Evan se recuperaba lentamente, al menos ya podía dormir. El subterráneo era grande y albergaba a la mayoría de las personas heridas. De nuestro lado derecho se encontraba un joven de aproximadamente 16 o 18 años, nadie parecía visitarlo o cuidarlo. Las enfermeras que lo revisaban lo llamaban Joseph.
A la mañana siguiente, salí en busca de Karim y Katia. Regina se quedó al cuidado de Evan.
— ¿Es tu hijo? —preguntó Joseph al darse vuelta para descansar mejor.
—No —respondió Regina que estaba sentada cabeceando— Es mi sobrino.
— ¿Qué le pasó?
—Un edificio cayó cerca de él y de su mamá, el 19 pasado. ¿A ti qué te pasó?
—Casi lo mismo. Estaba en casa con mis papás cuando una bomba la destruyó.
—Oh vaya —exclamó Regina mirando las vendas de Joseph— ¿Y tus papás están bien?
—Murieron.
—Lo siento mucho, no era mi intención... —interrumpió Joseph.
—No te preocupes, ya tiene casi medio año que los perdí —murmuró. Joseph estaba tan tranquilo como si sus papás estuvieran bien. Sin duda, era un chico fuerte.
En el escuadrón, Ewan y varios soldados más llevaron a Alan hasta la campaña de enfermeras para que lo atendieran tan rápido como fuera posible. Nicole, una de las enfermeras vio a lo lejos venir a un grupo de soldados llevando con ellos a uno de los suyos herido. Nicole se metió de inmediato a la campaña para preparar lo que fuera necesario.
—Por aquí. En Aquella cama —señaló— ¿Qué ha sucedido?
—Francotirador —respondió Ewan mientras acomodaba a su amigo.
— ¿Qué hizo el médico? —preguntó antes de aplicar algún medicamento.
—Morfina y vendó el cuello —dijo Ewan con la respiración agitada— Gracias por ayudarme, chicos.
Nicole, de apenas 25 años de edad, tenía un gusto muy particular por Ewan desde que lo vio. Era de estatura media, ojos cafés y un cabello obscuro muy sedoso que escondía debajo de aquella cofia blanca que llevaba en la cabeza. Su uniforme la hacía verse más delgada de lo normal. Nicole había llegado a la campaña el mismo día que Ewan, siempre se levantaba temprano para verlo pasar y Ewan lo sabía. De vez en cuando, Alan bromeaba constantemente a su amigo por lo mismo pero éste lo ignoraba.
Nicole examinó a Alan y se dirigió por algunas gasas estériles.
— ¿Se va a recuperar? —preguntó Ewan con esperanza.
—Eso espero. Todo depende de qué tanto haya lastimado la bala dentro de su cuello y qué tan bien responda su cuerpo —habló Nicole atropellando las palabras.
Ewan miraba con tristeza a su compañero, su único amigo estaba mal herido al igual que Evan, pero sin saberlo. Esa noche, Ewan se quedó al pendiente de Alan y Nicole lo revisaba tantas veces fuera necesario o si Ewan se lo pedía. Cualquier movimiento de Alan era un llamado a Nicole por parte de Ewan. Durante una ronda, Nicole le llevó una taza de té a Ewan y así fue como comenzó la plática. Por naturaleza, Ewan tenía una mirada seductora y un lenguaje corporal extraño, y aún más cuando éste hablaba en voz baja. Esa era una de las razones por las que la mayoría de las mujeres lo seguía.
Nicole jamás pensó en tener esa cercanía con aquél soldado. Se encontraba nerviosa debido a que nadie estaba en aquella campaña, a excepción de Alan, Ewan y ella.
— ¿Cuánto tiempo llevas aquí? —preguntó Ewan cuando terminó de dar un sorbo a su taza. Estaba sentado cerca de Alan.
—Desde que tu compañía llegó —respondió— Desde ese día hasta ahora no ha habido mucho movimiento, pocos heridos por fortuna. Alan es el tercero.
—Entiendo —Nicole seguía atropellando las palabras, Ewan lo entendía y soltaba una sonrisa para hacerla entrar en confianza, pero lo que no entendía era que aquella sonrisa sólo la ponía más nerviosa.
— ¿Te ha...pasado algo grave? ...—preguntó Nicole dudosa, los nervios la traicionaron ya que ella no pretendía preguntar nada. Ewan dejó de beber y levantó su ceja derecha, Nicole se maldijo a sí misma —Bueno, yo...lo digo por...aquella cicatriz ¿Te molesta?
—No de ninguna manera —respondió. Notaba su nerviosismo y eso le causaba diversión, recordaba sus años antes de que Evan naciera —Sí, he tenido varios accidentes; un muro ha caído encima de mí, un pedazo de hierro se me ha incrustado en el brazo, por eso la cicatriz. Y he quedado sordo, cosas comunes, ya sabes. He vivido un año en esto y Alan es el que me ha acompañado.
—Mejores amigos —respondió Nicole.
—Así es, sé tanto como él sabe de mí.
Nicole sonrió y ambos pasaron toda la noche platicando, Nicole ya había entrado en confianza.
La tarea de limpiar la entrada del bosque Friaul tuvo éxito, con tres bajas y un mal herido. Alan.
Salí del subterráneo para encargarme de mi hija y de mi hermana. Caminé entre las calles irreconocibles, por un momento me detuve y pensé si estaría bien ir a buscarlas. No tenía en mi mente la imagen de mi hija muerta y no quería tenerla, pero quería que ella tuviera un lugar en dónde buscarla y llevarle flores. No tenía otra opción.
Llegué hasta la calle Dolls Hills, aún estaban los escombros y cinco personas buscaban entre los escombros. Pensé que serían ayudantes y caminé para preguntarles por los cuerpos, ya que no se veía nada en la calle. Rectifiqué la zona y era la misma de aquél día. No había nada de cuerpos, había sangre seca pero no cuerpos. Decidí acercame aún más y sus caras me decían que no eran civiles normales, sino ladrones. Detuve mi paso asustadamente y justo en ese instante corrieron hacia mí. Cinco tipos contra mí, tenía que huir de allí.
En ese tiempo existían muchos saqueadores y ladrones que desvalijaban los destruidos edificios. En casos peores los ladrones sin escrúpulos robaban a los muertos y heridos.
Corrí tanto como pude y doblé en la esquina Wood Road, sabía que en donde tuviera que dar vuelta me perdería, pero era mi seguridad. Di vuelta como predije en la primera calle que encontré y choqué contra un señor. Pensé que había chocado con alguno de los malos.
— ¡Suélteme! —pegué contra el pecho de aquél señor. Éste me tomó por los hombros y me sacudió.
—Tranquila, no le haré daño. Tranquila señora —dijo con voz serena. Me percaté que no era uno de los ladrones y mi alma descansó.
—Lo siento, venían unos hombres tras de mí y corrí tanto como pude...pero luego...
