miércoles, 19 de noviembre de 2008

Capítulo XXXII / Tres

Los camiones no llegaron a la hora acordada, veinte minutos de retraso provocó que la mayoría de la gente que estaba presente se desesperara. Yo también estaba desesperada pero tenía fe en que vería nuevamente a Ewan. Pasaron diez minutos más de terrible espera cuando por fin, se vio el primer camión militar. Sonreí al instante y mi corazón comenzó a latir rápidamente. Avancé unos pasos, no fueron muchos ya que toda la gente se amontonaba con tal de poder ver a sus familiares.
Poco a poco los reclutas bajaban de los camiones, sonreían y saludaban. Estaba al pendiente por si veía a Ewan o a Alan, no podía ver mucho así que estiré mi cuello y mi levanté de puntitas. Por suerte, una señora que estaba enfrente de mí se salió de su lugar, al parecer vio a su hijo o su esposo, rápidamente me acomodé en aquél lugar donde la vista era mucho mejor. Sólo cinco personas estaban frente a mí, pero aún así veía muy bien que alcancé a ver una reja que limitaba el acceso a los camiones que estaban a unos cuatro metros.

Los soldados seguían bajando pero a ninguno de ellos reconocí. El tercer camión se vació y no vi por ningún lado a mi esposo. Esperé con ansias el cuarto y último camión, ya no era necesario pelearme por tener una vista mejor pues había poca gente y cada vez había menos. Del último camión no bajó ni un soldado más. Respiré hondo y di media vuelta. Las únicas personas que estaban en la calle, eran simplemente transeúntes. Me abracé a mí misma y caminé a casa, se estaba haciendo de noche.

— ¿Señorita? —gritó una voz detrás de mí. Me limité a voltear pero me detuve. Traté de mirar de reojo por encima de mi hombro pero no vi nada, por lo que decidí voltear — ¿Buscaba al soldado Grimmes?
— ¡Ewan! —sonrió al verme y mis esperanzas revivieron al instante. Mi corazón se aceleró y sin pensarlo corrí hacia él. Segundos después dejó caer su maleta para extender sus brazos en busca de un abrazo. Me lancé a sus brazos con tanta fuerza que juré haberle sacado el aire. Su mano derecha levantó mi mentón y me besó con ternura. No dude en llorar y abrazarlo fuertemente. Mis ojos se encontraron con los suyos.
—No llores, amor. Ya estoy en casa —dijo con una gran sonrisa.
—Estás vivo —susurré acariciando sus suaves mejillas.
—Tú también lo estás —No entendía cómo mi esposo estaba allí, pues jamás lo vi bajar de algún camión.
—Pero... Pero ¿Por dónde llegaste? Los camiones se vaciaron y nunca te vi bajar.
—No vine en camión. Louis, mi teniente, me mandó en auto con los generales porque mi baja en la compañía fue un pequeño secreto. Llegué hace unos minutos y supuse que estarías aquí, esperándome.
—Vaya —solté una leve sonrisa. Ewan miró a ambos lados, buscando a alguien.
— ¿Y Karim y Evan dónde están? —me quedé pensando, no sabía cómo contestar. ¿Cómo reaccionaría mi esposo ante la muerte de nuestra hija?
—Ehhhh... Bueno, Evan está en casa, podemos irnos y lo verás.
—Vamos entonces —respondió feliz.

Durante el camino le conté sobre el trabajo que tenía y no dejé que Ewan me preguntara sobre Karim. Lo atacaba preguntándole todo lo que se me ocurría. Me contó la terrible muerte de Alan, me habló un poco de Nicole, de sus últimas batallas y la manera en que le entregaron su medalla. Llegamos a casa y Ewan sonrió al darse cuenta en dónde estábamos viviendo. No creía que estuviéramos ocupando la casa de su abuelo. Ewan intentó abrir la puerta pero se lo impedí para preguntarle si hablaba enserio sobre su baja en la compañía, me respondió con una gran sonrisa afirmando con su cabeza que era verdad aquella noticia. Acarició mi mejilla y luego abrió la puerta.

— ¿Compraste muebles? —preguntó al ver las pocas, pero útiles, cosas que teníamos.
—Son de segunda mano. Regina y yo las compramos —Ewan recorrió el pequeño espacio tocando ligeramente la mesa y mirando todo lo que había, pronto miró las camas y suspiró para preguntar.
— ¿Por qué hay tres camas? ¿Acaso tu madre no está?
—Ewan, creo que debemos hablar —levanté mis hombros y me acerqué a la silla más próxima para sentarme, Ewan hizo lo mismo. Pronto lo tomé de la mano y hablé —Ewan, mi madre murió.
—Oh, lo siento, cariño. Sé lo importante que era ella para... —Interrumpí. Los ojos de Ewan parpadeaban más rápido que de costumbre, podía ser por la impresión.
—Está bien, no te preocupes. Cuando mi madre murió, Katia también murió, pocos días después —Ewan estaba tratando de entender a lo que me refería, miró en la habitación buscando a Evan o a Karim —Y luego...
— ¿Evan? Es Evan, ¿verdad? —Rompí a llorar, no me atrevía a mirarlo y decirle que estaba equivocado, mantuve mi cabeza baja, respiraba hondo para intentar dejar de llorar pero no pude. Pronto sacudí mi cabeza negando a su pregunta.
—Fue el mismo día que murió Katia —dije suspirando aún con la cabeza baja. Ewan volvió a tomar mi mentón para levantar mi cara, sus ojos tenían la tristeza que esperaba.
— ¿Dónde está mi bebé?
—Luisip Garden —Ewan soltó mi mentón y se levantó rápidamente de la silla frustrado por la noticia —Fue mi culpa. No pude hacer nada ese día. Una bomba cayó destruyendo todo y a todos. Resulté herida pero lo que me pasó no se compara con lo que le sucedió a mi Evan...
— ¿Dónde está Evan? —preguntó sin esperanza. Sus manos reposaban en su cadera y su rostro reflejaba demasiada rabia.
—Con Regina —respondí instantáneamente para no hacerlo pensar en cosas malas— En el parque. No tardan en llegar.

