Evan se recuperaba lentamente, al menos ya podía dormir. El subterráneo era grande y albergaba a la mayoría de las personas heridas. De nuestro lado derecho se encontraba un joven de aproximadamente 16 o 18 años, nadie parecía visitarlo o cuidarlo. Las enfermeras que lo revisaban lo llamaban Joseph.
A la mañana siguiente, salí en busca de Karim y Katia. Regina se quedó al cuidado de Evan.
— ¿Es tu hijo? —preguntó Joseph al darse vuelta para descansar mejor.
—No —respondió Regina que estaba sentada cabeceando— Es mi sobrino.
— ¿Qué le pasó?
—Un edificio cayó cerca de él y de su mamá, el 19 pasado. ¿A ti qué te pasó?
—Casi lo mismo. Estaba en casa con mis papás cuando una bomba la destruyó.
—Oh vaya —exclamó Regina mirando las vendas de Joseph— ¿Y tus papás están bien?
—Murieron.
—Lo siento mucho, no era mi intención... —interrumpió Joseph.
—No te preocupes, ya tiene casi medio año que los perdí —murmuró. Joseph estaba tan tranquilo como si sus papás estuvieran bien. Sin duda, era un chico fuerte.
En el escuadrón, Ewan y varios soldados más llevaron a Alan hasta la campaña de enfermeras para que lo atendieran tan rápido como fuera posible. Nicole, una de las enfermeras vio a lo lejos venir a un grupo de soldados llevando con ellos a uno de los suyos herido. Nicole se metió de inmediato a la campaña para preparar lo que fuera necesario.
—Por aquí. En Aquella cama —señaló— ¿Qué ha sucedido?
—Francotirador —respondió Ewan mientras acomodaba a su amigo.
— ¿Qué hizo el médico? —preguntó antes de aplicar algún medicamento.
—Morfina y vendó el cuello —dijo Ewan con la respiración agitada— Gracias por ayudarme, chicos.
Nicole, de apenas 25 años de edad, tenía un gusto muy particular por Ewan desde que lo vio. Era de estatura media, ojos cafés y un cabello obscuro muy sedoso que escondía debajo de aquella cofia blanca que llevaba en la cabeza. Su uniforme la hacía verse más delgada de lo normal. Nicole había llegado a la campaña el mismo día que Ewan, siempre se levantaba temprano para verlo pasar y Ewan lo sabía. De vez en cuando, Alan bromeaba constantemente a su amigo por lo mismo pero éste lo ignoraba.
Nicole examinó a Alan y se dirigió por algunas gasas estériles.
— ¿Se va a recuperar? —preguntó Ewan con esperanza.
—Eso espero. Todo depende de qué tanto haya lastimado la bala dentro de su cuello y qué tan bien responda su cuerpo —habló Nicole atropellando las palabras.
Ewan miraba con tristeza a su compañero, su único amigo estaba mal herido al igual que Evan, pero sin saberlo. Esa noche, Ewan se quedó al pendiente de Alan y Nicole lo revisaba tantas veces fuera necesario o si Ewan se lo pedía. Cualquier movimiento de Alan era un llamado a Nicole por parte de Ewan. Durante una ronda, Nicole le llevó una taza de té a Ewan y así fue como comenzó la plática. Por naturaleza, Ewan tenía una mirada seductora y un lenguaje corporal extraño, y aún más cuando éste hablaba en voz baja. Esa era una de las razones por las que la mayoría de las mujeres lo seguía.
Nicole jamás pensó en tener esa cercanía con aquél soldado. Se encontraba nerviosa debido a que nadie estaba en aquella campaña, a excepción de Alan, Ewan y ella.
— ¿Cuánto tiempo llevas aquí? —preguntó Ewan cuando terminó de dar un sorbo a su taza. Estaba sentado cerca de Alan.
—Desde que tu compañía llegó —respondió— Desde ese día hasta ahora no ha habido mucho movimiento, pocos heridos por fortuna. Alan es el tercero.