—Lo sé, lo noté. Los Cinco de la Cuadra, pero no se preocupe, usted está a salvo —dijo con una bella sonrisa. Bajé mi mirada, el señor canoso y de ojos marrones volvió a hablar— ¿Qué hacía usted por aquí?
—Aquí murió mi hija...y mi hermana— un nudo en la garganta me impidió seguir hablando.
— ¿Vino por los cuerpos?
—Sí —respondí en un hilo de voz.
—Entiendo. Los cuerpos se los llevaron ayer por la tarde —replicó. Subí la mirada y abrí los ojos, el caballero notó mi reacción.
—Y... ¿sabe a dónde se los llevaron? —pregunté angustiada.
—Sí, avenida Souree, dan dos días para que reclamen los cuerpos.
— ¿Me podría llevar? Sabe, no reconozco la ciudad, hay calles desaparecidas y todo es muy confuso, calles bloqueadas y edificios caídos...la verdad me perderé.
—Con gusto. Mi nombre es Dave.
—Klein, mucho gusto.
Nos dirigimos hacia la calle Souree. Dave me hizo la platica muy amena y me explicaba los movimientos de aquél día. Llegamos a la avenida y cientos de ataúdes pre-fabricados cubrían la mayor parte de la avenida. Algunos ataúdes eran más grandes que otros, de cartón o de madera, mal y bien fabricados. Sentí un nudo en el estómago. No sabía si podría reconocer a mis familiares, no quería ver tantos muertos. Dave se acercó a la encargada de aquél lugar macabro. Luego volvió y me pidió que lo siguiera.
Caminamos por un gran pasillo, al parecer llegamos a tiempo ya que al entrar a una sección en donde se encontraba mi hija, un camión del ejército llegó con más cuerpos.
No estaba segura de lo que quería ver.
—Aquí están los que llegaron ayer por la tarde. Hay dos niños, ¿qué edad tiene su hija? —preguntó con naturalidad.
—Cuatro meses...bueno, en realidad tenía tres. Este mes cumplía los cuatro.
—Vaya, entonces es éste —dijo acercándose al ataúd más pequeño y lo palmeó. Abrió la tapa y algo dentro de mí me dijo que me rehusara a reconocerla — ¿Una niña?
—Sí, así es —contesté rápidamente.
—Necesito que la reconozca. Será fuerte, pero le aseguro que si es su hija se sentirá mejor de saber dónde descansará.
Asentí y me acerqué lentamente, rogaba porque estuviera completa. No quería llevarme a la tumba una imagen horrible de mi hija. Quería verla como siempre estaba; con sus mejillas rosadas, su cabello castaño y esos puntos blancos en su nariz. Tomé aire y me asomé.
—Sí, es ella.
—Bien, me dará su nombre y en unos momentos más le diré en dónde la llevaremos.
Mi hija parecía un ángel. Parecía estar dormida, con su pequeña boca a medio abrir. Envuelta en aquella cobija color gris y un poco de polvo en ella. Sus mejillas totalmente redondas, ninguna hendidura como lo había imaginado. Su pequeña frente que era color roja, ahora estaba blanca y aquellos puntos blancos no habían desaparecido. La miré por un largo momento. Mis dedos rozaron sus frías mejillas, aún eran suaves.
Reconocer a Katia fue un poco más difícil. Seis cuerpos, que sin querer los miré, me desgarraron el alma. Katia parecía estar dormida también. No entendía por qué no estaba en mal estado si estaba muerta, pero al mirar su vestido con una mancha roja y con lodo, tuve una idea de la magnitud de aquella bomba. El piso se movió, había visto demasiado y todo eso me provocó náuseas, tantas que me retiré del ataúd de mi hermana y caí de rodillas, escupiendo lo poco que tenía en mi boca. Dave se ofreció en ayudarme y me levantó.
Llené los formularios en donde reconocía a mis familiares. Tardaron dos horas para sepultarlas dignamente. Por fin sabía en dónde descansaban, Luisip Garden.
—Gracias, Dave. De verdad te lo agradezco. No tengo cómo pagarte.
—No te preocupes, Klein. Sabes que si necesitas algo puedes buscarme en mi cafetería. Que se recupere Evan.
—Gracias, cuídate.
Entré al subterráneo y Evan estaba sentado, comiendo una manzana. Rompí a llorar cuando lo vi sonriendo. Todo por lo que tenía que vivir se encontraba sentado en aquél subterráneo que lidiaba con el dolor y sobrevivía a una guerra mundial.
— ¿A dónde fuiste, mami? —preguntó mientras yo tomaba lugar a su lado.
—Tuve que arreglar unas cosas, pero ya estoy aquí. Contigo —le besé su cabello.
— ¿Y mi hermana? —la pregunta difícil había llegado. No dije nada y Evan no insistió. Más adelante le diría a mi hijo lo que había sucedido.
domingo, 26 de octubre de 2008
miércoles, 15 de octubre de 2008
Capítulo XXVI // Heridos
Ewan y su pelotón habían estado ganando las batallas en las que participaban. Tanto Alan como Ewan, se sentían felices por el gran avance de la compañía.
—Espero que el batallón vaya así de bien como nosotros —dijo Roger.
—Espero que sí, así la guerra terminará y todos iremos a casa —respondió Alan. Roger se acercó a Alan y le dijo algo al oído mientras veía a Ewan —No sé qué le pase, creo que le urge irse a Londres, tú sabes, ver a sus hijos y a su mujer.
—Lo sé, creo que ha visto demasiado —replicó Roger.
Ewan estaba más solitario sin razón alguna. A Alan le preocupaba y ese mismo día decidió hablar con él. Justo para la noche, tendrían que recuperar un lugar llamado Friaul, un bosque habitado por soldados italianos. El plan sería el mismo que les dio éxito en Bardía.
—Estamos juntos de nuevo, es genial ¿no lo crees? —dijo amigablemente Alan.
—Sí, lo es —respondió Ewan. Alan no soportó la indiferencia de Ewan y terminó por gritarle.
— ¡Basta! Dime qué sucede. Has estado muy extraño.
—No es nada —miró intensamente Ewan— Extraño a mi familia y nada más.
—Entiendo, pero yo también existo, soy tu amigo y no te quiero perder. Ni que la amistad se termine.
—Lo sé...por algo nos tocó estar juntos, ¿no? —sonrió Ewan y Alan respondió al gesto.
Una patrulla inglesa había ido a inspeccionar una parte de la zona. Friaul era un bosque traicionero, se rumoraba que nadie que no fuera de la armada italiana era torturado o puesto en custodia. La tarea de recuperar aquél bosque sería complicado. Tuvieron sólo dos días para estudiar el plan de ataque. Y todo parecía estar listo. El pelotón en donde estaban Ewan y Alan fue el primero para limpiar parte de la entrada del bosque.
—Necesito tres hombres para limpiar la entrada, ¿voluntarios? —preguntó el teniente. Todos se miraron entre sí y nadie respondió. Siendo esto, el teniente maldijo en voz baja.