Ewan y yo continuamos hablando sobre nuestra bebé. Me hizo comprender que le dolía en el alma la noticia y que no había sido mi culpa. Pronto los dos superaríamos su muerte. Unos pocos minutos de silencio cautivaron a Ewan, miró nuevamente a su alrededor y fijó su vista en la alacena. Nuestra foto de hace casi diez años lo atrapó. Ewan sonrió y tomó la foto, se acercó a mí y me abrazó. Dijo que la guerra para nosotros había terminado. Pronto mi esposo me propuso mudarnos de Londres, mientras discutíamos la idea, la puerta se abrió; Evan y Regina estaban en casa.
Evan entró de espaldas, platicándole a Regina el resumen de su partido en el parque, como era costumbre.

— ¡Y luego, yo pateé el balón y cruzó la cancha! ¡Todos corrimos hacia el balón! —expresó con alegría y una gran sonrisa. Ewan volteó y se sorprendió de ver a Evan, había crecido tanto. Evan dio media vuelta y se quedó boquiabierto al ver a su padre con vida. Le costó trabajo decir algunas palabras, al final pudo hablar — Pa... ¡Papá!
—Hola, hijo —Ewan y Evan se abrazaron, Ewan lo cargó entre sus brazos y besó su cabello —Evan, te extrañé tanto. Me alegro volver a verte.
—Yo también te extrañé. Creí que habías muerto —dijo sin dejar de abrazar a su papá.

Aquella noche fue larga para todos, ya que nos quedamos hasta tarde platicando sobre las cosas que nos acontecían. Contarle a Ewan sobre la muerte de Karim me hizo sentir fuerte, quizá era lo que necesitaba. Cuando Evan se fue a dormir, Ewan se acercó para cobijarlo, como solía hacerlo en la casa de Francia.

— ¿Papá?
—Dime hijo.
—No volverás a la guerra, ¿verdad? —Ewan pensó regalarle una sonrisa a su hijo, pero sabiendo que Evan hablaba enserio, decidió responderle con la misma seriedad, aunque sus ojos reflejaban felicidad.
—No, no volveré.
— ¿Nunca?
—Nunca —Ewan sonrió y cobijó a su hijo.

A la mañana siguiente, Ewan me pidió que lo llevara al lugar donde Karim descansaba. Cuando terminamos el desayuno, nos dirigimos a Luisip Garden.
Una lápida que decía el nombre de mi bebé con su año de nacida y su año de muerte, estaba unido al de mi hermana Katia. Nos detuvimos y Evan puso flores blancas encima de la lápida. Nos quedamos una hora y luego salimos del túmulo.
Decidimos ir a caminar a la plaza pero Ewan tenía otros planes para nosotros. Nos llevó al Big Ben.

— ¡Mira papá! Es el Big Ben —gritó Evan con alegría.
—Así es y adivina qué —sonrió.
— ¿Qué?
—Te tengo una sorpresa, estoy seguro que te gustará.
— ¡Estupendo!
— ¿Qué le tienes preparado a tu hijo? —pregunté alegre, Ewan me miró y me guiñó el ojo.
—Ya verán.

Ewan corrió hacia un fotógrafo y fue entonces que supe las intensiones de mi esposo. Ewan hablaba con aquél hombre, inmediatamente sacó un billete de su bolso derecho y se lo entregó. Nos hizo señas de apresurarnos hasta donde estaba y allá fuimos. Cruzamos la calle con cuidado y nos acomodamos de tal manera que Ewan estuviera del lado derecho, yo del lado izquierdo y finalmente nuestro Evan al frente de nosotros. El Big Ben yacía detrás de nosotros, como paisaje.

Unas pocas semanas después, Ewan decidió ir en busca de la familia de Alan. Con la ayuda de Mirabell y sus contactos, los encontramos.
Ese mismo día, nos dirigimos a dicha casa. Ewan sabía qué les diría, sería difícil para mí. Llegamos a la calle que buscábamos y no tardamos en encontrar el número 7.

— ¿Estás seguro de esto, Ewan? —Le pregunté. Por un momento mantuvo silencio y suspiró.
—Sí, seguro —dijo— Vamos —Ewan se acercó a la puerta y tocó dos veces.
—Quizá ya no vivan aquí —repuse. Sin darme cuenta la puerta se abrió.
—Discu... Disculpe, ¿La familia Miller? —Tartamudeó Ewan. La mujer que estaba detrás de respondió en voz baja, tanto que parecía un susurro — ¿Dana?
—Sí, ¿Quién es usted? ¿Qué busca?
—Soy Ewan Grimmes. ¿Me recuerdas? —Dana se impresionó, al fin lo conocía en persona y sonrió.
—Sí. Pero por favor, entren. No se queden afuera, entren —Dana abrió completamente la puerta. No me sentía bien, traíamos malas noticias y Dana no lo sabía. Mientras nos sentábamos en el sofá, mi mirada se detuvo en bebita, que estaba dentro de un corral para bebés, era Sofía, la hija de Alan. Dana entró y cargó a Sofía entre sus brazos —Un gusto conocerte, Ewan.
—El gusto es mío, Dana. ¿Es Sofía?
—Sí, es ella. Mi bebé.
—Es hermosa —repuse. Sofía tenía el cabello rubio y sus ojos color verde eran enormes, sus mejillas estaban rojas, del mismo color que Karim tenía su frente. Sofía tenía la misma edad que tendría mi bebé. Mis sentimientos se encontraron cuando recordé a mi hija, mis visiones de mi hija se cortaron cuando vi a Dana sentarse, para hacernos compañía.
— ¿Qué te trae por aquí, Ewan? —preguntó Dana.
—Bueno, yo... Esto es para ti —dijo Ewan dándole a Dana la medalla que le pertenecía a Alan. Dana lo tomó y en cuanto lo vio, cerró su mano— Sabías que Alan era mi mejor amigo.
—Sí, lo sé. Siempre me escribía sobre ustedes, pero ¿dónde está? ¿Sigue en la guerra? ¿Por qué tú no estás con él, Ewan? Pasa algo... es... ¿está Alan muerto? —Nadie en la sala dijo nada. El silencio se interrumpió con el sollozo de Dana.
—Dana... —mi voz se quebró cuando me miró— Dana, sé cómo te sientes, es difícil y duele. ¿Sabes? Yo... yo perdí a mi bebé hace un año, tenía sólo tres meses de edad —mi voz se terminó de quebrar en las últimas palabras. Ewan estaba detrás de mí y pronto me tomó por los hombros al percatarse que no podía seguir hablando.
—Karim tendría la misma edad que tu hija —dijo por mí.

