— ¿Papá?... ¿estás despierto?
—Evan, no molestes a tu padre. Ven aquí.—Pero yo vi que abrió sus ojos, lo juro mami.
—Quizá está soñando, anda ven aquí — le dije a mi hijo. Ewan estaba despierto, yo era su cómplice y mi esposo estaba a punto de atacar a Evan; atacarlo de cosquillas. Evan seguía hincado sobre la cama esperando a que su padre abriera los ojos nuevamente y éste al no hacerlo hizo que Evan se rindiera. Se arrastró hacia el otro extremo de la cama, bajó sus pies y estuvo a punto de levantarse cuando Ewan lo tomó por la cintura y lo elevó piernas arriba, dándole una vuelta para terminar de estrellarlo delicadamente contra la cama. Evan soltó a reír tratando de liberarse de su padre, Ewan levantó la camisa y tocó la tibia piel de su hijo con sus manos frías.— ¡Basta papá! ¡Estás helado! — gritaba y al mismo tiempo reía retorciéndose entre las cobijas.
—Ewan, no lo vayas a lastimar — Sabía que estaban jugando pero un mal cálculo podría lastimar al flacucho de mi hijo.—No, no pasará nada. Este muchachito se debe defender — dijo mientras inmovilizaba tiernamente a Evan — ¿Se rinde? ¿Se rinde, jovencito?
— ¡Jamás! — enfureció Evan y se soltó de las manos de su padre. Se alejó y se acomodó del extremo opuesto de la cama, tomó aire y se abalanzó hacia su padre. Ewan lo atrapó y ambos se dejaron caer en la cama, Evan estaba encima de Ewan y ahora era el hijo quien preguntaba si se rendía. Ewan aceptó su derrota y el juego terminó.Para la tarde del 29 de diciembre de 1940, nos alistábamos para ir a casa abandonada del abuelo de Ewan. No estaba segura de salir, aún me sentía extraña por el alumbramiento de Karim pero aún así insistí en poder ir. Karim se quedó con mis hermanas, era muy vulnerable y aún más con el frío de aquél tiempo. Esa tarde nevaba, no llevábamos mucha ropa los tres y así salimos. El frío era fuerte, se podía sentir en las mejillas y nariz, se sentía tal y como cuando una paleta helada es puesta en tu mejilla. Caminamos hasta la casa y al llegar una capa de nieve cubría el tejado de la puerta principal.
—Allí vivía el abuelo Evan — respondió y dejó salir un suspiro.
— ¿Qué es eso, papá? — Unas pequeñas luces empezaban a iluminar el cielo, aparecían de poco en poco. Mi corazón se aceleró y pensé que era tiempo de regresar con mi hija, mis hermanas y mi madre.
—No, no. Me quiero quedar un momento más aquí —replicó Evan sin saber a lo que nos exponíamos si nos quedábamos más tiempo.
—Tenemos que irnos, hijo. Pronto volveremos, ¿de acuerdo? —murmuró Ewan.— ¿Lo prometes?
—Te lo prometo.— ¿Así como prometiste enseñarme francés? —Evan levantó sus ojos hacia su padre, se le llenaron de lágrimas y pude ver la sensación que tuvo cuando sintió un nudo en su pequeña garganta. Ewan se hincó y le habló:
—Siento mucho que hayamos tenido que dejar la casa de Francia, Evan, pero fue por nuestro propio bien; ahora estamos juntos. No te quiero decepcionar, te prometo que regresaremos a ésta casa, no sólo te lo prometo a ti, sino a tu mamá también. Por ahora debemos salir de aquí y regresar al sótano, ¿bien? — Evan asintió la cabeza y dejó que su padre lo cargara.Al salir de la casa el cielo se seguía iluminando, volteábamos de vez en cuando para saber que aún estábamos a salvo. Yo no podía dejar de pensar que aquellas bombas incendiarias pronto llegarían a nosotros, caminábamos a prisa antes de que la necesidad de correr se apoderara de nosotros. Doblamos en la esquina para llegar a la calle en donde se encontraba nuestro sótano. Me sentí más segura al ver que aún el cielo estaba libre de luces. Entramos al sótano y el calor de éste nos cobijó dulcemente.
El último día del año de 1940 lo vivimos como cualquier otro día. Lo diversión comenzaría entrada la noche. Una pequeña prenda que pertenecía a Evan le quedaba enorme a Karim. Evan reía a carcajadas al igual que su padre.
—Ni modo, no hay más ropa. No se burlen, todo le queda perfecto a Karim, es hermosa — Exclamé alzando a mi hija y dándole un beso.