—Yo iré —dijo Alan al fin. Ewan quedó confundido al escuchar que su amigo se ofrecía.
—No hablas enserio, ¿verdad? —preguntó Ewan con desconcierto. Alan sólo sonrió y levantó sus grandes cejas.
—Bien —dijo el teniente— Charles y Roger también irán, Alan es el líder.
Los soldados se levantaron y caminaron cautelosamente, no estaban seguros de que alguien habitara aquél bosque. La patrulla que había ido anteriormente no encontró nada, pero querían asegurarse. Los soldados caminaban entre la hierba que los escondía y de pronto la hierba se movió a unos cuantos metros de distancia. Alan alzó la mano en señal de alto total.
—Creo que esta zona no es segura, Alan —dijo Charles con angustia— Se nota que la zona no está limpia, anda regresemos.
—Calla, Charles. Si se trata de algún animal y regresamos con esa alerta ¿qué dirán? ¡Nos fusilarán! Hay que investigar —respondió Roger.
—Yo iré, ustedes quédense aquí —dijo Alan y avanzó con arma preparada.
A unos cuantos metros se veían grandes árboles, la hierba era enorme y fácilmente podía llegar a la cintura, incluso más arriba. Alan se acercó y abría aún más sus ojos, su tensión crecía. Un francotirador que se encontraba en la copa del árbol disparó contra Alan y éste cayó sin hacer ruido, la bala entró en la parte izquierda del cuello, la sangre llegaba rápidamente a su hombro. Alan comenzó a tener dificultad para respirar y de pronto comenzó a salir sangre por su boca. Hacía lo posible por emitir algún sonido, tenía tanta presión por no poder respirar que la vena de su frente resaltaba y su cara se tornó color rojo.
— ¡¡Francotirador!! —gritó Roger avisando a su escuadrón y se ajustó el cuello.
Charles corrió en busca de Alan para auxiliarlo, estaba espantado y se curvó para que los francotiradores no lo vieran. Llegó hasta donde Alan que estaba en agonía.
—Tranquilo, viejo. Estarás bien —le dijo Charles. Roger y Charles arrastraron a Alan por las dos correas que se ajustaban debajo de sus hombros del uniforme
— ¡Un médico! ¡Necesito un médico! —gritó Roger al llegar. El médico ya esperaba a Alan. Ewan empujaba a cuan soldado tenía enfrente, trataba de ver a su amigo y al verlo quedó atónito. El médico sacó una bolsa de morfina y la aplicó en el cuello de Alan.
— ¡Maldita sea, Alan! —Gritó Ewan— ¡Tienes que salir de esto!
Llevábamos un día fuera de la estación Brompton, no nos había dejado entrar a la estación debido a que sólo los heridos graves estaban dentro, saturado. Evan estaba menos nervioso. La noche fue pesada. Si su herida punzaba, lloraba. La tela estaba empapada. Durante toda la noche su llanto se unía al de otras personas herida. El no poder dormir y su herida tensaban la situación.
— ¿Cuándo llegará la ayuda? —pregunté a Regina.
—Dicen que mañana por la mañana, pero lo dudo —respondió— Si no llega la ayuda, iremos a buscarla por nuestra parte.
— ¿Podrás irte con Evan...sola? —le dije. Regina mostró cara de incredulidad, ya sabía que esa sería su reacción —Tengo que buscar a Karim y Katia...sabes que no la puedo dejar...
—Sí, lo sé. ¿Y estás segura de ir?
—Sí, sí, muy segura. Tú te encargaste de nuestra madre, ahora yo me encargaré de ellas.
Regina se encargó del cuerpo de mi madre cuando murió. No tenía que dejar a Karim y Katia sin un lugar donde descansaran en paz. Estaba consiente de que me encontraría con algo fuerte, debía superarlo. Tenía también que pensar en qué le diría a Ewan y cómo le explicaría a Evan.
La mañana siguiente la ayuda llegó. Enfermeras bajaban en grupos de tres y corrían a ayudar a los heridos. Varias enfermeras pasaron a mi lado y les pedía que ayudaran a mi hijo pero ninguna lo hizo. En mi desesperación por no obtener ayuda, me levanté y jalé por el brazo a una enfermera, la más cercana.
— ¡¿Qué le sucede?! —preguntó con irritación.
—Necesito de su ayuda y me ignora -respondí con la misma irritación.
—Hay más personas heridas ¿no lo ve?
—Mi hijo tiene una herida grave —bajé el tono de mi voz— por favor, se lo suplico.
Sin más, la enfermera tomó varios medicamentos y la conduje hasta Evan. Mi hijo yacía en posición fetal. Estaba pálido, su boca reseca y unas ojeras enormes. Me daba cuenta que le costaba trabajo sólo mover la boca. La enfermera se acuclilló y destapó a mi hijo. Pensé que no se impresionaría por la herida de Evan, creí que había visto cosas peores pero no fue así. La tela tenía una gran mancha roja.
—Necesito llevarlo al subterráneo —dijo.
— ¿Cree que haya espacio para él? —pregunté con miedo.
—Sí, sí lo habrá.
La enfermera lo cargó y nos dirigimos hacia el subterráneo. Abby, la enfermera habló con el policía que cuidaba la entrada y nos dejó entrar. Dentro del subterráneo había heridos recostados, señoras y señores muy mal heridos, algunos implorando por más medicina. Bebés y niños llorando. Era mucho peor que afuera, el olor era nauseabundo y el clima era caliente. Abby lo recostó sobre una manta y Evan se quejaba del dolor.
—Lleva dos días así —dijo Regina.
— ¿Qué edad tiene? —preguntó sin tocarlo.
—Seis... ¡siete! Siete años —respondí.
— ¿Cómo se llama?
—Evan —Abby se acercó para inspeccionar mejor la tela y ver por dónde comenzar a quitarla.
—De acuerdo. Evan, sé que me puedes escuchar —le dijo al oído— te quitaré el pedazo de tela para ver la herida, ¿bien? Me ayudará, señora.
—Lo haré yo —respondió Regina— Soy su tía, ella es mi hermana.
—Muy bien.
Realmente no tenía la fuerza suficiente para soportar el sufrimiento de mi hijo. Abby quitaba con cuidado la tela, Evan movía los pies en señal de molestia. Todo iba tranquilamente hasta que llegó la parte final. La herida de Evan se estaba cerrando junto con la tela, tendrían que removerla. A pesar de que la enfermera tenía experiencia era difícil y un pequeño jalón le quebraba el alma a mi hijo. Nuevamente comenzó a gritar e implorar que lo dejaran en paz.
— ¡Ayuda, mamá! —gritaba Evan con sus ojos secos, las lágrimas no le salían.
—Tranquilo, Evan. No te muevas, ya casi terminamos —decía Abby.
