Sin problema alguno, Ewan pudo llegar hasta la base en Bélgica donde ya se estaban preparando para partir hacia Italia. Entre tantas caras nuevas, Ewan buscaba alguna que le fuera familiar, le preocupaba que ya no perteneciera a su escuadrón. Sin encontrar a alguien de los suyos, rápidamente se dirigió hacia las camillas de recuperación esperando encontrar a alguien pero no tuvo éxito.
—Disculpa, ¿sabes algo del escuadrón 218? —preguntó Ewan a un joven soldado que llevaba un pedido.
—Están entrenando en el campo, por allá. Se irán a Italia muy pronto —respondió —No queda muy lejos de aquí pero no le recomiendo ir, es peligroso y más por la zona en donde estamos.
—Gracias.
Ewan se sintió más tranquilo al saber lo que estaba sucediendo. Se dirigió hacia su cama correspondiente y descansó mientras Alan llegaba.
Quizá una hora o dos pasaron cuando Alan despertó a su amigo. Se alegraron al verse uno al otro, se dieron un abrazo y bromeaban una que otra vez con respecto a las mentiras de Alan. Ewan le explicó que entendía la necesidad de mentir y que no había nada que perdonar.
—Me alegra que los hayas visto —murmuró Alan.
—Los extraño. Son hermosos mis hijos —Ewan hizo una pausa para recordar lo de la ida a Italia — ¿Qué hay de Italia? ¿Noticias?
—Sí, nos mandarán, sobre todo a los que tuvimos pases y no fueron revocados. Bardía es el lugar en donde atacaremos, se dice que hay pocos refuerzos y probablemente ganemos la batalla. Para la Royal Air Force no fue difícil, atacaron muy bien y sin problema alguno.
—Suena bien. Espero que todo salga bien, no he entrenado y estamos ya por salir.
—No te preocupes, Ewan, para defenderte estoy yo —respondió con una gran sonrisa.
—Gracias.
Ewan y Alan se incorporaron a su batallón, el teniente Woley les explicó las estrategias y les ordenó memorizar sus posiciones para antes de atacar. Ese mismo día viajaron en avión, como paracaidistas, hasta Bardía. Llegaron de madrugada y muy entrada la mañana emprendieron la batalla. Varias compañías estaban fuertemente armadas, tenían pocas posibilidades de fracasar. Ewan estaba tranquilo al saber que nos había dejado con bien. Antes de atacar, Alan se acercó a Ewan para hablarle sobre el trato de protegerse uno al otro y así era, el plan aún estaba de pie.
Los pelotones avanzaban con cautela entrando a territorio italiano. El clima era extraño, quizá frío y pesado. Dos pelotones corrieron hacia el lado este para pegarse a una llana de un carruaje italiano. Ewan estaba con Jhonny, un joven de 23 años, reemplazo. Jhonny tenía cabello café y unos pequeños ojos azules, llevaba coraje y era corpulento. Ewan se sentía menos al estar a su lado. Ambos avanzaron para proteger su zona correspondiente e hicieron señas a sus demás compañeros para avanzar. Justo en ese instante una lluvia de balas se dejó venir, Ewan y Jhonny no podían disparar, estaban detrás del carruaje que los protegía; no sabían en dónde estaban los enemigos.
—Iré a investigar —dijo Ewan con seguridad pero Jhonny puso una mano en su hombro impidiéndole avanzar.
—Déjame ir—exclamó Jhonny —Es una lluvia de balas y no sabemos ni cuántos son, podré llegar al otro extremo.
—Escucha, es más fácil que vaya yo, podré correr lo más que pueda y refugiarme, dudo que una bala me atraviese. En cuanto veas a alguno de ellos, dispara.
La idea de Ewan era brillante, Jhonny no lo detuvo más y Ewan corrió entre las balas. Se escuchó cómo la balacera subió de tono en cuanto Ewan y varios compañeros más se dejaron ver por los italianos. Ewan brincó una tabla que estaba por su camino, eso hizo que perdiera velocidad y que por un segundo no llegara hasta el edificio vecino. Jhonny estuvo atento y pronto dispararía su arma hacia un italiano que estaba escondido entre unos arbustos muy bien colocados, Jhonny sonreía. El plan de su escuadrón funcionó a medias, sólo unos pocos italianos revelaron involuntariamente su posición, parecía ser el líder quien ordenó a los soldados restantes que guardaran su posición. Cuando la mayoría del escuadrón se dio cuenta de que el plan había fallado, entraron deprisa al plan B. Ewan volvió con Jhonny y dos soldados más se unirían con ellos; Kamen y Pierre. Grupos de cuatro soldados rodearían su zona para asegurarla. El plan avanzaba y se veía a los grupos avanzar para salvar su zona correspondiente. Mientras la batalla avanzaba, una escena dejaría perplejos a varios soldados.