—Lo sé, es linda. Se parece a ti —respondió Ewan.
—Gracias, te amo.
—Yo también.
Evan preguntó la hora y Katia sacó un viejo reloj que estaba debajo de una de las camas, aún servía; marcaba las once con quince minutos. Aún faltaba y la poca comida estaba lista.
— ¿Aún recuerdan mi viejo truco de las cajas con fósforos? —preguntó Regina.
—Necesitas varias cajas —respondí tímidamente. Regina se levantó de la mesa y sacó dos pequeñas cajas, teníamos fósforos suficientes así que no se preocupó y las tomó.
— ¿Te servirán sólo esas?—pregunté alzando las cejas mientras miraba las cajas.
—Sí, puedo con dos —repuso sarcásticamente haciendo una mueca con su boca y sonriendo.
—Evan, pon atención.
Mi hermana escondió sus brazos por la espalda y Evan miraba fijamente mientras escuchaba en qué consistía el juego. Era fácil, sólo tendría qué adivinar qué caja contenía los fósforos. Katia miraba pesimistamente a Regina, mi madre lo hacía también. Yo sabía que tomarían esa actitud, jamás pudieron derrotar a Regina con su truco. Ewan ponía atención. Regina sacudió las dos cajas, las movía constantemente de lugar y preguntaba en qué caja estaban los fósforos, Evan no acertó ni una vez, estaba asombrado y miraba a su padre para encontrar alguna respuesta y fue entonces que Ewan se encogió de hombros y sonreía sin parar; sabía el secreto.
— Es tu última oportunidad, ¿listo? —preguntó nuevamente Regina.
—Sí—Evan no perdía de vista la caja en donde creía que estaban los fósforos.
—Bien, aquí vamos. Elige una.
—Eh...ésa, la derecha —respondió Evan dudando.
— ¿Seguro?
—Sí.
Regina abrió la caja y no estaban ahí. Todos nos alborotamos y Regina sonreía. Sin duda alguna era buena para los trucos.
Las horas pasaron y el reloj marcó doce menos cinco. Nos levantamos y esperamos la cuenta regresiva. El día estaba terminando perfectamente, estábamos celebrando como si no existiera guerra, estábamos todos juntos; a excepción de mi padre que en algún lugar de la guerra se estaría acordando de nosotros. Un sentimiento de tranquilidad y felicidad me llenó y comencé a llorar. Evan me abrazó y me dedicó un tierno beso, agradecí y brindamos por un mejor año.
El sótano no estaba bien iluminado, por lo que la poca luz arrullaría a Evan, Ewan lo cargó, lo llevó hasta la cama y lo arropó. Mis hermanas no tardaron en hacer lo mismo y mi madre se fue a dormir también. Estábamos sólo Ewan, Karim.
— ¿Te irás esta tarde, verdad? —pregunté triste.
—Así es, no quiero que te preocupes, todo irá bien como hasta ahora.
— ¿Cuándo volverás?
—No lo sé, espero venir constantemente. Explícale bien las cosas a Evan como se lo has estado explicando, yo sé que entenderá. Y en cuanto a esta pequeña bebé, quiero que la mimes mucho, la consientas y la eduques.
—Te necesitaré para educarla.
—No te asustes, Klein. Sabes qué hacer en cualquier urgencia.
Para la tarde del primer día de 1941 Ewan estaba preparando su maleta. Ese día sentí lo mismo que sentí cuando se fue por primera vez. Evan ayudaba a su padre, justo como lo hizo la última vez. Sabía que en cualquier momento podría perder a Ewan, no sabría qué hacer si eso llegaba a suceder, mi preocupación ahora era el doble; por Karim. Sólo pedía que todas esas despedidas continuas terminaran, que nunca más nos separáramos y volviéramos a ser lo que éramos antes. Pedía que las únicas preocupaciones fueran qué hacer de comer o a dónde salir a caminar y no la preocupación de saber si Ewan sobreviviría. Los ataques a Londres ya no se hacían presentes.
Acompañamos a Ewan hasta la esquina de nuestra calle. Se podía ver a la gente tratando de reparar sus cosas, el ambiente era triste y gris al igual que el cielo. Hacía frío. Al darme cuenta mi hermana Katia estaba llorando, a pesar de todo dolía ver partir a Ewan. Varias veces le repetía a mi esposo que se cuidara y que no dejara de escribirnos.
— ¿Papá, de verdad nos tienes que dejar? —preguntó Evan. Ewan tuvo un nudo en la garganta y trató de sonreír —No quiero que te vayas.