—Entiendo —Nicole seguía atropellando las palabras, Ewan lo entendía y soltaba una sonrisa para hacerla entrar en confianza, pero lo que no entendía era que aquella sonrisa sólo la ponía más nerviosa.
— ¿Te ha...pasado algo grave? ...—preguntó Nicole dudosa, los nervios la traicionaron ya que ella no pretendía preguntar nada. Ewan dejó de beber y levantó su ceja derecha, Nicole se maldijo a sí misma —Bueno, yo...lo digo por...aquella cicatriz ¿Te molesta?
—No de ninguna manera —respondió. Notaba su nerviosismo y eso le causaba diversión, recordaba sus años antes de que Evan naciera —Sí, he tenido varios accidentes; un muro ha caído encima de mí, un pedazo de hierro se me ha incrustado en el brazo, por eso la cicatriz. Y he quedado sordo, cosas comunes, ya sabes. He vivido un año en esto y Alan es el que me ha acompañado.
—Mejores amigos —respondió Nicole.
—Así es, sé tanto como él sabe de mí.
Nicole sonrió y ambos pasaron toda la noche platicando, Nicole ya había entrado en confianza.
La tarea de limpiar la entrada del bosque Friaul tuvo éxito, con tres bajas y un mal herido. Alan.
Salí del subterráneo para encargarme de mi hija y de mi hermana. Caminé entre las calles irreconocibles, por un momento me detuve y pensé si estaría bien ir a buscarlas. No tenía en mi mente la imagen de mi hija muerta y no quería tenerla, pero quería que ella tuviera un lugar en dónde buscarla y llevarle flores. No tenía otra opción.
Llegué hasta la calle Dolls Hills, aún estaban los escombros y cinco personas buscaban entre los escombros. Pensé que serían ayudantes y caminé para preguntarles por los cuerpos, ya que no se veía nada en la calle. Rectifiqué la zona y era la misma de aquél día. No había nada de cuerpos, había sangre seca pero no cuerpos. Decidí acercame aún más y sus caras me decían que no eran civiles normales, sino ladrones. Detuve mi paso asustadamente y justo en ese instante corrieron hacia mí. Cinco tipos contra mí, tenía que huir de allí.
En ese tiempo existían muchos saqueadores y ladrones que desvalijaban los destruidos edificios. En casos peores los ladrones sin escrúpulos robaban a los muertos y heridos.
Corrí tanto como pude y doblé en la esquina Wood Road, sabía que en donde tuviera que dar vuelta me perdería, pero era mi seguridad. Di vuelta como predije en la primera calle que encontré y choqué contra un señor. Pensé que había chocado con alguno de los malos.
— ¡Suélteme! —pegué contra el pecho de aquél señor. Éste me tomó por los hombros y me sacudió.
—Tranquila, no le haré daño. Tranquila señora —dijo con voz serena. Me percaté que no era uno de los ladrones y mi alma descansó.
—Lo siento, venían unos hombres tras de mí y corrí tanto como pude...pero luego...
—Lo sé, lo noté. Los Cinco de la Cuadra, pero no se preocupe, usted está a salvo —dijo con una bella sonrisa. Bajé mi mirada, el señor canoso y de ojos marrones volvió a hablar— ¿Qué hacía usted por aquí?
—Aquí murió mi hija...y mi hermana— un nudo en la garganta me impidió seguir hablando.
— ¿Vino por los cuerpos?
—Sí —respondí en un hilo de voz.
—Entiendo. Los cuerpos se los llevaron ayer por la tarde —replicó. Subí la mirada y abrí los ojos, el caballero notó mi reacción.
—Y... ¿sabe a dónde se los llevaron? —pregunté angustiada.
—Sí, avenida Souree, dan dos días para que reclamen los cuerpos.
— ¿Me podría llevar? Sabe, no reconozco la ciudad, hay calles desaparecidas y todo es muy confuso, calles bloqueadas y edificios caídos...la verdad me perderé.