— ¡No! ¡Basta, basta! ¡Duele! ¡Mamá! ¡Auxilio, auxilio! —imploraba. Me acerqué a su rostro quebrado y entre mis lágrimas, sonreí. Acaricié el rostro y trataba de calmarlo. Abby no lo quería lastimar y Evan se movía demasiado.
El momento en que la enfermera tomó el pedazo de tela, Evan se jaló sin querer y la tela salió de su herida. Evan quedó sin voz, el aire se fue...Y de pronto, el grito de dolor partió mi corazón. La herida se volvió a abrir, Abby espolvoreó un poco de morfina y cosió cuidadosamente la herida.
—Espero que el batallón vaya así de bien como nosotros —dijo Roger.
—Espero que sí, así la guerra terminará y todos iremos a casa —respondió Alan. Roger se acercó a Alan y le dijo algo al oído mientras veía a Ewan —No sé qué le pase, creo que le urge irse a Londres, tú sabes, ver a sus hijos y a su mujer.
—Lo sé, creo que ha visto demasiado —replicó Roger.
Ewan estaba más solitario sin razón alguna. A Alan le preocupaba y ese mismo día decidió hablar con él. Justo para la noche, tendrían que recuperar un lugar llamado Friaul, un bosque habitado por soldados italianos. El plan sería el mismo que les dio éxito en Bardía.
—Estamos juntos de nuevo, es genial ¿no lo crees? —dijo amigablemente Alan.
—Sí, lo es —respondió Ewan. Alan no soportó la indiferencia de Ewan y terminó por gritarle.
— ¡Basta! Dime qué sucede. Has estado muy extraño.
—No es nada —miró intensamente Ewan— Extraño a mi familia y nada más.
—Entiendo, pero yo también existo, soy tu amigo y no te quiero perder. Ni que la amistad se termine.
—Lo sé...por algo nos tocó estar juntos, ¿no? —sonrió Ewan y Alan respondió al gesto.
Una patrulla inglesa había ido a inspeccionar una parte de la zona. Friaul era un bosque traicionero, se rumoraba que nadie que no fuera de la armada italiana era torturado o puesto en custodia. La tarea de recuperar aquél bosque sería complicado. Tuvieron sólo dos días para estudiar el plan de ataque. Y todo parecía estar listo. El pelotón en donde estaban Ewan y Alan fue el primero para limpiar parte de la entrada del bosque.
—Necesito tres hombres para limpiar la entrada, ¿voluntarios? —preguntó el teniente. Todos se miraron entre sí y nadie respondió. Siendo esto, el teniente maldijo en voz baja.
—Yo iré —dijo Alan al fin. Ewan quedó confundido al escuchar que su amigo se ofrecía.
—No hablas enserio, ¿verdad? —preguntó Ewan con desconcierto. Alan sólo sonrió y levantó sus grandes cejas.
—Bien —dijo el teniente— Charles y Roger también irán, Alan es el líder.
Los soldados se levantaron y caminaron cautelosamente, no estaban seguros de que alguien habitara aquél bosque. La patrulla que había ido anteriormente no encontró nada, pero querían asegurarse. Los soldados caminaban entre la hierba que los escondía y de pronto la hierba se movió a unos cuantos metros de distancia. Alan alzó la mano en señal de alto total.
—Creo que esta zona no es segura, Alan —dijo Charles con angustia— Se nota que la zona no está limpia, anda regresemos.
—Calla, Charles. Si se trata de algún animal y regresamos con esa alerta ¿qué dirán? ¡Nos fusilarán! Hay que investigar —respondió Roger.
—Yo iré, ustedes quédense aquí —dijo Alan y avanzó con arma preparada.
A unos cuantos metros se veían grandes árboles, la hierba era enorme y fácilmente podía llegar a la cintura, incluso más arriba. Alan se acercó y abría aún más sus ojos, su tensión crecía. Un francotirador que se encontraba en la copa del árbol disparó contra Alan y éste cayó sin hacer ruido, la bala entró en la parte izquierda del cuello, la sangre llegaba rápidamente a su hombro. Alan comenzó a tener dificultad para respirar y de pronto comenzó a salir sangre por su boca. Hacía lo posible por emitir algún sonido, tenía tanta presión por no poder respirar que la vena de su frente resaltaba y su cara se tornó color rojo.
— ¡¡Francotirador!! —gritó Roger avisando a su escuadrón y se ajustó el cuello.
Charles corrió en busca de Alan para auxiliarlo, estaba espantado y se curvó para que los francotiradores no lo vieran. Llegó hasta donde Alan que estaba en agonía.
—Tranquilo, viejo. Estarás bien —le dijo Charles. Roger y Charles arrastraron a Alan por las dos correas que se ajustaban debajo de sus hombros del uniforme
— ¡Un médico! ¡Necesito un médico! —gritó Roger al llegar. El médico ya esperaba a Alan. Ewan empujaba a cuan soldado tenía enfrente, trataba de ver a su amigo y al verlo quedó atónito. El médico sacó una bolsa de morfina y la aplicó en el cuello de Alan.
— ¡Maldita sea, Alan! —Gritó Ewan— ¡Tienes que salir de esto!
Llevábamos un día fuera de la estación Brompton, no nos había dejado entrar a la estación debido a que sólo los heridos graves estaban dentro, saturado. Evan estaba menos nervioso. La noche fue pesada. Si su herida punzaba, lloraba. La tela estaba empapada. Durante toda la noche su llanto se unía al de otras personas herida. El no poder dormir y su herida tensaban la situación.
— ¿Cuándo llegará la ayuda? —pregunté a Regina.
—Dicen que mañana por la mañana, pero lo dudo —respondió— Si no llega la ayuda, iremos a buscarla por nuestra parte.
— ¿Podrás irte con Evan...sola? —le dije. Regina mostró cara de incredulidad, ya sabía que esa sería su reacción —Tengo que buscar a Karim y Katia...sabes que no la puedo dejar...
—Sí, lo sé. ¿Y estás segura de ir?
—Sí, sí, muy segura. Tú te encargaste de nuestra madre, ahora yo me encargaré de ellas.
Regina se encargó del cuerpo de mi madre cuando murió. No tenía que dejar a Karim y Katia sin un lugar donde descansaran en paz. Estaba consiente de que me encontraría con algo fuerte, debía superarlo. Tenía también que pensar en qué le diría a Ewan y cómo le explicaría a Evan.
La mañana siguiente la ayuda llegó. Enfermeras bajaban en grupos de tres y corrían a ayudar a los heridos. Varias enfermeras pasaron a mi lado y les pedía que ayudaran a mi hijo pero ninguna lo hizo. En mi desesperación por no obtener ayuda, me levanté y jalé por el brazo a una enfermera, la más cercana.
— ¡¿Qué le sucede?! —preguntó con irritación.
—Necesito de su ayuda y me ignora -respondí con la misma irritación.
—Hay más personas heridas ¿no lo ve?
—Mi hijo tiene una herida grave —bajé el tono de mi voz— por favor, se lo suplico.
