamos peligro y así fue.
Evan nos despertó en su día alardeando que era su cumpleaños, estaba feliz. Todos lo felicitamos y él se sentía muy grande al tener ya siete años. No hubo regalos, no habría nada que regalarle en las condiciones en las cuales nos encontrábamos. Días después, Evan estaba triste por la ausencia de su padre, era el primer cumpleaños que lo pasaba sin él.

— ¿Mamá? ¿Mi papá supo de mi cumpleaños?
—Sí, ¿por qué? —pregunté con tono amable. Sabía que venía algo difícil y sentí la necesidad de contestarle con madurez, como a un adulto.
— ¿No va a volver, verdad? —bajó la cabeza.
—Ya habrá más cumpleaños por celebrar, no te preocupes —le dije y acaricié su suave rostro. Ese mismo día las cosas no irían bien. Mi hermana Katia tendría una mala noticia.
— ¡Klein! —Gritó alarmada al entrar al sótano— Klein tenemos que salir de aquí ya
— ¿Por qué? ¿Qué sucede? —pedí tratando de que mi voz sonara tranquila y calmar la situación. Katia comenzó a sacar cosas, elegía las que nos iban a servir, según ella.
— ¡Se rompió un tubo de gas, fue durante los ataques pasados! ¡No nos podemos quedar aquí! —se detuvo al mirar mi cara cuando le grité.
— ¡Katia! ¿Podrías tranquilizarte? —Dije entre dientes— Evan está presente, no quiero que lo espantes.
—Klein tiene razón, tranquilizarte —repuso Regina y se volvió a mí— Debemos salir lo antes posible, tomen cosas necesarias, ¿de acuerdo?

Todos obedecimos a Regina, traté de parecer despreocupada ante el hecho de abandonar el sótano y salir a no sé dónde. La casa del abuelo Evan era una opción pero pronto desaparecía de mi mente al recordar que varias ataques se habían citado en aquél sitio. Dos cajas y varias cobijas era lo que llevábamos. Salimos y al parecer no éramos los únicos en abandonar la colonia Stroke, muchísimas familias más se iban de sus refugios.
Mis hermanas cargaban con una cada quien, mi madre las cobijas y Evan dos almohadas. Yo no podía cargar con algo más que no fuera Karim. Era difícil tener que irnos del sótano, estábamos expuestos a cualquier ataque, sólo podíamos rezar para que nada malo sucediera. Sólo eso.

Llegamos a un lugar llamado Cameci, ahí nos albergamos. Había más de cien personas ahí. Por suerte nos tocó un buen lugar, donde no hacía frío, ni viento. Era la mejor parte, el lugar era espacioso, con pequeñas ventanas rectangulares en lo más alto de las paredes de color blanco, bien podría ser una fábrica o quizá un gimnasio. Los días siguientes, la luz de la mañana entraba por el lado opuesto de donde descansábamos. Era agradable no tener que lidiar con la luz del sol.
Más de una semana pasó cuando otro ataque enemigo tomara por sorpresa a Londres. Las luces de aquél refugio comenzaron a fallar y pronto el pánico subía de tono. Ewan me llegó a decir en varias ocasiones que los lugares públicos podrían ser un blanco perfecto para los alemanes. Escuchamos un estallido cerca, Evan corrió a mi y me sujetó por mí vestido.

—Cualquier cosa que suceda, no te sueltes de mí —le dije.
— ¿Va a suceder algo malo?
—No lo sé, no quiero que te separes de mí —me percaté que mi hijo tenía un morral verde, la correa cruzaba su pecho, pensé que la pudo haber encontrado o alguna buena persona se la obsequiaría, así que no dije nada.

Otro estallido aún más cerca terminaría de alborotar el pánico y en menos de lo esperado un sonido ensordecedor cubriría aquella estampida humana. No había mucha luz, pero algo enorme destruyó el techo del refugio y el sonido de cristales rotos era constante. Me reincorporé gritando el nombre de mi hijo, era difícil escuchar mi propio grito entre tantos otros gritos. Pronto sentí que Evan me jalaba de mi vestido, me alegré al verlo con bien. Mis hermanas y mi madre nuevamente cargaban las cosas, una vez más saldríamos sin saber a dónde.