Jhonny, Pierre, Kamen y Ewan se encontraban defendiendo la zona, disparando y cubriéndose de las balas cuando encontraron de frente a tres soldados italianos que llevaban consigo un mortero ya preparado. Ewan, Jhonny y Pierre se quedaron inmóviles al ver el mortero, sabían que tenían que moverse de inmediato pero no hubo tiempo suficiente para dar siquiera un paso; el soldado italiano retrocedió al disparar el mortero por la fuerza de éste. Fue tarde para intentar hacer algún movimiento. Ewan sintió una gran explosión y pronto cayó al suelo. Trató de incorporarse rápidamente, pero la explosión lo dejaría desconcertado, tuvo la necesidad de tocar como pudo sus extremidades para saber que estaba bien antes de saber que sus oídos estaban a punto de reventar. Entre tanto polvo y pedazos de material que desconocía supo que estaba bien, estaba sordo y lo único que escuchaba era su corazón latir y unas cuantas voces a lo lejos. Su frente tenía una herida de la cual brotaban chorros de sangre, entre el denso polvo y la sangre que recorría su frente le era imposible saber por dónde iba. Se arrastró como pudo para salir de aquella nube de polvo y un soldado lo ayudó a refugiarse.
— ¡Allá! —Gritó señalando hacia el lugar del incidente— ¡Estoy bien! ¡Ellos necesitan ayuda!
— ¡Es demasiado polvo! ¡Aún no podemos ir! —gritó Jack.
A los pocos segundos, Ewan se recargó sobre el pilar de un edificio viejo y guardó calma. Miró hacia su lado izquierdo y vio a Pierre tirado en el suelo, sin su pierna derecha y sangre por todos lados. Pierre trataba de saber qué había sucedido y al mismo tiempo se quejaba desconcertado.
Alan y Paul auxiliaron a Pierre, lo arrastraron hasta una zona segura dejando rastros de sangre.
— ¡Médico! ¡Un médico!— gritaba Alan.
— ¡Mi pierna!... ¿Dónde está mi maldita pierna? —Pierre estaba al borde de la desesperación. Aunque fuera imposible de creer, Pierre se quejaba menos, quizá por la adrenalina que tenía. En cuanto el médico llegó, Pierre lo jaloneó del uniforme pidiendo una explicación de su pierna.
— ¡Tranquilo Pierre! ¡Si no me sueltas será imposible curarte! —enfureció el médico. Pierre lo soltó con repugna y dejó que lo curaran.
La batalla se inclinó a favor de los británicos y ese día capturaron a los italianos. Sin duda fue una batalla dura, con muchas bajas por parte de ambas naciones.
Durante el mes de enero, no estábamos acostumbrando al clima frío de aquella época. A veces era difícil dormir, por el frío o por Karim. El último día del mes, Londres volvió a ser atacada, temíamos que algo malo nos sucediera dentro del sótano. Un estallido muy cerca nos haría cubrirnos por completo contra la cama. Karim lloraba sin consuelo y eso nos ponía de nervios a todos, me preocupaba que les pasara a algo a mis hijos, le dije a Evan lo mismo que cuando los soldados alemanes nos sacaron de aquél sótano en Bélgica. Evan estaba asustado pero aún así trataba de demostrar valentía. Los bombardeos siguieron escuchándose por un largo tiempo.
— ¿Sabes? Eres muy valiente —le dije a Evan.
—Lo sé —respondió secamente.
—Me enorgullece que seas mi hijo y que Karim tenga un hermano como tú. Eres el mayor.
—Ya casi cumplo siete años, cuando tenga siete los cuidaré muy bien.
—Sé que nos cuidarás.
Las horas pasaban y los ataques cedieron, salimos de nuestro pequeño escondite al estar seguros de que ya no corríamos peligro y así fue.
Evan nos despertó en su día alardeando que era su cumpleaños, estaba feliz. Todos lo felicitamos y él se sentía muy grande al tener ya siete años. No hubo regalos, no habría nada que regalarle en las condiciones en las cuales nos encontrábamos. Días después, Evan estaba triste por la ausencia de su padre, era el primer cumpleaños que lo pasaba sin él.