Sin más, la enfermera tomó varios medicamentos y la conduje hasta Evan. Mi hijo yacía en posición fetal. Estaba pálido, su boca reseca y unas ojeras enormes. Me daba cuenta que le costaba trabajo sólo mover la boca. La enfermera se acuclilló y destapó a mi hijo. Pensé que no se impresionaría por la herida de Evan, creí que había visto cosas peores pero no fue así. La tela tenía una gran mancha roja.
—Necesito llevarlo al subterráneo —dijo.
— ¿Cree que haya espacio para él? —pregunté con miedo.
—Sí, sí lo habrá.
La enfermera lo cargó y nos dirigimos hacia el subterráneo. Abby, la enfermera habló con el policía que cuidaba la entrada y nos dejó entrar. Dentro del subterráneo había heridos recostados, señoras y señores muy mal heridos, algunos implorando por más medicina. Bebés y niños llorando. Era mucho peor que afuera, el olor era nauseabundo y el clima era caliente. Abby lo recostó sobre una manta y Evan se quejaba del dolor.
—Lleva dos días así —dijo Regina.
— ¿Qué edad tiene? —preguntó sin tocarlo.
—Seis... ¡siete! Siete años —respondí.
— ¿Cómo se llama?
—Evan —Abby se acercó para inspeccionar mejor la tela y ver por dónde comenzar a quitarla.
—De acuerdo. Evan, sé que me puedes escuchar —le dijo al oído— te quitaré el pedazo de tela para ver la herida, ¿bien? Me ayudará, señora.
—Lo haré yo —respondió Regina— Soy su tía, ella es mi hermana.
—Muy bien.
Realmente no tenía la fuerza suficiente para soportar el sufrimiento de mi hijo. Abby quitaba con cuidado la tela, Evan movía los pies en señal de molestia. Todo iba tranquilamente hasta que llegó la parte final. La herida de Evan se estaba cerrando junto con la tela, tendrían que removerla. A pesar de que la enfermera tenía experiencia era difícil y un pequeño jalón le quebraba el alma a mi hijo. Nuevamente comenzó a gritar e implorar que lo dejaran en paz.
— ¡Ayuda, mamá! —gritaba Evan con sus ojos secos, las lágrimas no le salían.
—Tranquilo, Evan. No te muevas, ya casi terminamos —decía Abby.
— ¡No! ¡Basta, basta! ¡Duele! ¡Mamá! ¡Auxilio, auxilio! —imploraba. Me acerqué a su rostro quebrado y entre mis lágrimas, sonreí. Acaricié el rostro y trataba de calmarlo. Abby no lo quería lastimar y Evan se movía demasiado.
El momento en que la enfermera tomó el pedazo de tela, Evan se jaló sin querer y la tela salió de su herida. Evan quedó sin voz, el aire se fue...Y de pronto, el grito de dolor partió mi corazón. La herida se volvió a abrir, Abby espolvoreó un poco de morfina y cosió cuidadosamente la herida.
sábado, 11 de octubre de 2008
Capítulo XXV // Sufrimiento
Katia estaba destrozada por la muerte de mi madre, no decía ni una sola palabra y parecía que la sonrisa tan brillante que tenía había desaparecido.
No sabíamos dónde estábamos, la ciudad estaba irreconocible, no sabíamos a dónde avanzar, por todos lados había peligros. Yo seguía pensando en mi bebé, Evan y Ewan. Me preocupaba que le pasara algo malo a mi bebé, Evan estaba extraño, no sabía si seguía siendo por los celos o por las traumantes escenas que habíamos pasado juntos.
— ¿Mamá? ¿Mi abuela volverá?
—No, Evan, no lo creo—respondí naturalmente.
—Nos abandonó...esta no era la clase de visita que esperaba—dijo. Dejé de mirar a Karim y fijé mi vista en los ojos de mi hijo.
— ¿Qué clase de visita esperabas? —pregunté con culpabilidad.
—Dijiste que la visitaríamos y lo hicimos, pero no volveremos a casa, esto no es una visita —Quedé perpleja al escuchar tal declaración por parte de mi hijo. Sentía una gran culpa, no sabía que le había hecho tanto daño; físicamente y sentimentalmente.
Los ataques a Francia, los constantes bombardeos a Londres, la destrucción del sótano y nuestra casa, la separación de Ewan y ahora la muerte de su abuela.
—Perdóname, hijo —susurré— No quería provocarte todo esto, te mentí al traerte aquí, me siento culpable, yo sólo quería salvarte...
— ¿Salvarme?
— El mundo está en guerra, tuvimos que salir de casa porque nos iban a hacer daño si nos quedábamos. Te mentí usando a tu abuela...y...tu padre se separó de nosotros... —sentí el nudo más grande en la garganta, me sentía tan culpable. Evan no dijo nada, sólo asintió la cabeza.
Quizá dos días pasaron cuando aviones alemanes comenzaron a llenar el cielo de Londres, una vez más podías sentir que tocabas los aviones con sólo alzar la mano. El terror reinó cuando una ola de gente corría en nuestra dirección; mujeres, niños, ancianos y unos cuantos jóvenes llevaban caras de preocupación. Levanté a Evan y corrimos con toda la gente.
Regina llevaba a Karim y Katia estaba entrando en pánico. Nos adentramos en el mar de gente.
—Disculpe, ¿qué sucede? ¿A dónde se dirigen? —pregunté a una señorita alta y de cabello castaño que tenía unos ojos verdes enormes y una pequeña boca.
—Si usted vio los aviones alemanes que pasaron hace un momento, debe saber que atacarán y estamos huyendo a algún lugar seguro —respondió y luego apresuró el paso.
No podía creer que nuevamente tendríamos que refugiarnos, era algo desesperante. No solté a Evan y corría al paso de la demás gente. Los nervios eran más grandes, sólo podía pensar en un lugar seguro muy cerca de donde estábamos, no quería otra muerte.
El escuadrón de Ewan estaba en guardia por las zonas que había conquistado. Jeeps y camionetas de cargan pasaban constantemente. Todo indicaba que era una zona segura, al menos más segura que la de Bélgica.
Ewan y Alan estaban de guardias. Se encontraban en su refugio, detrás de unos costales llenos de tierra, ambos estaban sentados y fumando.
— ¿En qué piensas, Ewan? —preguntó Alan al ver a su amigo tan pensativo y con la mirada fija hacia el infinito.
—Ehhh...bueno, en qué haré cuando esta puta guerra termine —respondió.
— ¿Y qué harás?
—Creo que me iré de Europa, con mi familia. ¿Recuerdas que mi familia vive en Nueva York?
—Vaya...y ¿Klein lo sabe?
—No...No, no sabe nada pero supongo que me apoyará...— dijo en tono dudoso.
—Verás que sí.
— ¿Y tú? ¿Qué piensas hacer? —preguntó Ewan. Alan sacudió la cabeza.
—No lo sé, no he pensado en eso. Supongo que disfrutar a mi hija y a mi mujer.