—Volveré, no te preocupes —repuso tratando de que su voz no se quebrara.
—Despídete ya, Evan. Tenemos que regresar, hace frío —dijo mi madre. Odiaba tanto las despedidas.
—Ewan, cuídate por favor, no olvides escribirnos —le dije. Ewan me tomó de las manos y prometió escribir.
—Ya te dije que no te preocupes, nos volveremos a ver.
—Vuelve pronto, ¿si?
—Lo haré, cuidas a Karim —murmuró acercándose a ella. Besó por última vez su pequeña cabeza.
Ewan se alejó de nosotros, sin saber cómo, Evan se safó de la mano de mi madre y corrió detrás de su padre. Rompía el corazón ver aquella escena, era extraño ver a un hombre llorar y ver cómo se despedía de su hijo. Un presentimiento me rodeó y sabía que algo malo iba a suceder, tenía la inquietud de algo aterrador. Podría tratarse de Ewan, no lo sabía. Traté de sonreír intentando disimular mis lágrimas para que mi esposo no se preocupara y se fuera tranquilo. Ewan se hincó y hablaba con Evan.
—Hijo, entiendo bien todo esto, pero sólo es por un tiempo. Volveré, ya te lo dije.
—Pero yo no quiero que te vayas.
—Yo no quiero dejarte, pero tengo que hacerlo —al decir esto, Evan limpió una lágrima que rodaba por la mejilla de su padre y éste sonrió.
— ¿Puedo ir contigo? —preguntó tiernamente.
—No, Evan. ¿Quieres escuchar un secreto? —Evan asintió la cabeza —Recuerdas el truco de tu tía Regina, ¿verdad?
—Sí, ¿qué sucede?
—Cuando mires nuevamente el truco, asegurate de mirar por debajo de su muñeca, encontrarás toda la magia ahí.
— ¿Ya te sabías el truco? —exclamó con intriga.
—Sí, pero no digas nada —Susurró y se llevó el dedo a sus finos labios. Evan lo imitó —Ahora ve con tu madre, te quiero.
—Yo también.
El último día del año de 1940 lo vivimos como cualquier otro día. Lo diversión comenzaría entrada la noche. Una pequeña prenda que pertenecía a Evan le quedaba enorme a Karim. Evan reía a carcajadas al igual que su padre.
—Ni modo, no hay más ropa. No se burlen, todo le queda perfecto a Karim, es hermosa — Exclamé alzando a mi hija y dándole un beso.
—Lo sé, es linda. Se parece a ti —respondió Ewan.
—Gracias, te amo.
—Yo también.
Evan preguntó la hora y Katia sacó un viejo reloj que estaba debajo de una de las camas, aún servía; marcaba las once con quince minutos. Aún faltaba y la poca comida estaba lista.
— ¿Aún recuerdan mi viejo truco de las cajas con fósforos? —preguntó Regina.
—Necesitas varias cajas —respondí tímidamente. Regina se levantó de la mesa y sacó dos pequeñas cajas, teníamos fósforos suficientes así que no se preocupó y las tomó.
— ¿Te servirán sólo esas?—pregunté alzando las cejas mientras miraba las cajas.
—Sí, puedo con dos —repuso sarcásticamente haciendo una mueca con su boca y sonriendo.
—Evan, pon atención.
Mi hermana escondió sus brazos por la espalda y Evan miraba fijamente mientras escuchaba en qué consistía el juego. Era fácil, sólo tendría qué adivinar qué caja contenía los fósforos. Katia miraba pesimistamente a Regina, mi madre lo hacía también. Yo sabía que tomarían esa actitud, jamás pudieron derrotar a Regina con su truco. Ewan ponía atención. Regina sacudió las dos cajas, las movía constantemente de lugar y preguntaba en qué caja estaban los fósforos, Evan no acertó ni una vez, estaba asombrado y miraba a su padre para encontrar alguna respuesta y fue entonces que Ewan se encogió de hombros y sonreía sin parar; sabía el secreto.
— Es tu última oportunidad, ¿listo? —preguntó nuevamente Regina.
—Sí—Evan no perdía de vista la caja en donde creía que estaban los fósforos.
—Bien, aquí vamos. Elige una.
—Eh...ésa, la derecha —respondió Evan dudando.
— ¿Seguro?
—Sí.
Regina abrió la caja y no estaban ahí. Todos nos alborotamos y Regina sonreía. Sin duda alguna era buena para los trucos.