—Al parecer los escombros del techo bloquearon una de las salidas —dijo Regina.
—Toda la gente está comenzando a salir por ahí —indiqué hacia la única salida de nuestro lado derecho —No nos podemos meter allí, nos aplastarían.
—No podemos esperar mucho, tenemos que ir ya —gruñó Regina.

Sin ninguna opción, nos aventuramos a los apretones. Por suerte salimos con bien pero lo que nos esperaba era mucho peor.

viernes, 12 de septiembre de 2008

Capítulo XXII // Cielo Iluminado

— ¿Papá?... ¿estás despierto?
—Evan, no molestes a tu padre. Ven aquí.
—Pero yo vi que abrió sus ojos, lo juro mami.
—Quizá está soñando, anda ven aquí — le dije a mi hijo. Ewan estaba despierto, yo era su cómplice y mi esposo estaba a punto de atacar a Evan; atacarlo de cosquillas. Evan seguía hincado sobre la cama esperando a que su padre abriera los ojos nuevamente y éste al no hacerlo hizo que Evan se rindiera. Se arrastró hacia el otro extremo de la cama, bajó sus pies y estuvo a punto de levantarse cuando Ewan lo tomó por la cintura y lo elevó piernas arriba, dándole una vuelta para terminar de estrellarlo delicadamente contra la cama. Evan soltó a reír tratando de liberarse de su padre, Ewan levantó la camisa y tocó la tibia piel de su hijo con sus manos frías.

— ¡Basta papá! ¡Estás helado! — gritaba y al mismo tiempo reía retorciéndose entre las cobijas.
—Ewan, no lo vayas a lastimar — Sabía que estaban jugando pero un mal cálculo podría lastimar al flacucho de mi hijo.
—No, no pasará nada. Este muchachito se debe defender — dijo mientras inmovilizaba tiernamente a Evan — ¿Se rinde? ¿Se rinde, jovencito?
— ¡Jamás! — enfureció Evan y se soltó de las manos de su padre. Se alejó y se acomodó del extremo opuesto de la cama, tomó aire y se abalanzó hacia su padre. Ewan lo atrapó y ambos se dejaron caer en la cama, Evan estaba encima de Ewan y ahora era el hijo quien preguntaba si se rendía. Ewan aceptó su derrota y el juego terminó.

Para la tarde del 29 de diciembre de 1940, nos alistábamos para ir a casa abandonada del abuelo de Ewan. No estaba segura de salir, aún me sentía extraña por el alumbramiento de Karim pero aún así insistí en poder ir. Karim se quedó con mis hermanas, era muy vulnerable y aún más con el frío de aquél tiempo. Esa tarde nevaba, no llevábamos mucha ropa los tres y así salimos. El frío era fuerte, se podía sentir en las mejillas y nariz, se sentía tal y como cuando una paleta helada es puesta en tu mejilla. Caminamos hasta la casa y al llegar una capa de nieve cubría el tejado de la puerta principal.

— ¿Quién vive allí? —preguntó Evan sin soltar de la mano a su padre.
—Allí vivía el abuelo Evan — respondió y dejó salir un suspiro.

Entramos a la casa y nos situamos en el primer piso donde había menos frío. En ese mismo piso había un gran ventanal arqueado, era increíble cómo después de tanto tiempo ninguno de los seis vidrios estuvieran rotos. Por ese ventanal, Ewan y yo solíamos ver los atardeceres y algunas veces los amaneceres; ahora estábamos ahí los tres. La tarde caía y Ewan contaba todo lo que sucedía antes de que naciera Evan. Los ojos de mi hijo brillaban al imaginarse todo lo que Ewan describía; contaba los planes que teníamos y ahora comenzaba a contar lo que haríamos al terminar todo este tiempo de despedidas constantes que teníamos. Según los planes, viviríamos en la casa de su abuelo, Karim y Evan tendrían sus propias habitaciones, tendríamos una sala cómoda y una gran cocina con una mesa grande de madera. Las ideas que Ewan relataba te hacían imaginar que todo aquello mencionado lo tendríamos. La luz de la luna comenzaba a iluminarnos cuando Evan se levantó y apuntó hacia el fondo del paisaje.