—Y contarle las aventuras y batallas por las que pasaste —sonrió Ewan.
—Claro.
Durante los siguientes días, dormimos en las calles. Evan estaba volviendo a ser el niño de antes, estaba asustado por las condiciones en las que estábamos, sólo necesitaba tiempo para acostumbrarse y también dejaba de preguntar por su abuela. Katia estaba un poco mejor, ya hablaba. Regina seguía al pendiente de todos, como siempre. Y yo, yo pensaba constantemente en mi esposo, en cuándo lo volvería a ver y a abrazarlo de nuevo. Todas las mañanas, cuando veía a Evan dormir, era como ver a Ewan, así que no perdía la costumbre de ver a mi esposo cada mañana.
— ¿Qué pasa, Regina? —pregunté.
—Presiento que algo malo sucederá, no quiero espantar a nadie.
—No te preocupes —le dije. Yo también tenía un presentimiento parecido, pero no dije nada.
Esa noche, Londres volvería a ser atacado.
Dormíamos y el silencio era enorme, de pronto un estallido llegaría a ser escuchado por nosotros. Varias personas se levantaron y los murmullos comenzaron. Regina se levantó y justo en esos instantes, las turbinas de un avión se comenzaron a escuchar. Levanté a Evan como pude, Katia se llevaría a Karim, en esos momentos dos personas más hicieron lo mismo que nosotros, después otra familia se levantó y de pronto, todos hacían lo mismo. El avión pasó muy bajo, tan bajo que era necesario taparte los oídos por el fuerte sonido que ocasionaba. Y así, bombas y explosiones acapararon la ciudad.
— ¡Katia! ¡Lleva con cuidado a Karim! —grité. Katia asintió la cabeza y avanzó entre la gente. Evan intentaba apresurar el paso pero no podíamos, mi espalda me lastimaba.
—Mamá, apresúrate. Tenemos que alcanzar a mi tía y a Karim —decía Evan.
—Calma, los alcanzaremos —lo tranquilicé. Regina venía detrás de nosotros.
Los aviones pasaban y justo enfrente de nosotros, un avión dejó caer una bomba. Al estallar, Regina, Evan y yo nos agachamos por el impacto. Inmediatamente pensé en Katia y mi hija, me incorporé como pude y a pesar de que era noche, pude verlas. Nos dirigíamos a alguna estación del subterráneo, la más próxima estaba a doce cuadras.
—Mamá, ¿A dónde vamos?
—Al subterráneo, ya casi llegamos —le dije. Estábamos cerca de Katia, pero nunca las alcanzamos. Evan se detuvo y jaló mi mano haciéndome retroceder, yo lo jalaba en sentido contrario pero se rehusaba.
— ¡Viene un avión, mamá! ¡Hay que regresar! —Su cara era de angustia.
— ¡Evan! ¡No podemos regresar! —le insistí. Lo jalaba hacia a mi, el avión seguía acercándose, Evan ponía toda su resistencia apoyando sus pies contra el suelo, no pensé que mi hijo tuviera tanta fuerza.
— ¡No, mamá! ¡Regresemos! —me imploraba con lágrimas.
— ¡Basta, Evan! —le grité y le solté una mirada furiosa. Nuevamente lo jalé fuerte pero seguía resistiendo. Una persona que pasaba corriendo me empujó y debido a la fuerza del golpe, mi mano soltó la mano de Evan y éste cayó sentado.
La tristeza me invadió cuando lo vi sentado en el suelo llorando. Era típico que Evan cayera de esa manera cuando yo intentaba meterlo a la casa a altas horas de la noche, pero no era típico que llorara. Evan reía, esa era una manera de jugar antes de que lo metiera a dormir, las caídas más comunes que tenía Evan en aquellos tiempos reinaron mi mente, pero ahora no estábamos jugando. Me apresuré a levantarlo, fue un gran esfuerzo que hice debido a mi espalda. Lo cargué y corrí tanto como pude, luego me di cuenta de que Evan tenía razón. El avión dejó caer su bomba y escuchamos el sonido más ensordecedor que nunca. Una segunda bomba derrumbaría lo poco que quedaba de un edificio abandonado, el edificio quedaba cerca por donde Evan y yo pasábamos.
— ¡Evan! ¡Evan! ¡Evan! — grité.
No escuchaba respuesta alguna. No supe dónde había quedado mi hijo. Me senté y comencé con una tos espantosa por tanto polvo que inhalé. Mi mente comenzó a pensar que mi hijo estaba muerto. Me levanté y lo busqué entre los escombros. Sentí que una persona se paró frente a mí; Regina me ayudó a mantener el equilibrio y enseguida le pregunté por Evan. No estuve muy segura de haberle preguntado o si sólo lo había pensado.
— ¡Regina, contéstame! —le pedí alterada.
—Klein...lo siento... —me dijo sollozando. Me quedé petrificada y mis ojos parecían platos, me costó respirar y solté mi llanto. Regina tenía la cabeza baja.
—No...No, Regina...No puede ser posible.
—Fue en el primer estallido, los vi caer —dijo. Me confundí.
— ¿Caer? ¿De quién estás habla...? No...Mi bebé no ¡No!
—No se pudo hacer nada, Klein... ¡Lo siento mucho!
Regina estaba hablando de mi hija y Katia. Mi bebé tenía sólo cuatro meses de edad, no era justo. Era sólo un bebé.
— ¡Calma, Klein! ¡Te entiendo!
— ¡Mi hija murió! ¡No puedo calmarme! —Gruñí y justo en ese instante, un llanto me levantaría la esperanza, era Evan
— ¿Dónde está Evan? —preguntó.
—No lo sé —fueron las palabras que pudieron salir de mi garganta — ¡¡Evan!!
Regina me soltó y comenzó a tratar de levantar piedras, hice lo mismo. Mientras gritaba el nombre de mi hijo, éste me respondía. Tenía que encontrar a mi hijo, no sabía si estaba mal herido o sólo espantado. Mi propia sangre me impedía buscar bien, me sentía débil pero con ganas de encontrar a Evan.
— ¡Klein! ¡Aquí está! —gritó Regina.
— ¡Ya voy! —apresuré mi torpe paso para ver a mi hijo.
No reconocí a Evan. Me llevé la mano a la boca, Evan estaba bañado en sangre, al parecer un gran pedazo de concreto lo golpeó o se cayó y se pegó fuertemente. Evan estaba tirado, parecía estar muerto pero no era así, su llanto me decía que estaba vivo. Me acerqué y mi hijo temblaba.
—Ma...má —tartamudeaba.
—Evan, vas a estar bien...resiste, hijo —lo anhelé.
—Mi...brazo, mami...me duele...mucho —se quejó y soltó a llorar.
—Déjame ver —Me espanté al ver la herida tan grande que tenía. Miré a mi alrededor y había varios vidrios, supe entonces que algún vidrio le había hecho la gran herida de su bíceps derecho. Sangraba demasiado y pude ver su carne. Me dio un poco de asco y miedo, pero tenía que ser fuerte.