Dana abrazó a su hija de la manera más tierna que nunca había visto. Lloró durante el tiempo que estuvimos con ella y le prometimos que estaríamos en contacto.
Camino a casa, Ewan volvía a apoyarme con el tema de Karim. Recordar a mi hija me ponía muy triste.

Durante las siguientes semanas, Ewan consiguió trabajo en una librería, uno de sus lugares favoritos y como su antiguo trabajo. Por mi parte, renuncié a mi trabajo. Mirabell no quería que me fuera, pero tuve que decirle que ahora que mi esposo estaba en casa, me sentía obligada a prepararle un plato de sopa caliente para cuando llegara del trabajo y por otra parte, estaba esperando un bebé.

El 17 de Febrero de 1943, nació Gulliver; nuestro tercer hijo y un año después, el 18 de Septiembre de 1944, Ewan y yo tuvimos gemelas, Carol y Cathy.

Meses después del nacimiento de las bebés, Ewan compró un radio en el cual escuchábamos las noticias de los últimos años de la guerra. En especial, con la noticia de la muerte de Hitler y cuando la guerra llegó a su fin con la bomba atómica en Hiroshima. Todas las noches era cuando prendíamos el radio. No sólo eran noticias lo que escuchábamos sino también Evan aprendió algunas canciones y en la noche cantaba para nosotros.
Ewan pronto fue ascendido en su trabajo, gracias a sus conocimientos y su facilidad para aprender idiomas. Llegó a ser Director de Library Wairneth.

Con Evan tuve una gran cercanía, pues fue con él que sobreviví los duros momentos de la guerra. Nuestra relación de madre-hijo jamás se vio afectada de ninguna manera, estábamos conectados.
—Evan, toma hijo. Esto te pertenece —le dije mientras limpiaba un cajón de la alacena.
— ¿Qué es? —preguntó curioso.
—Tu casquillo —respondí con una sonrisa. Evan no lo creía, pues durante los últimos 3 años, el casquillo estuvo guardado en aquél cajón. El mismo casquillo que Evan me dio minutos antes de que Karim naciera— ¿Recuerdas dónde me lo diste?
—Sí —acariciaba su casquillo y sacó la nota que había, un papel ya viejo que aún conservaba el escrito— Minutos antes de que Karim naciera.
—Así es.


Los siguientes años fueron los más tranquilos de mi vida.
Evan Grimmes se casó a los 22 años, con Lisa Jabers y tuvieron a su primera hija, a la que llamaron Karim. Ambos se mudaron a Francia, como lo hicimos Ewan y yo hace 22 años. De vez en cuando, nos venían a visitar o Ewan me llevaba a verlos.

Gulliver Grimmes, se convirtió en médico. Jamás se casó, pues era un donjuán, como Ewan lo fue en sus años de soltería. Se mudó a América en 1970

Carol, la gemela mayor se casó y tuvo dos niños, Owen y Eric. Y Cathy, siempre fue la consentida de Ewan, su pequeña Cathy. Estudió Literatura y ahora es maestra en una de las universidades de Oxford.

Ewan y yo no volvimos a saber algo de Thomas o Nicole. Dana se mudó y jamás volvimos a tener contacto. Nunca nos mudamos de Londres. Viajamos juntos a Nueva York para visitar a la familia de Ewan. Para el año de 1993, Ewan y yo habíamos cumplido 50 años de casados. Llegamos juntos a la vejez y en el año de 1994, Ewan falleció por una falla al corazón en el Hospital de Londres. Un mes después, mi corazón también se detuvo. Ewan y yo perdimos la vida a la edad de 80 años.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Capítulo XXXI // Esperanza

Año nuevo fue una época difícil. No teníamos la felicidad suficiente para celebrar. Ese día no hicimos más que asistir a misa y cenar pollo. Evan tuvo regalos, un suéter y un carrito de madera, gracias a Regina. Una época con mucho frío, un año nuevo sin mi familia completa. Celebraciones completamente tristes.

Llegó el año de 1942. Enero, febrero y marzo se pasaron volando. Londres se estaba reponiendo del caos que meses atrás reinó.
Después de escribir documentos locales, Maribell percibió que terminaba mis trabajos rápidamente, motivo por el cual en los ratos libres que tenía, me mandaba al área de mensajería para ayudar a escribir cartas a aquellas personas que no supieran leer ni escribir. Los sentimientos que emanaban las personas al relatar sus cartas, me reconfortaban aunque ellos no lo supieran, y debido a esto, en varias ocasiones llegaba triste a casa.

Cierto día, en un trabajo rutinario, Mirabell me llamó. Mi cuerpo comenzó a temblar, fueran buenas o malas noticias mi cuerpo temblaba. Atravesé la oficina y toqué antes de abrir.