— ¿Qué es eso, papá? — Unas pequeñas luces empezaban a iluminar el cielo, aparecían de poco en poco. Mi corazón se aceleró y pensé que era tiempo de regresar con mi hija, mis hermanas y mi madre.
—Ewan, creo que es tiempo de irnos.
—No, no. Me quiero quedar un momento más aquí —replicó Evan sin saber a lo que nos exponíamos si nos quedábamos más tiempo.
—Tenemos que irnos, hijo. Pronto volveremos, ¿de acuerdo? —murmuró Ewan.
— ¿Lo prometes?
—Te lo prometo.
— ¿Así como prometiste enseñarme francés? —Evan levantó sus ojos hacia su padre, se le llenaron de lágrimas y pude ver la sensación que tuvo cuando sintió un nudo en su pequeña garganta. Ewan se hincó y le habló:
—Siento mucho que hayamos tenido que dejar la casa de Francia, Evan, pero fue por nuestro propio bien; ahora estamos juntos. No te quiero decepcionar, te prometo que regresaremos a ésta casa, no sólo te lo prometo a ti, sino a tu mamá también. Por ahora debemos salir de aquí y regresar al sótano, ¿bien? — Evan asintió la cabeza y dejó que su padre lo cargara.

Al salir de la casa el cielo se seguía iluminando, volteábamos de vez en cuando para saber que aún estábamos a salvo. Yo no podía dejar de pensar que aquellas bombas incendiarias pronto llegarían a nosotros, caminábamos a prisa antes de que la necesidad de correr se apoderara de nosotros. Doblamos en la esquina para llegar a la calle en donde se encontraba nuestro sótano. Me sentí más segura al ver que aún el cielo estaba libre de luces. Entramos al sótano y el calor de éste nos cobijó dulcemente.

El último día del año de 1940 lo vivimos como cualquier otro día. Lo diversión comenzaría entrada la noche. Una pequeña prenda que pertenecía a Evan le quedaba enorme a Karim. Evan reía a carcajadas al igual que su padre.

—Ni modo, no hay más ropa. No se burlen, todo le queda perfecto a Karim, es hermosa — Exclamé alzando a mi hija y dándole un beso.
—Lo sé, es linda. Se parece a ti —respondió Ewan.
—Gracias, te amo.
—Yo también.

Evan preguntó la hora y Katia sacó un viejo reloj que estaba debajo de una de las camas, aún servía; marcaba las once con quince minutos. Aún faltaba y la poca comida estaba lista.

— ¿Aún recuerdan mi viejo truco de las cajas con fósforos? —preguntó Regina.
—Necesitas varias cajas —respondí tímidamente. Regina se levantó de la mesa y sacó dos pequeñas cajas, teníamos fósforos suficientes así que no se preocupó y las tomó.
— ¿Te servirán sólo esas?—pregunté alzando las cejas mientras miraba las cajas.
—Sí, puedo con dos —repuso sarcásticamente haciendo una mueca con su boca y sonriendo.
—Evan, pon atención.

Mi hermana escondió sus brazos por la espalda y Evan miraba fijamente mientras escuchaba en qué consistía el juego. Era fácil, sólo tendría qué adivinar qué caja contenía los fósforos. Katia miraba pesimistamente a Regina, mi madre lo hacía también. Yo sabía que tomarían esa actitud, jamás pudieron derrotar a Regina con su truco. Ewan ponía atención. Regina sacudió las dos cajas, las movía constantemente de lugar y preguntaba en qué caja estaban los fósforos, Evan no acertó ni una vez, estaba asombrado y miraba a su padre para encontrar alguna respuesta y fue entonces que Ewan se encogió de hombros y sonreía sin parar; sabía el secreto.

— Es tu última oportunidad, ¿listo? —preguntó nuevamente Regina.
—Sí—Evan no perdía de vista la caja en donde creía que estaban los fósforos.
—Bien, aquí vamos. Elige una.
—Eh...ésa, la derecha —respondió Evan dudando.
— ¿Seguro?
—Sí.

Regina abrió la caja y no estaban ahí. Todos nos alborotamos y Regina sonreía. Sin duda alguna era buena para los trucos.
Las horas pasaron y el reloj marcó doce menos cinco. Nos levantamos y esperamos la cuenta regresiva. El día estaba terminando perfectamente, estábamos celebrando como si no existiera guerra, estábamos todos juntos; a excepción de mi padre que en algún lugar de la guerra se estaría acordando de nosotros. Un sentimiento de tranquilidad y felicidad me llenó y comencé a llorar. Evan me abrazó y me dedicó un tierno beso, agradecí y brindamos por un mejor año.
El sótano no estaba bien iluminado, por lo que la poca luz arrullaría a Evan, Ewan lo cargó, lo llevó hasta la cama y lo arropó. Mis hermanas no tardaron en hacer lo mismo y mi madre se fue a dormir también. Estábamos sólo Ewan, Karim.

