sábado, 11 de octubre de 2008

Capítulo XXV // Sufrimiento

Katia estaba destrozada por la muerte de mi madre, no decía ni una sola palabra y parecía que la sonrisa tan brillante que tenía había desaparecido.
No sabíamos dónde estábamos, la ciudad estaba irreconocible, no sabíamos a dónde avanzar, por todos lados había peligros. Yo seguía pensando en mi bebé, Evan y Ewan. Me preocupaba que le pasara algo malo a mi bebé, Evan estaba extraño, no sabía si seguía siendo por los celos o por las traumantes escenas que habíamos pasado juntos.

— ¿Mamá? ¿Mi abuela volverá?
—No, Evan, no lo creo—respondí naturalmente.
—Nos abandonó...esta no era la clase de visita que esperaba—dijo. Dejé de mirar a Karim y fijé mi vista en los ojos de mi hijo.
— ¿Qué clase de visita esperabas? —pregunté con culpabilidad.
—Dijiste que la visitaríamos y lo hicimos, pero no volveremos a casa, esto no es una visita —Quedé perpleja al escuchar tal declaración por parte de mi hijo. Sentía una gran culpa, no sabía que le había hecho tanto daño; físicamente y sentimentalmente.

Los ataques a Francia, los constantes bombardeos a Londres, la destrucción del sótano y nuestra casa, la separación de Ewan y ahora la muerte de su abuela.

—Perdóname, hijo —susurré— No quería provocarte todo esto, te mentí al traerte aquí, me siento culpable, yo sólo quería salvarte...
— ¿Salvarme?
— El mundo está en guerra, tuvimos que salir de casa porque nos iban a hacer daño si nos quedábamos. Te mentí usando a tu abuela...y...tu padre se separó de nosotros... —sentí el nudo más grande en la garganta, me sentía tan culpable. Evan no dijo nada, sólo asintió la cabeza.

Quizá dos días pasaron cuando aviones alemanes comenzaron a llenar el cielo de Londres, una vez más podías sentir que tocabas los aviones con sólo alzar la mano. El terror reinó cuando una ola de gente corría en nuestra dirección; mujeres, niños, ancianos y unos cuantos jóvenes llevaban caras de preocupación. Levanté a Evan y corrimos con toda la gente.

Regina llevaba a Karim y Katia estaba entrando en pánico. Nos adentramos en el mar de gente.

—Disculpe, ¿qué sucede? ¿A dónde se dirigen? —pregunté a una señorita alta y de cabello castaño que tenía unos ojos verdes enormes y una pequeña boca.
—Si usted vio los aviones alemanes que pasaron hace un momento, debe saber que atacarán y estamos huyendo a algún lugar seguro —respondió y luego apresuró el paso.

No podía creer que nuevamente tendríamos que refugiarnos, era algo desesperante. No solté a Evan y corría al paso de la demás gente. Los nervios eran más grandes, sólo podía pensar en un lugar seguro muy cerca de donde estábamos, no quería otra muerte.

El escuadrón de Ewan estaba en guardia por las zonas que había conquistado. Jeeps y camionetas de cargan pasaban constantemente. Todo indicaba que era una zona segura, al menos más segura que la de Bélgica.

Ewan y Alan estaban de guardias. Se encontraban en su refugio, detrás de unos costales llenos de tierra, ambos estaban sentados y fumando.

— ¿En qué piensas, Ewan? —preguntó Alan al ver a su amigo tan pensativo y con la mirada fija hacia el infinito.
—Ehhh...bueno, en qué haré cuando esta puta guerra termine —respondió.
— ¿Y qué harás?
—Creo que me iré de Europa, con mi familia. ¿Recuerdas que mi familia vive en Nueva York?
—Vaya...y ¿Klein lo sabe?
—No...No, no sabe nada pero supongo que me apoyará...— dijo en tono dudoso.
—Verás que sí.
— ¿Y tú? ¿Qué piensas hacer? —preguntó Ewan. Alan sacudió la cabeza.
—No lo sé, no he pensado en eso. Supongo que disfrutar a mi hija y a mi mujer.
—Y contarle las aventuras y batallas por las que pasaste —sonrió Ewan.
—Claro.