—Evan, te amarraré este pedazo de tela a tu brazo, ¿de acuerdo? — dijo Regina. Evan sólo asintió la cabeza. Regina tenía un pedazo de sábana, algo grande para el brazo de mi hijo.
Levanté la cabeza de Evan y mis dedos tocaron un charco de sangre que había debajo de su cabecita. Regina levantó su brazo y Evan soltó un grito desgarrador. Me espanté, mi hijo estaba grave, su herida lo mataba.
— ¡No! ...Regina, basta —intervine por Evan.
—Tu hijo se puede desangrar, Klein. Sé que dolerá pero necesitamos parar la hemorragia —Se volvió a Evan y se lo impedí.
— ¡No ves que está sufriendo!
—No quieres verlo muerto, Klein... ¿Verdad? —Sus palabras me congelaron el alma y permití que le atara la tela a su brazo. Los gritos de Evan me dolían en lo más profundo. No podía mirar su sufrimiento. Tenía claro que si mi hijo pudiera, se retorcería del dolor pero un mínimo movimiento le privaba la respiración con tal de gritar todo lo que podía.
Regina y yo lo levantamos con demasiado cuidado pero no pudimos evitar que su herida lo lastimara más. Regina lo cargó en sus brazos y caminamos hacia la dirección contraria a donde nos dirigíamos. Las calles estaban bloqueadas por escombros, buscaríamos otra ruta para llegar al subterráneo.
Katia y Karim murieron el 19 de abril de 1941.
No sabíamos dónde estábamos, la ciudad estaba irreconocible, no sabíamos a dónde avanzar, por todos lados había peligros. Yo seguía pensando en mi bebé, Evan y Ewan. Me preocupaba que le pasara algo malo a mi bebé, Evan estaba extraño, no sabía si seguía siendo por los celos o por las traumantes escenas que habíamos pasado juntos.
— ¿Mamá? ¿Mi abuela volverá?
—No, Evan, no lo creo—respondí naturalmente.
—Nos abandonó...esta no era la clase de visita que esperaba—dijo. Dejé de mirar a Karim y fijé mi vista en los ojos de mi hijo.
— ¿Qué clase de visita esperabas? —pregunté con culpabilidad.
—Dijiste que la visitaríamos y lo hicimos, pero no volveremos a casa, esto no es una visita —Quedé perpleja al escuchar tal declaración por parte de mi hijo. Sentía una gran culpa, no sabía que le había hecho tanto daño; físicamente y sentimentalmente.
Los ataques a Francia, los constantes bombardeos a Londres, la destrucción del sótano y nuestra casa, la separación de Ewan y ahora la muerte de su abuela.
—Perdóname, hijo —susurré— No quería provocarte todo esto, te mentí al traerte aquí, me siento culpable, yo sólo quería salvarte...
— ¿Salvarme?
— El mundo está en guerra, tuvimos que salir de casa porque nos iban a hacer daño si nos quedábamos. Te mentí usando a tu abuela...y...tu padre se separó de nosotros... —sentí el nudo más grande en la garganta, me sentía tan culpable. Evan no dijo nada, sólo asintió la cabeza.
Quizá dos días pasaron cuando aviones alemanes comenzaron a llenar el cielo de Londres, una vez más podías sentir que tocabas los aviones con sólo alzar la mano. El terror reinó cuando una ola de gente corría en nuestra dirección; mujeres, niños, ancianos y unos cuantos jóvenes llevaban caras de preocupación. Levanté a Evan y corrimos con toda la gente.
Regina llevaba a Karim y Katia estaba entrando en pánico. Nos adentramos en el mar de gente.
—Disculpe, ¿qué sucede? ¿A dónde se dirigen? —pregunté a una señorita alta y de cabello castaño que tenía unos ojos verdes enormes y una pequeña boca.
—Si usted vio los aviones alemanes que pasaron hace un momento, debe saber que atacarán y estamos huyendo a algún lugar seguro —respondió y luego apresuró el paso.
No podía creer que nuevamente tendríamos que refugiarnos, era algo desesperante. No solté a Evan y corría al paso de la demás gente. Los nervios eran más grandes, sólo podía pensar en un lugar seguro muy cerca de donde estábamos, no quería otra muerte.
El escuadrón de Ewan estaba en guardia por las zonas que había conquistado. Jeeps y camionetas de cargan pasaban constantemente. Todo indicaba que era una zona segura, al menos más segura que la de Bélgica.
Ewan y Alan estaban de guardias. Se encontraban en su refugio, detrás de unos costales llenos de tierra, ambos estaban sentados y fumando.
— ¿En qué piensas, Ewan? —preguntó Alan al ver a su amigo tan pensativo y con la mirada fija hacia el infinito.
—Ehhh...bueno, en qué haré cuando esta puta guerra termine —respondió.
— ¿Y qué harás?
—Creo que me iré de Europa, con mi familia. ¿Recuerdas que mi familia vive en Nueva York?
—Vaya...y ¿Klein lo sabe?
—No...No, no sabe nada pero supongo que me apoyará...— dijo en tono dudoso.
—Verás que sí.
— ¿Y tú? ¿Qué piensas hacer? —preguntó Ewan. Alan sacudió la cabeza.
—No lo sé, no he pensado en eso. Supongo que disfrutar a mi hija y a mi mujer.
—Y contarle las aventuras y batallas por las que pasaste —sonrió Ewan.
—Claro.
Durante los siguientes días, dormimos en las calles. Evan estaba volviendo a ser el niño de antes, estaba asustado por las condiciones en las que estábamos, sólo necesitaba tiempo para acostumbrarse y también dejaba de preguntar por su abuela. Katia estaba un poco mejor, ya hablaba. Regina seguía al pendiente de todos, como siempre. Y yo, yo pensaba constantemente en mi esposo, en cuándo lo volvería a ver y a abrazarlo de nuevo. Todas las mañanas, cuando veía a Evan dormir, era como ver a Ewan, así que no perdía la costumbre de ver a mi esposo cada mañana.
— ¿Qué pasa, Regina? —pregunté.
—Presiento que algo malo sucederá, no quiero espantar a nadie.
—No te preocupes —le dije. Yo también tenía un presentimiento parecido, pero no dije nada.
Esa noche, Londres volvería a ser atacado.
Dormíamos y el silencio era enorme, de pronto un estallido llegaría a ser escuchado por nosotros. Varias personas se levantaron y los murmullos comenzaron. Regina se levantó y justo en esos instantes, las turbinas de un avión se comenzaron a escuchar. Levanté a Evan como pude, Katia se llevaría a Karim, en esos momentos dos personas más hicieron lo mismo que nosotros, después otra familia se levantó y de pronto, todos hacían lo mismo. El avión pasó muy bajo, tan bajo que era necesario taparte los oídos por el fuerte sonido que ocasionaba. Y así, bombas y explosiones acapararon la ciudad.