—Adelante —Ordenó mi jefa y abrí la puerta. Ni siquiera me permitió preguntar qué necesitaba cuando ya tenía la respuesta— Klein, tengo un trabajo para ti. Necesito de tus ágiles dedos para transcribir este documento.
—En pocos minutos estará listo.
—Así me gusta, Klein —estiró su brazo para hacerme llegar la hoja que estaba escrita a lápiz.

Salí rápidamente para hacer mi trabajo, no me tomé la molestia de leerlo hasta que me senté. Mi corazón palpitó rápidamente conforme leía el documento; mis esperanzas de ver a mi esposo resurgieron.

'Aviso Importante:
Camiones militares trasladarán a hombres provenientes de haber brindado apoyo incondicional a su país en el extranjero el próximo viernes 17 de abril a las 18.00hrs en la avenida principal de Whaldest.

Atte. Gobierno'

Sin esperar más comencé a teclear con cuidado y agilidad cada letra. Estaba emocionada, vería nuevamente a mi esposo. De un momento a otro, mis emociones se apagaron al contemplar la idea de que Ewan podía estar muerto, pero esos malos pensamientos se opacarían cuando recordé que jamás me llegó una notificación donde me informaran tal hecho.
Terminé pronto y corrí nuevamente a la oficina de Maribell.

—Aquí tiene —estiré mi brazo para entregarle el folleto ya terminado. Mirabell lo tomó y leyó con cuidado pues ningún error debía tener.
—Perfecto, Klein —dijo— Mandaremos a imprimir más y espero que la gente se entere.
—Seguro que se enterarán.
— ¿Irás? —preguntó intrigada.
—Sí, tengo esperanza de que esté con vida. Hace un año que no sé nada de él.
—Espero que lo encuentres, eres una mujer maravillosa y no mereces perder a alguien más de tu familia.
—Gracias —asentí.
—Por nada, vuelve a trabajar.


Administrar la comida en aquél tiempo parecía ser algo fácil. Ewan estaba tranquilo administrando los víveres que se necesitaban y la comida que se consumía. Las veces que Ewan estaba con Nicole, lo hacían fuera de la campaña de enfermería pues el soldado no aguantaba la presión del recuerdo de su amigo. El recuerdo de Alan aún le dolía, quizá Ewan podría haber resistido a todo lo que veía en enfermería pero la perdida de su amigo fue grande y dolorosa.
Un día por la mañana Ewan se preparó para hablar con su comandante, el que estaba a cargo de todo en aquél campamento.

—Buenos días, Grimmes —Saludó Louis— ¿Usted quiere hablar conmigo?
—Así es señor.
—De acuerdo, siéntate y dime qué sucede —Louis esperaba que Ewan volviera a la guerra, era un muy buen líder a ojos de Louis.
—Señor, pido su autorización para volver a Inglaterra —dijo.
—Oh —exclamó Louis asombrado— Vaya soldado, debo admitir que me tiene impresionado su comentario. La verdad no esperaba eso de usted —Ewan sabía que ese era su fin dentro de aquella compañía.
—Sólo pido mi retiro de la compañía, señor.
—Verá, Grimmes. Usted es un buen líder, esta compañía necesita a alguien como usted. Entiendo que todo esto se haya complicado desde que su compañero Miller murió, pero si así lo desea, no me queda otra opción que autorizar su retiro.
—Muchas gracias, señor. Seguiré en contacto con ustedes, no me desapareceré —Sonrió Ewan, se encontraba feliz pues ya no se sentía atado a la compañía, se sentía un hombre libre.
—Sólo le pido una cosa, soldado.
—Dígame.
—Mantenga todo esto en secreto —Sonrió. Ewan le devolvió la sonrisa y por última vez se despidió típicamente de su comandante.

Ewan salió de la oficina de Louis y se dirigió a sus dormitorios para preparar lo poco que tenía. Estaba totalmente tranquilo, iría a buscarnos a Inglaterra lo antes posible con la esperanza de encontrarnos con vida. Durante el camino a su dormitorio se encontró con Nicole. Ewan sentía tener que dejar a Nicole sin decirle ni una palabra, no decirle nada a la mujer que por un tiempo lo apoyó.

— ¡Ewan! —gritó Nicole para saludarlo.
—Hey, Nicole. ¿Qué haces aquí? Deberías estar cuidando a los heridos —bromeó Ewan. Nicole palmeó el brazo derecho de Ewan a modo de que este dejara de caminar— ¿Qué sucede?
—Necesito hablar contigo —dijo tímidamente. Ewan adivinó hacia dónde se dirigía la plática por lo que la trató de evitar.
—Escucha, Nico, realmente no tengo tiempo ahora. Podemos vernos en otro momento.
—No llevará más de cinco minutos, es sobre el beso de aque... —Nicole dejó inconclusa la frase, pues supo que Ewan ya entendía a qué se refería.
—De verdad, Nicole. Podemos hablarlo en otro momento —Ewan trató de huir pero ella se aferró a su brazo.
—Ewan, yo... yo siento algo más por... ti. —Los ojos de Nicole reflejaban la verdad, su respiración profunda respaldaba aún más sus palabras. Ewan no esperó más y soltó a la sanitaria, no quería lastimarla.
—Lo siento, de verdad tengo que irme —dijo y salió a toda prisa.

Semanas después de haberle informado al comandante su retiro de la compañía, los papeles de Ewan estaba listos, todo estaba en orden. El único problema que había, eran los sentimientos que ataban a Ewan de Nicole. Había sido tan buena con él que no se merecía lastimarla de ninguna manera.
Por la noche, antes de partir, Ewan tomó un lápiz y una hoja. Sin esperar más, comenzó a escribir una carta donde le explicaría las cosas y los por qué que Nicole tenía.
Ewan pensó que sería una tarea fácil pero resultó muy tedioso; tres borradores hechos pelota descansaban sobre el buró que estaba cerca de su cama, ya estaba escribiendo la cuarta carta.