Durante los siguientes días, dormimos en las calles. Evan estaba volviendo a ser el niño de antes, estaba asustado por las condiciones en las que estábamos, sólo necesitaba tiempo para acostumbrarse y también dejaba de preguntar por su abuela. Katia estaba un poco mejor, ya hablaba. Regina seguía al pendiente de todos, como siempre. Y yo, yo pensaba constantemente en mi esposo, en cuándo lo volvería a ver y a abrazarlo de nuevo. Todas las mañanas, cuando veía a Evan dormir, era como ver a Ewan, así que no perdía la costumbre de ver a mi esposo cada mañana.

— ¿Qué pasa, Regina? —pregunté.
—Presiento que algo malo sucederá, no quiero espantar a nadie.
—No te preocupes —le dije. Yo también tenía un presentimiento parecido, pero no dije nada.

Esa noche, Londres volvería a ser atacado.
Dormíamos y el silencio era enorme, de pronto un estallido llegaría a ser escuchado por nosotros. Varias personas se levantaron y los murmullos comenzaron. Regina se levantó y justo en esos instantes, las turbinas de un avión se comenzaron a escuchar. Levanté a Evan como pude, Katia se llevaría a Karim, en esos momentos dos personas más hicieron lo mismo que nosotros, después otra familia se levantó y de pronto, todos hacían lo mismo. El avión pasó muy bajo, tan bajo que era necesario taparte los oídos por el fuerte sonido que ocasionaba. Y así, bombas y explosiones acapararon la ciudad.

— ¡Katia! ¡Lleva con cuidado a Karim! —grité. Katia asintió la cabeza y avanzó entre la gente. Evan intentaba apresurar el paso pero no podíamos, mi espalda me lastimaba.
—Mamá, apresúrate. Tenemos que alcanzar a mi tía y a Karim —decía Evan.
—Calma, los alcanzaremos —lo tranquilicé. Regina venía detrás de nosotros.

Los aviones pasaban y justo enfrente de nosotros, un avión dejó caer una bomba. Al estallar, Regina, Evan y yo nos agachamos por el impacto. Inmediatamente pensé en Katia y mi hija, me incorporé como pude y a pesar de que era noche, pude verlas. Nos dirigíamos a alguna estación del subterráneo, la más próxima estaba a doce cuadras.

—Mamá, ¿A dónde vamos?
—Al subterráneo, ya casi llegamos —le dije. Estábamos cerca de Katia, pero nunca las alcanzamos. Evan se detuvo y jaló mi mano haciéndome retroceder, yo lo jalaba en sentido contrario pero se rehusaba.
— ¡Viene un avión, mamá! ¡Hay que regresar! —Su cara era de angustia.
— ¡Evan! ¡No podemos regresar! —le insistí. Lo jalaba hacia a mi, el avión seguía acercándose, Evan ponía toda su resistencia apoyando sus pies contra el suelo, no pensé que mi hijo tuviera tanta fuerza.
— ¡No, mamá! ¡Regresemos! —me imploraba con lágrimas.
— ¡Basta, Evan! —le grité y le solté una mirada furiosa. Nuevamente lo jalé fuerte pero seguía resistiendo. Una persona que pasaba corriendo me empujó y debido a la fuerza del golpe, mi mano soltó la mano de Evan y éste cayó sentado.

La tristeza me invadió cuando lo vi sentado en el suelo llorando. Era típico que Evan cayera de esa manera cuando yo intentaba meterlo a la casa a altas horas de la noche, pero no era típico que llorara. Evan reía, esa era una manera de jugar antes de que lo metiera a dormir, las caídas más comunes que tenía Evan en aquellos tiempos reinaron mi mente, pero ahora no estábamos jugando. Me apresuré a levantarlo, fue un gran esfuerzo que hice debido a mi espalda. Lo cargué y corrí tanto como pude, luego me di cuenta de que Evan tenía razón. El avión dejó caer su bomba y escuchamos el sonido más ensordecedor que nunca. Una segunda bomba derrumbaría lo poco que quedaba de un edificio abandonado, el edificio quedaba cerca por donde Evan y yo pasábamos.

— ¡Evan! ¡Evan! ¡Evan! — grité.