— ¿Mamá? ¿Mi papá supo de mi cumpleaños?
—Sí, ¿por qué? —pregunté con tono amable. Sabía que venía algo difícil y sentí la necesidad de contestarle con madurez, como a un adulto.
— ¿No va a volver, verdad? —bajó la cabeza.
—Ya habrá más cumpleaños por celebrar, no te preocupes —le dije y acaricié su suave rostro. Ese mismo día las cosas no irían bien. Mi hermana Katia tendría una mala noticia.
— ¡Klein! —Gritó alarmada al entrar al sótano— Klein tenemos que salir de aquí ya
— ¿Por qué? ¿Qué sucede? —pedí tratando de que mi voz sonara tranquila y calmar la situación. Katia comenzó a sacar cosas, elegía las que nos iban a servir, según ella.
— ¡Se rompió un tubo de gas, fue durante los ataques pasados! ¡No nos podemos quedar aquí! —se detuvo al mirar mi cara cuando le grité.
— ¡Katia! ¿Podrías tranquilizarte? —Dije entre dientes— Evan está presente, no quiero que lo espantes.
—Klein tiene razón, tranquilizarte —repuso Regina y se volvió a mí— Debemos salir lo antes posible, tomen cosas necesarias, ¿de acuerdo?
Todos obedecimos a Regina, traté de parecer despreocupada ante el hecho de abandonar el sótano y salir a no sé dónde. La casa del abuelo Evan era una opción pero pronto desaparecía de mi mente al recordar que varias ataques se habían citado en aquél sitio. Dos cajas y varias cobijas era lo que llevábamos. Salimos y al parecer no éramos los únicos en abandonar la colonia Stroke, muchísimas familias más se iban de sus refugios.
Mis hermanas cargaban con una cada quien, mi madre las cobijas y Evan dos almohadas. Yo no podía cargar con algo más que no fuera Karim. Era difícil tener que irnos del sótano, estábamos expuestos a cualquier ataque, sólo podíamos rezar para que nada malo sucediera. Sólo eso.
Llegamos a un lugar llamado Cameci, ahí nos albergamos. Había más de cien personas ahí. Por suerte nos tocó un buen lugar, donde no hacía frío, ni viento. Era la mejor parte, el lugar era espacioso, con pequeñas ventanas rectangulares en lo más alto de las paredes de color blanco, bien podría ser una fábrica o quizá un gimnasio. Los días siguientes, la luz de la mañana entraba por el lado opuesto de donde descansábamos. Era agradable no tener que lidiar con la luz del sol.
Más de una semana pasó cuando otro ataque enemigo tomara por sorpresa a Londres. Las luces de aquél refugio comenzaron a fallar y pronto el pánico subía de tono. Ewan me llegó a decir en varias ocasiones que los lugares públicos podrían ser un blanco perfecto para los alemanes. Escuchamos un estallido cerca, Evan corrió a mi y me sujetó por mí vestido.
—Cualquier cosa que suceda, no te sueltes de mí —le dije.
— ¿Va a suceder algo malo?
—No lo sé, no quiero que te separes de mí —me percaté que mi hijo tenía un morral verde, la correa cruzaba su pecho, pensé que la pudo haber encontrado o alguna buena persona se la obsequiaría, así que no dije nada.
Otro estallido aún más cerca terminaría de alborotar el pánico y en menos de lo esperado un sonido ensordecedor cubriría aquella estampida humana. No había mucha luz, pero algo enorme destruyó el techo del refugio y el sonido de cristales rotos era constante. Me reincorporé gritando el nombre de mi hijo, era difícil escuchar mi propio grito entre tantos otros gritos. Pronto sentí que Evan me jalaba de mi vestido, me alegré al verlo con bien. Mis hermanas y mi madre nuevamente cargaban las cosas, una vez más saldríamos sin saber a dónde.
—Al parecer los escombros del techo bloquearon una de las salidas —dijo Regina.
—Toda la gente está comenzando a salir por ahí —indiqué hacia la única salida de nuestro lado derecho —No nos podemos meter allí, nos aplastarían.
—No podemos esperar mucho, tenemos que ir ya —gruñó Regina.
Sin ninguna opción, nos aventuramos a los apretones. Por suerte salimos con bien pero lo que nos esperaba era mucho peor.
sábado, 20 de septiembre de 2008
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