Ewan partió a Inglaterra dejando atrás los terribles momentos por los que pasó con su amigo Alan. No se despidió de nadie, ni siquiera de Nicole pues le había dejado una carta. Durante el camino recordaba aquellos momentos que pasó con Evan y la vez que conoció a Karim. Recordó el primer día que partió a guerra y la pequeña casa en Francia; las buenas noticias que le solían llegar por cartas, las mías.
En el campamento, cuando Nicole tuvo un momento libre, salió para poder hablar con Ewan. Camino al campamento vio a los últimos camiones que partían. 'Suertudos', pensó para sí misma. Llegó a la campaña y abrió la cortina, esperaba verlo allí sentado, como siempre lo encontraba.

—Oh —exclamó al ver a Roger y dos reclutas más— Yo... venía a buscar a Grimmes... pero... supongo que estará en... la cocina, disculpen.
— ¿Nicole? —preguntó Roger.
—Sí, soy yo.
—Ehhh... Ewan dejó esto para ti —respondió sacando de su bolsillo derecho del pantalón la carta y se la hizo llegar.
—Gracias —aceptó la carta— ¿Dónde está? ¿Salió?
—Sí, parece que sí pero no sé a dónde.
—Gracias de cualquier manera —Roger asintió y Nicole salió para leer la carta. Buscó un lugar tranquilo, sabía que algo estaba escondido y que todo estaba por descubrirse cuando leyera la carta. Se sentó en una caja, detrás de la campaña donde dormía.

Nicole:
Siento mucho no haber podido entregarte esto personalmente. ¿Sabes? Yo también siento algo más por ti, me siento feliz de haberte encontrado en algo tan aterrador como lo es la guerra. Perdona si te evadía para hablar sobre el beso, la verdad nunca quise hacerlo. Aquél beso fue un error, un gran error por parte mía. Alan me dijo que algún día tendría que decírtelo y no encuentro momento exacto para todo esto. Nicole, tengo una familia. Tengo una esposa y dos hijos; una bebé de un año y meses y un hijo de siete años. Discúlpame por no haberte dicho esto antes, no quiero lastimarte. Eres una buena mujer. El tiempo que pasé contigo me ayudó mucho, porque fue como sentirme en casa. Tu dulzura al curar y tu gran timidez son algo especial en ti. Tengo un sentimiento muy grande por tí, pero no me puedo arriesgar.

Esta madrugada he salido para mi casa, a Londres. El teniente Louis autorizó mi retiro y me voy a casa. No quise despedirme de ti porque sería difícil para ambos.

Cuídate mucho, Nicole y gracias por todo.
Ewan Gordon Grimmes.


Nicole rompió en llanto. Los camiones que había visto salir hace unos minutos atrás llevaban a Ewan. No podía con el dolor de no volver a verlo más. Limpió sus ojos que estaba empapados en lágrimas, guardó la carta en su bolsillo de su falda y volvió a su trabajo.


La fecha de los folletos había llegado. Los folletos estaban pegados en las paredes de las calles anunciando las mejores noticias desde que la ciudad dejó de ser atacada. Hice un plan con Regina que consistía en llevarse a Evan para que no se diera cuenta de los camiones militares ni del movimiento que se avecinaba. No quería esperanzar a mi hijo a algo que no sabíamos con exactitud.

— ¿Regina?
—Dime —respondió. Antes de hablar me aseguré de que Evan estuviera dormido.
—Tienes todo en orden, ¿verdad?
—Sí, Klein. No te preocupes. Todo está como lo planeamos —asentí y pronto me fui a dormir.

A la mañana siguiente, mi cuerpo temblaba. Llevé a Evan a la escuela, como todos los días, fingí que nada fuera de lo normal sucedería. En mi trabajo, Mirabell estaba muy optimista. Cuando Regina salió de su trabajó, pasó por Evan. Se irían al Parque Tidlert.
La hora acordada había llegado y salí a toda prisa. Tenía muy presente qué hacer si Ewan no volvía de la guerra.

'Vamos, Ewan. Tienes que llegar, no me puedes dejar sola con Evan. Te necesitamos'. Me dije a mí misma.
Estaba parada en la avenida Whaldest, con la mirada fija. Pensando una y otra vez en la alegría de ver a Ewan.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Capítulo XXX // Por él

— ¿Y Alan? ¡¿Dónde carajos está Alan?! —preguntó Ewan cuando volvió a la batalla.
— ¡No lo sabemos! —gritó uno de los soldados que disparaba su arma— ¡Estaba aquí!

Ewan estaba furioso al no encontrar a su amigo. A pesar de estar en plena batalla, Ewan tenía la valentía de salir en busca de su amigo. Por suerte no fue tanto problema ya que Alan se encontraba defendiendo el lado Norte junto con diez soldados más. Ewan se unió a ellos.

— ¡Deberías avisarme cuando abandonas tu posición! —masculló Ewan.
— ¡Los besos en batalla no son muy seguros, idiota! —bufó.

Ahora que ambas personas de las que Ewan se preocupaba estaban con bien, pudo concentrarse de lleno en la batalla. Como líder de su pelotón, observó que el lado Este estaba desprotegido, por lo que distribuyó a sus hombres para cubrir aquél lado.
Todo fue inútil ya que el líder del segundo pelotón, Phelham, replegó a sus soldados y los nazis comenzaron a entrar por el lado Este.