No escuchaba respuesta alguna. No supe dónde había quedado mi hijo. Me senté y comencé con una tos espantosa por tanto polvo que inhalé. Mi mente comenzó a pensar que mi hijo estaba muerto. Me levanté y lo busqué entre los escombros. Sentí que una persona se paró frente a mí; Regina me ayudó a mantener el equilibrio y enseguida le pregunté por Evan. No estuve muy segura de haberle preguntado o si sólo lo había pensado.

— ¡Regina, contéstame! —le pedí alterada.
—Klein...lo siento... —me dijo sollozando. Me quedé petrificada y mis ojos parecían platos, me costó respirar y solté mi llanto. Regina tenía la cabeza baja.
—No...No, Regina...No puede ser posible.
—Fue en el primer estallido, los vi caer —dijo. Me confundí.
— ¿Caer? ¿De quién estás habla...? No...Mi bebé no ¡No!
—No se pudo hacer nada, Klein... ¡Lo siento mucho!

Regina estaba hablando de mi hija y Katia. Mi bebé tenía sólo cuatro meses de edad, no era justo. Era sólo un bebé.

— ¡Calma, Klein! ¡Te entiendo!
— ¡Mi hija murió! ¡No puedo calmarme! —Gruñí y justo en ese instante, un llanto me levantaría la esperanza, era Evan
— ¿Dónde está Evan? —preguntó.
—No lo sé —fueron las palabras que pudieron salir de mi garganta — ¡¡Evan!!

Regina me soltó y comenzó a tratar de levantar piedras, hice lo mismo. Mientras gritaba el nombre de mi hijo, éste me respondía. Tenía que encontrar a mi hijo, no sabía si estaba mal herido o sólo espantado. Mi propia sangre me impedía buscar bien, me sentía débil pero con ganas de encontrar a Evan.

— ¡Klein! ¡Aquí está! —gritó Regina.
— ¡Ya voy! —apresuré mi torpe paso para ver a mi hijo.

No reconocí a Evan. Me llevé la mano a la boca, Evan estaba bañado en sangre, al parecer un gran pedazo de concreto lo golpeó o se cayó y se pegó fuertemente. Evan estaba tirado, parecía estar muerto pero no era así, su llanto me decía que estaba vivo. Me acerqué y mi hijo temblaba.

—Ma...má —tartamudeaba.
—Evan, vas a estar bien...resiste, hijo —lo anhelé.
—Mi...brazo, mami...me duele...mucho —se quejó y soltó a llorar.
—Déjame ver —Me espanté al ver la herida tan grande que tenía. Miré a mi alrededor y había varios vidrios, supe entonces que algún vidrio le había hecho la gran herida de su bíceps derecho. Sangraba demasiado y pude ver su carne. Me dio un poco de asco y miedo, pero tenía que ser fuerte.
—Evan, te amarraré este pedazo de tela a tu brazo, ¿de acuerdo? — dijo Regina. Evan sólo asintió la cabeza. Regina tenía un pedazo de sábana, algo grande para el brazo de mi hijo.

Levanté la cabeza de Evan y mis dedos tocaron un charco de sangre que había debajo de su cabecita. Regina levantó su brazo y Evan soltó un grito desgarrador. Me espanté, mi hijo estaba grave, su herida lo mataba.

— ¡No! ...Regina, basta —intervine por Evan.
—Tu hijo se puede desangrar, Klein. Sé que dolerá pero necesitamos parar la hemorragia —Se volvió a Evan y se lo impedí.
— ¡No ves que está sufriendo!
—No quieres verlo muerto, Klein... ¿Verdad? —Sus palabras me congelaron el alma y permití que le atara la tela a su brazo. Los gritos de Evan me dolían en lo más profundo. No podía mirar su sufrimiento. Tenía claro que si mi hijo pudiera, se retorcería del dolor pero un mínimo movimiento le privaba la respiración con tal de gritar todo lo que podía.

Regina y yo lo levantamos con demasiado cuidado pero no pudimos evitar que su herida lo lastimara más. Regina lo cargó en sus brazos y caminamos hacia la dirección contraria a donde nos dirigíamos. Las calles estaban bloqueadas por escombros, buscaríamos otra ruta para llegar al subterráneo.

Katia y Karim murieron el 19 de abril de 1941.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Noooo!!!
Por Dios!!
No lo hagas u.U
Yo no quiero ver a la pequeña Karim muerta :'(