—Con gusto. Mi nombre es Dave.
—Klein, mucho gusto.
Nos dirigimos hacia la calle Souree. Dave me hizo la platica muy amena y me explicaba los movimientos de aquél día. Llegamos a la avenida y cientos de ataúdes pre-fabricados cubrían la mayor parte de la avenida. Algunos ataúdes eran más grandes que otros, de cartón o de madera, mal y bien fabricados. Sentí un nudo en el estómago. No sabía si podría reconocer a mis familiares, no quería ver tantos muertos. Dave se acercó a la encargada de aquél lugar macabro. Luego volvió y me pidió que lo siguiera.
Caminamos por un gran pasillo, al parecer llegamos a tiempo ya que al entrar a una sección en donde se encontraba mi hija, un camión del ejército llegó con más cuerpos.
No estaba segura de lo que quería ver.
—Aquí están los que llegaron ayer por la tarde. Hay dos niños, ¿qué edad tiene su hija? —preguntó con naturalidad.
—Cuatro meses...bueno, en realidad tenía tres. Este mes cumplía los cuatro.
—Vaya, entonces es éste —dijo acercándose al ataúd más pequeño y lo palmeó. Abrió la tapa y algo dentro de mí me dijo que me rehusara a reconocerla — ¿Una niña?
—Sí, así es —contesté rápidamente.
—Necesito que la reconozca. Será fuerte, pero le aseguro que si es su hija se sentirá mejor de saber dónde descansará.
Asentí y me acerqué lentamente, rogaba porque estuviera completa. No quería llevarme a la tumba una imagen horrible de mi hija. Quería verla como siempre estaba; con sus mejillas rosadas, su cabello castaño y esos puntos blancos en su nariz. Tomé aire y me asomé.
—Sí, es ella.
—Bien, me dará su nombre y en unos momentos más le diré en dónde la llevaremos.
Mi hija parecía un ángel. Parecía estar dormida, con su pequeña boca a medio abrir. Envuelta en aquella cobija color gris y un poco de polvo en ella. Sus mejillas totalmente redondas, ninguna hendidura como lo había imaginado. Su pequeña frente que era color roja, ahora estaba blanca y aquellos puntos blancos no habían desaparecido. La miré por un largo momento. Mis dedos rozaron sus frías mejillas, aún eran suaves.
Reconocer a Katia fue un poco más difícil. Seis cuerpos, que sin querer los miré, me desgarraron el alma. Katia parecía estar dormida también. No entendía por qué no estaba en mal estado si estaba muerta, pero al mirar su vestido con una mancha roja y con lodo, tuve una idea de la magnitud de aquella bomba. El piso se movió, había visto demasiado y todo eso me provocó náuseas, tantas que me retiré del ataúd de mi hermana y caí de rodillas, escupiendo lo poco que tenía en mi boca. Dave se ofreció en ayudarme y me levantó.
Llené los formularios en donde reconocía a mis familiares. Tardaron dos horas para sepultarlas dignamente. Por fin sabía en dónde descansaban, Luisip Garden.
—Gracias, Dave. De verdad te lo agradezco. No tengo cómo pagarte.
—No te preocupes, Klein. Sabes que si necesitas algo puedes buscarme en mi cafetería. Que se recupere Evan.
—Gracias, cuídate.
Entré al subterráneo y Evan estaba sentado, comiendo una manzana. Rompí a llorar cuando lo vi sonriendo. Todo por lo que tenía que vivir se encontraba sentado en aquél subterráneo que lidiaba con el dolor y sobrevivía a una guerra mundial.
— ¿A dónde fuiste, mami? —preguntó mientras yo tomaba lugar a su lado.
—Tuve que arreglar unas cosas, pero ya estoy aquí. Contigo —le besé su cabello.
— ¿Y mi hermana? —la pregunta difícil había llegado. No dije nada y Evan no insistió. Más adelante le diría a mi hijo lo que había sucedido.
domingo, 26 de octubre de 2008
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