Las horas pasaron y el reloj marcó doce menos cinco. Nos levantamos y esperamos la cuenta regresiva. El día estaba terminando perfectamente, estábamos celebrando como si no existiera guerra, estábamos todos juntos; a excepción de mi padre que en algún lugar de la guerra se estaría acordando de nosotros. Un sentimiento de tranquilidad y felicidad me llenó y comencé a llorar. Evan me abrazó y me dedicó un tierno beso, agradecí y brindamos por un mejor año.
El sótano no estaba bien iluminado, por lo que la poca luz arrullaría a Evan, Ewan lo cargó, lo llevó hasta la cama y lo arropó. Mis hermanas no tardaron en hacer lo mismo y mi madre se fue a dormir también. Estábamos sólo Ewan, Karim.
— ¿Te irás esta tarde, verdad? —pregunté triste.
—Así es, no quiero que te preocupes, todo irá bien como hasta ahora.
— ¿Cuándo volverás?
—No lo sé, espero venir constantemente. Explícale bien las cosas a Evan como se lo has estado explicando, yo sé que entenderá. Y en cuanto a esta pequeña bebé, quiero que la mimes mucho, la consientas y la eduques.
—Te necesitaré para educarla.
—No te asustes, Klein. Sabes qué hacer en cualquier urgencia.
Para la tarde del primer día de 1941 Ewan estaba preparando su maleta. Ese día sentí lo mismo que sentí cuando se fue por primera vez. Evan ayudaba a su padre, justo como lo hizo la última vez. Sabía que en cualquier momento podría perder a Ewan, no sabría qué hacer si eso llegaba a suceder, mi preocupación ahora era el doble; por Karim. Sólo pedía que todas esas despedidas continuas terminaran, que nunca más nos separáramos y volviéramos a ser lo que éramos antes. Pedía que las únicas preocupaciones fueran qué hacer de comer o a dónde salir a caminar y no la preocupación de saber si Ewan sobreviviría. Los ataques a Londres ya no se hacían presentes.
Acompañamos a Ewan hasta la esquina de nuestra calle. Se podía ver a la gente tratando de reparar sus cosas, el ambiente era triste y gris al igual que el cielo. Hacía frío. Al darme cuenta mi hermana Katia estaba llorando, a pesar de todo dolía ver partir a Ewan. Varias veces le repetía a mi esposo que se cuidara y que no dejara de escribirnos.
— ¿Papá, de verdad nos tienes que dejar? —preguntó Evan. Ewan tuvo un nudo en la garganta y trató de sonreír —No quiero que te vayas.
—Volveré, no te preocupes —repuso tratando de que su voz no se quebrara.
—Despídete ya, Evan. Tenemos que regresar, hace frío —dijo mi madre. Odiaba tanto las despedidas.
—Ewan, cuídate por favor, no olvides escribirnos —le dije. Ewan me tomó de las manos y prometió escribir.
—Ya te dije que no te preocupes, nos volveremos a ver.
—Vuelve pronto, ¿si?
—Lo haré, cuidas a Karim —murmuró acercándose a ella. Besó por última vez su pequeña cabeza.
Ewan se alejó de nosotros, sin saber cómo, Evan se safó de la mano de mi madre y corrió detrás de su padre. Rompía el corazón ver aquella escena, era extraño ver a un hombre llorar y ver cómo se despedía de su hijo. Un presentimiento me rodeó y sabía que algo malo iba a suceder, tenía la inquietud de algo aterrador. Podría tratarse de Ewan, no lo sabía. Traté de sonreír intentando disimular mis lágrimas para que mi esposo no se preocupara y se fuera tranquilo. Ewan se hincó y hablaba con Evan.
—Hijo, entiendo bien todo esto, pero sólo es por un tiempo. Volveré, ya te lo dije.
—Pero yo no quiero que te vayas.
—Yo no quiero dejarte, pero tengo que hacerlo —al decir esto, Evan limpió una lágrima que rodaba por la mejilla de su padre y éste sonrió.
— ¿Puedo ir contigo? —preguntó tiernamente.
—No, Evan. ¿Quieres escuchar un secreto? —Evan asintió la cabeza —Recuerdas el truco de tu tía Regina, ¿verdad?
—Sí, ¿qué sucede?
—Cuando mires nuevamente el truco, asegurate de mirar por debajo de su muñeca, encontrarás toda la magia ahí.
— ¿Ya te sabías el truco? —exclamó con intriga.
—Sí, pero no digas nada —Susurró y se llevó el dedo a sus finos labios. Evan lo imitó —Ahora ve con tu madre, te quiero.
—Yo también.



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