— ¡Repliéguense! ¡Repliéguense! —gritaba Phelham a todo pulmón. Agitaba su mano libre para indicarles hacia donde moverse. Ewan al percatarse de esto, corrió para detener la acción. Era un error fatal dejar entrar a los enemigos.
— ¡Vuelvan a su posición! ¡No retrocedan! ¡Vuelvan a sus posiciones! —Ordenó Ewan. Phelham miraba con enojo, ya que estaba Ewan tomando su lugar de una mejor manera.
— ¿Qué estás haciendo, Grimmes? —estalló en rabia.
— ¡No puedes replegar a tus hombres! ¡Están dejando entrar al enemigo! —respondió con la misma intensidad. Los disparos se estaban aproximando a tal punto de que ambos se encontraban en un punto rojo. Ewan se percató e insistió a Phelham alejarse.
— ¡No me tienes que decir lo que tengo que hacer!
— ¡No te pongas así! ¡Regresemos! —insistía Ewan. Lo jaló por el uniforme pero Phelham jamás se movió.

Un disparo inmovilizó a Phelham y pronto comenzó a jadear. Ewan lo miró pasmado, podía ver en el rostro de su compañero el dolor que demostraba. Ewan lo dejó caer y abandonó tan rápido como pudo aquél punto rojo.
— ¡Cayó Phelham! —declaró Ewan cuando se acomodó junto a sus compañeros quienes no tardaron en sorprenderse. Nadie dijo nada y continuaron con la batalla.

Después de varios minutos, la batalla parecía estar llegando a su fin con la victoria por parte de los aliados. La ayuda que habían solicitado minutos antes les fue de gran ayuda al llegar justo a tiempo. Ahora la tarea era asegurar la zona nuevamente. Los disparos bajaron de intensidad poco a poco. Todos descansaron y meditaron la muerte de Phelham y varios reclutas más.
De pronto, sin tenerlo contemplado y totalmente desprevenidos, otra sección nazi volvió a contraatacar.

— ¡Maldita sea! —se quejó Alan— ¡Estúpidos nazis! ¡Mierda!
— ¡No puede ser cierto! ¡Vienen más, creo que moriremos! —gritó Bausch.
— ¡Calla y defiende! —chilló Ewan— ¡Será mejor que vaya a apoyar a otra sección! —sugirió Ewan ya que eran demasiados para proteger sólo el lado Este.
— Tienes razón —afirmó Alan— ¡Te buscaré cuando todo esto termine!

Ewan corrió al lado Noroeste. Al parecer todo estaba resultando bien, no eran tantos nazis como Bausch lo pensó. Los enemigos se retiraban ágilmente, pero no se irían sin causar algún daño permanente por lo que varias municiones estallaron cerca de donde Alan y sus compañeros se encontraban. Los estallidos fueron ensordecedores que todos en aquél campo guardaron un silencio profundo por un gran momento.
Ewan se levantó rápidamente para saber dónde había sucedido todo y una gran llama se levantó ante sus ojos.
La batalla había terminado.

—Alan —dejó escapar el único aliento que Ewan tenía.
—Estúpidos nazis... Hijos de puta —murmuró Bill, un reemplazo.

La mayoría de los soldados y médicos corrieron a auxiliar a los sobrevivientes de aquél estallido dramático. Ewan estaba totalmente atónito, no dejaba de mirar aquél incendio. Un soldado pasó corriendo y empujó a Ewan sin querer, esto hizo que Ewan aterrizara sus pensamientos y comenzó a caminar, cada paso que daba era un freno para no llegar a lo sucedido. Pensaba en aquellos grandes momentos por los cuales pasaron, las bromas que se hacían uno a otro, el día que se conocieron, las palabras de aliento que se decían y la felicidad que compartieron por haber conocido a sus hijas. Una ola de rabia enfureció a Ewan y soltó a correr hasta donde su amigo se encontraba.
Varios soldados tapaban los cuerpos de sus compañeros que habían perdido la vida. Ewan preguntó sin esperanza de quiénes eran aquellos cuerpos. Ran, Erwin, Speer, Paul y Gerald, todos reemplazos. El soldado que tapó el último cuerpo le indicó a Ewan dónde estaban los dos sobrevivientes. Ewan no esperó más y corrió varios metros al norte. Una multitud de soldados se hacía ver y supo Ewan que ahí podría estar su amigo.
Abrió paso para entrar y todos los soldados que se encontraban allí le lanzaban miradas de pena. Ewan ya avecinaba lo peor. Alan estaba recostado en el pasto. Su mano izquierda reposaba sobre sus costillas derechas, sonrió al ver a Ewan. Su respiración entre cortada daba la razón de qué tan mal herido se encontraba.

—Amigo —Ewan dejó caer sus rodillas en el suelo. Un gran nudo sentía en su garganta y a pesar de querer sonreír no lo lograba. Las lágrimas se le salieron en un parpadeo— Ánimo, amigo.
—Sí... —fue lo único que salió de su boca. Alan se quejaba de su herida tan profunda que tenía. Un metal de aquél estallido se clavó en su costado derecho, llevaba tanta potencia que el metal atravesó el cuerpo de Alan— Sue... suerte.
— ¡Vamos, Alan! ¡Por tu hija! —Ewan se acercó y tomó la mano de su compañero, éste sintió todo el apoyo que Ewan le brindaba.
—Gracias... —Alan parecía estar sufriendo o convulsionando. Se estaba asfixiando con su propia saliva y sangre. Nada estaba cuadrando, de pronto cerró los ojos y con un gesto de agonía tomó el último suspiro y se desmoronó frente a Ewan.
— ¡No! ¡No! Alan, responde, amigo. ¡Vamos! Despierta —Ewan lo sacudía con desesperación.

Los médicos tardaron en reaccionar, ya que Ewan estaba encima de su compañero tratando de traerlo a la vida nuevamente. Con todas las fuerzas que Ewan tenía, presionaba con sus dos manos el pecho de Alan. Se cansaba más de lo que realmente estaba haciendo. La furia que tenía la sacaba con gritos y exhalaba el aire bruscamente. Sus impulsos estaban siendo inútiles. Los soldados que estaban alrededor, poco a poco se fueron retirando. No había nada qué hacer pero Ewan se aferraba a su amigo incondicional. Seguía presionando el pecho con fuerza.