— ¡Katia! ¡Lleva con cuidado a Karim! —grité. Katia asintió la cabeza y avanzó entre la gente. Evan intentaba apresurar el paso pero no podíamos, mi espalda me lastimaba.
—Mamá, apresúrate. Tenemos que alcanzar a mi tía y a Karim —decía Evan.
—Calma, los alcanzaremos —lo tranquilicé. Regina venía detrás de nosotros.
Los aviones pasaban y justo enfrente de nosotros, un avión dejó caer una bomba. Al estallar, Regina, Evan y yo nos agachamos por el impacto. Inmediatamente pensé en Katia y mi hija, me incorporé como pude y a pesar de que era noche, pude verlas. Nos dirigíamos a alguna estación del subterráneo, la más próxima estaba a doce cuadras.
—Mamá, ¿A dónde vamos?
—Al subterráneo, ya casi llegamos —le dije. Estábamos cerca de Katia, pero nunca las alcanzamos. Evan se detuvo y jaló mi mano haciéndome retroceder, yo lo jalaba en sentido contrario pero se rehusaba.
— ¡Viene un avión, mamá! ¡Hay que regresar! —Su cara era de angustia.
— ¡Evan! ¡No podemos regresar! —le insistí. Lo jalaba hacia a mi, el avión seguía acercándose, Evan ponía toda su resistencia apoyando sus pies contra el suelo, no pensé que mi hijo tuviera tanta fuerza.
— ¡No, mamá! ¡Regresemos! —me imploraba con lágrimas.
— ¡Basta, Evan! —le grité y le solté una mirada furiosa. Nuevamente lo jalé fuerte pero seguía resistiendo. Una persona que pasaba corriendo me empujó y debido a la fuerza del golpe, mi mano soltó la mano de Evan y éste cayó sentado.
La tristeza me invadió cuando lo vi sentado en el suelo llorando. Era típico que Evan cayera de esa manera cuando yo intentaba meterlo a la casa a altas horas de la noche, pero no era típico que llorara. Evan reía, esa era una manera de jugar antes de que lo metiera a dormir, las caídas más comunes que tenía Evan en aquellos tiempos reinaron mi mente, pero ahora no estábamos jugando. Me apresuré a levantarlo, fue un gran esfuerzo que hice debido a mi espalda. Lo cargué y corrí tanto como pude, luego me di cuenta de que Evan tenía razón. El avión dejó caer su bomba y escuchamos el sonido más ensordecedor que nunca. Una segunda bomba derrumbaría lo poco que quedaba de un edificio abandonado, el edificio quedaba cerca por donde Evan y yo pasábamos.
— ¡Evan! ¡Evan! ¡Evan! — grité.
No escuchaba respuesta alguna. No supe dónde había quedado mi hijo. Me senté y comencé con una tos espantosa por tanto polvo que inhalé. Mi mente comenzó a pensar que mi hijo estaba muerto. Me levanté y lo busqué entre los escombros. Sentí que una persona se paró frente a mí; Regina me ayudó a mantener el equilibrio y enseguida le pregunté por Evan. No estuve muy segura de haberle preguntado o si sólo lo había pensado.
— ¡Regina, contéstame! —le pedí alterada.
—Klein...lo siento... —me dijo sollozando. Me quedé petrificada y mis ojos parecían platos, me costó respirar y solté mi llanto. Regina tenía la cabeza baja.
—No...No, Regina...No puede ser posible.
—Fue en el primer estallido, los vi caer —dijo. Me confundí.
— ¿Caer? ¿De quién estás habla...? No...Mi bebé no ¡No!
—No se pudo hacer nada, Klein... ¡Lo siento mucho!
Regina estaba hablando de mi hija y Katia. Mi bebé tenía sólo cuatro meses de edad, no era justo. Era sólo un bebé.
— ¡Calma, Klein! ¡Te entiendo!
— ¡Mi hija murió! ¡No puedo calmarme! —Gruñí y justo en ese instante, un llanto me levantaría la esperanza, era Evan
— ¿Dónde está Evan? —preguntó.
—No lo sé —fueron las palabras que pudieron salir de mi garganta — ¡¡Evan!!
Regina me soltó y comenzó a tratar de levantar piedras, hice lo mismo. Mientras gritaba el nombre de mi hijo, éste me respondía. Tenía que encontrar a mi hijo, no sabía si estaba mal herido o sólo espantado. Mi propia sangre me impedía buscar bien, me sentía débil pero con ganas de encontrar a Evan.
— ¡Klein! ¡Aquí está! —gritó Regina.
— ¡Ya voy! —apresuré mi torpe paso para ver a mi hijo.
No reconocí a Evan. Me llevé la mano a la boca, Evan estaba bañado en sangre, al parecer un gran pedazo de concreto lo golpeó o se cayó y se pegó fuertemente. Evan estaba tirado, parecía estar muerto pero no era así, su llanto me decía que estaba vivo. Me acerqué y mi hijo temblaba.
—Ma...má —tartamudeaba.
—Evan, vas a estar bien...resiste, hijo —lo anhelé.
—Mi...brazo, mami...me duele...mucho —se quejó y soltó a llorar.
—Déjame ver —Me espanté al ver la herida tan grande que tenía. Miré a mi alrededor y había varios vidrios, supe entonces que algún vidrio le había hecho la gran herida de su bíceps derecho. Sangraba demasiado y pude ver su carne. Me dio un poco de asco y miedo, pero tenía que ser fuerte.
—Evan, te amarraré este pedazo de tela a tu brazo, ¿de acuerdo? — dijo Regina. Evan sólo asintió la cabeza. Regina tenía un pedazo de sábana, algo grande para el brazo de mi hijo.
Levanté la cabeza de Evan y mis dedos tocaron un charco de sangre que había debajo de su cabecita. Regina levantó su brazo y Evan soltó un grito desgarrador. Me espanté, mi hijo estaba grave, su herida lo mataba.
— ¡No! ...Regina, basta —intervine por Evan.
—Tu hijo se puede desangrar, Klein. Sé que dolerá pero necesitamos parar la hemorragia —Se volvió a Evan y se lo impedí.
— ¡No ves que está sufriendo!
—No quieres verlo muerto, Klein... ¿Verdad? —Sus palabras me congelaron el alma y permití que le atara la tela a su brazo. Los gritos de Evan me dolían en lo más profundo. No podía mirar su sufrimiento. Tenía claro que si mi hijo pudiera, se retorcería del dolor pero un mínimo movimiento le privaba la respiración con tal de gritar todo lo que podía.
Regina y yo lo levantamos con demasiado cuidado pero no pudimos evitar que su herida lo lastimara más. Regina lo cargó en sus brazos y caminamos hacia la dirección contraria a donde nos dirigíamos. Las calles estaban bloqueadas por escombros, buscaríamos otra ruta para llegar al subterráneo.
Katia y Karim murieron el 19 de abril de 1941.
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