— ¿Te irás esta tarde, verdad? —pregunté triste.
—Así es, no quiero que te preocupes, todo irá bien como hasta ahora.
— ¿Cuándo volverás?
—No lo sé, espero venir constantemente. Explícale bien las cosas a Evan como se lo has estado explicando, yo sé que entenderá. Y en cuanto a esta pequeña bebé, quiero que la mimes mucho, la consientas y la eduques.
—Te necesitaré para educarla.
—No te asustes, Klein. Sabes qué hacer en cualquier urgencia.

Para la tarde del primer día de 1941 Ewan estaba preparando su maleta. Ese día sentí lo mismo que sentí cuando se fue por primera vez. Evan ayudaba a su padre, justo como lo hizo la última vez. Sabía que en cualquier momento podría perder a Ewan, no sabría qué hacer si eso llegaba a suceder, mi preocupación ahora era el doble; por Karim. Sólo pedía que todas esas despedidas continuas terminaran, que nunca más nos separáramos y volviéramos a ser lo que éramos antes. Pedía que las únicas preocupaciones fueran qué hacer de comer o a dónde salir a caminar y no la preocupación de saber si Ewan sobreviviría. Los ataques a Londres ya no se hacían presentes.

Acompañamos a Ewan hasta la esquina de nuestra calle. Se podía ver a la gente tratando de reparar sus cosas, el ambiente era triste y gris al igual que el cielo. Hacía frío. Al darme cuenta mi hermana Katia estaba llorando, a pesar de todo dolía ver partir a Ewan. Varias veces le repetía a mi esposo que se cuidara y que no dejara de escribirnos.

— ¿Papá, de verdad nos tienes que dejar? —preguntó Evan. Ewan tuvo un nudo en la garganta y trató de sonreír —No quiero que te vayas.
—Volveré, no te preocupes —repuso tratando de que su voz no se quebrara.
—Despídete ya, Evan. Tenemos que regresar, hace frío —dijo mi madre. Odiaba tanto las despedidas.
—Ewan, cuídate por favor, no olvides escribirnos —le dije. Ewan me tomó de las manos y prometió escribir.
—Ya te dije que no te preocupes, nos volveremos a ver.
—Vuelve pronto, ¿si?
—Lo haré, cuidas a Karim —murmuró acercándose a ella. Besó por última vez su pequeña cabeza.

Ewan se alejó de nosotros, sin saber cómo, Evan se safó de la mano de mi madre y corrió detrás de su padre. Rompía el corazón ver aquella escena, era extraño ver a un hombre llorar y ver cómo se despedía de su hijo. Un presentimiento me rodeó y sabía que algo malo iba a suceder, tenía la inquietud de algo aterrador. Podría tratarse de Ewan, no lo sabía. Traté de sonreír intentando disimular mis lágrimas para que mi esposo no se preocupara y se fuera tranquilo. Ewan se hincó y hablaba con Evan.

—Hijo, entiendo bien todo esto, pero sólo es por un tiempo. Volveré, ya te lo dije.
—Pero yo no quiero que te vayas.
—Yo no quiero dejarte, pero tengo que hacerlo —al decir esto, Evan limpió una lágrima que rodaba por la mejilla de su padre y éste sonrió.
— ¿Puedo ir contigo? —preguntó tiernamente.
—No, Evan. ¿Quieres escuchar un secreto? —Evan asintió la cabeza —Recuerdas el truco de tu tía Regina, ¿verdad?
—Sí, ¿qué sucede?
—Cuando mires nuevamente el truco, asegurate de mirar por debajo de su muñeca, encontrarás toda la magia ahí.
— ¿Ya te sabías el truco? —exclamó con intriga.
—Sí, pero no digas nada —Susurró y se llevó el dedo a sus finos labios. Evan lo imitó —Ahora ve con tu madre, te quiero.
—Yo también.