—Basta, Grimmes... —musitó Woley, el teniente. Ewan negaba con la cabeza.
—Grimmes... —habló otra voz, esta vez era Roger. Mientras más le hablaban a Ewan, éste se negaba rotundamente y presionaba con fuerza el pecho de su amigo sin vida— Grimmes, basta.
—No... —continuaba pero ahora con más fuerza de la que se debería usar— Alan no. ¡Vamos, Alan! Hazlo por Sofía, por tu esposa. ¡Vamos! —Sus lágrimas se derramaron en el cuerpo inerte de Alan— ¡Con un carajo! ¡Respira ya!

El teniente ordenó a sus hombres quitar a Ewan encima de Alan. Ewan se resistía y forcejeó con varios de ellos, hasta que se resignó y abrazó al soldado más próximo que tenía. Por su mente, pasaba una y otra vez la idea de que había muerto, le era increíble aceptarlo.
Ewan levantó la mano en señal de que estaba tranquilo, se acercó lentamente a Alan y arrancó la placa que llevaba en el cuello. Le susurró unas cuantas palabras al oído, se levantó y se marchó sin rumbo.

Nicole se percató de que todo había terminado y salió de su escondite. Pronto brindó ayuda a cuan herido la necesitara. Aún se escuchaban disparos, pero muy a lo lejos. Nicole buscaba con la mirada a Ewan y avanzó hasta una gran pradera. Ewan estaba sentado, con la mirada perdida en algún punto de aquella pradera, tenía los ojos hinchados y se le notaba la nariz roja a pesar de que estaba cubierta de mugre y pintura negra. Nicole lo reconoció y lo llamó, Ewan volteó al escuchar su nombre y se levantó. Ella corrió tanto como pudo, llevaba los ojos empapados en lágrimas y al llegar, lo abrazó.

— ¡Estás vivo! —celebró Nicole. Se apartó de Ewan con una sonrisa. Varios soldados le gritaban a la sanitaria para que los apoyara con sus habilidades médicas. Nicole les hizo una seña para que esperaran, juntó su dedo índice con el pulgar y los demás dedos los cerró formando un puño. Volvió su mirada a Ewan, pero este no sonreía— Escucha, iré a ayudar. En cuanto me desocupe de todo este caos, te buscaré, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —asintió Ewan. Pensó que era el momento adecuado para decirle todo lo que Alan le había sugerido— Nicole...
— ¿Sí? —Nicole volteó esperanzada al tema del beso.
—Me alegra verte.
—Yo también me alegro de verte —dijo. Ewan suspiró debido al llanto que minutos atrás experimentó. Nicole lo notó— ¿Ewan? ¿Pasa algo que quieras decirme?
—Sí
—Dime —sonrió.
—Yo... Lo que sucedió fue... —volvió a pensar en decirle toda la verdad.
—Ewan, me estás espantando. Habla ya.
—Alan murió —se arrepentía después de todo, pensó que no era lo que Nicole se merecía. Ella se quedó atónita a lo que escuchaba. El mejor amigo de Ewan no estaba más con él. Nicole sintió la necesidad de abrazar a Ewan y en verdad él lo necesitaba.

Las cosas para nosotros estaban mejorando. El trabajo era abundante y me pagaban puntualmente. Evan volvió a la escuela dos semanas atrás. Yo lo pasaba a dejar a la escuela mientras que Regina lo recogía al salir de su trabajo.
Poco a poco comprábamos los electrodomésticos necesarios, aunque fueran de segunda mano. Lo único nuevo que teníamos eran dos mudas de ropa para cada quien. Regina y yo compartíamos el dinero que nos alcanzaba para lo justo. La casa se veía tan diferente con una mesa, una estufa, sillas y dos camas.
Por la tarde de cierto día, Evan hacía la tarea mientras Regina y yo ajustábamos cuentas y administrábamos el dinero.

—No entiendo los verbos —Se quejó Evan tirando su lápiz lejos.
—Tranquilo, hijo. Ve por el lápiz, anda —le ordené. Evan se levantó de mal humor y lo recogió.
— ¿Me explicar qué son los verbos? —me pidió. Le sonreí y asentí.
—Los verbos son las cosas que haces, como comer, beber, correr, ver —dije de la manera más clara. Evan sacudió la cabeza y le volví a decir —Un verbo es cuando tú comes, tú duermes, tú gritas.
— ¿El aire es un verbo? —preguntó tontamente.
—No, hijo —solté una risilla y negué con la cabeza.
—No entiendo —suspiró y recargó su brazo en la mesa, donde acomodó su mejilla derecha en su mano derecha— Mi papá explicaba mejor que esta maestra —Regina y yo miramos a Evan con sorpresa, era la primera vez que mencionaba a su papá después de tanto tiempo.
—Bueno, ve a dormir —rompí el silencio— Y mañana le pides a la maestra que te explique mejor.
—Mamá, ¿extrañas a mi papá? —inquirió tiernamente. Su pregunta me destrozó el alma.
—Todos los días —respondí quebrando las últimas palabras.
—Yo también —dijo y se bajó de la silla para irse a dormir.

Aquella noche fue difícil. Llorar en silencio era difícil ya que no quería despertar a Regina ni a Evan. Mis llantos se hundían entre la almohada y entre las cobijas. Sentía claramente como las lágrimas recorrían mis sienes y llegaban hasta mis oídos donde desaparecían.
A la mañana siguiente, cuando llevábamos a Evan a la escuela, Regina me preguntó si alguna vez había pensado en buscar a Ewan. Le contesté afirmativamente, pero que no tenía los papeles suficientes para encontrarlo.

El 26 de diciembre llegó, Regina y yo sabíamos realmente lo que sucedía, mi Karim cumpliría un año de vida. Parte del día estuve triste, tuve varios errores en mi trabajo lo que me costó más de dos llamadas de atención seguidas.
La cicatriz de Evan que veía todos los días me recordaba lo increíble que el tiempo pasa.

Ewan cambió desde el día en que vio morir a Alan. Su rendimiento no fue el mismo a pesar de tener el apoyo incondicional de Nicole. Al teniente no le quedó más remedio que cambiar a Ewan de área, ahora estaba en el área de cocina.
Varias veces Nicole intentó levantarle el ánimo pero todo era inútil. Ewan sufrió una gran pérdida.
El 26 de diciembre, Ewan recordó el primer cumpleaños de Karim. Ese mismo día recibió una medalla por haber dirigido correctamente la batalla y por no permitir que los alemanes entraran al territorio.
Ewan dedicó su medalla a Alan.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Capítulo XXIX // Trabajos

Los días pasaban y las cosas en Londres parecían volver a la normalidad. Ambulancias y algunos soldados acudían a nuevos ataques lejos de donde nos encontrábamos. Estar en una zona segura nos tranquilizaba. Nuestra calidad de vida estaba mejorando, no como quisiéramos pero era algo. Teníamos qué comer; cerca de la casa, había una iglesia donde cada tercer día personas se formaban para recibir la comida que los sacerdotes dejaban: las sobras.

—Necesito conseguir trabajo —me dijo Regina mientras comía un poco de lo que había.
— ¿Trabajo? ¿Para qué? —respondí sin importancia.
— ¿Para qué? No podemos seguir comiendo las sobras de los sacerdotes. Además, Evan necesita ropa y nosotras también —desafié con la mirada a Regina.
—Dudo que consigas trabajo.
—Duda lo que quieras, voy a buscar lo que haya y cuando lo consiga, ni creas que te daré algo de lo que gane.
—No lo necesitaré —respondí a la defensiva. Me daba rabia pensar que mi hermana sí tenía ganas de conseguir trabajo y que mis ganas estuvieran más abajo del suelo.
—Tú no, pero Evan sí —dijo y salió tras de sí.

Mis ojos se llenaron de lágrimas por la rabia que me daba. Evan me miraba con miedo y preocupación, tenía la intención de preguntarme algo pero por el miedo que tenía no lo hizo. Me acerqué a él y lo abracé, mi hijo respondió al abrazo y comencé a llorar. Sabía que tenía que vivir y sobresalir por él, aún era tan pequeño y tan indefenso.
Nos quedamos en casa, platicando y jugando. Después de unas horas, la noche cayó y Regina llegó a casa. Me sentía totalmente avergonzada con ella.

—Regina ¿puedo hablar contigo? —me acerqué temerosa.
—Claro, dime —dijo con total normalidad ¿Será que acaso había olvidado la discusión de esta mañana?
—Quiero disculparme. Sé que he estado mal estos días, no sé en qué pensar... No sé qué hacer —Ni qué decir, pensé para mí. Regina sonrió y me abrazó.
—No dudes, Klein. Estaré siempre contigo, somos hermanas. Yo también siento lo de esta mañana.
— ¿Conseguiste trabajo? —cambié el tema y me limpié las lágrimas.
—Sí —respondió ella— Hay una panadería cerca. Por el momento no me pagarán mucho, también con lo que sobre de pan. Al menos no moriremos de hambre —echó a reír.
— ¿Sabes? Creo que yo también necesito conseguir trabajo —Era cierto, serviría también para distraerme en algo.
—Qué bueno que pienses así, Klein. Supongo que hay un trabajo que te interesará, es con la señora Mirabell, necesita personas que sepan leer y escribir.
—Mañana iré, así que me voy a dormir. Gracias Regi.
—Por nada, buenas noches.

Para la mañana siguiente, cuando Regina se fue a trabajar, levanté a Evan para que me acompañara. Oler mal en aquella época se estaba volviendo común. Despojé a Evan de toda su ropa y limpié su frágil cuerpo con agua. Evan se resistía ya que el agua estaba muy fría, encorvaba su espalda y al sentir las gotas frías de agua por su espalda, se enderezó como resorte. Terminé los últimos detalles en la ropa de mi hijo y salimos de casa a toda prisa.
Solía competir con mi hijo para descubrir quién era más rápido, aunque fuera obvio. Evan no volvía a preguntar por su padre, su hermana, abuela o tía, lo cual me daba alegría. No quería explicarle cosas tan crudas.

Llegamos a la calle Terra, número diecisiete. Una puerta grande que estaba abierta, daba la bienvenida a una gran casa, tipo hacienda. Dentro de la casa un gran letrero amarillo con letras negras solicitaba mecanógrafas con el único requisito de saber leer y escribir, por lógica. Los informes eran dados por la señora Maribell, dueña de aquella casa. Corrí en busca de aquella señora, por suerte la encontramos en uno de los pasillos. Era fácil reconocerla, era una mujer alta y de cabello castaño, bien vestida.

—Vengo por el empleo de mecanógrafa —tartamudeé.
—Oh vaya, una más. Me alegra que lleguen más personas. Acompáñame por aquí —Mirabell nos indicó el camino y pronto llegamos a una gran oficina. Mujeres apuradas, presionaban con prisa cada tecla de su máquina de escribir, todas concentradas con el único fin: escribir. Entramos a la que parecía ser la oficina principal —Adelante.
—Gracias —Asentí y empujé a Evan para que entrara.
—Una más —murmuró Mirabell y se sentó en su respectiva silla, detrás de su escritorio— ¿Tienes buena ortografía?
—Sí, no es la mejor pero sé lo básico —sonreí tímidamente. Mirabell respondió a la sonrisa y ladeó la cabeza para mirar a Evan.
— ¿Es tu hijo?
—Sí, tiene siete años. Se llama Evan —pensé que pondría 'peros' aunque no fue así. Volvió a sonreír. Evan se escondía detrás de mí.
—Hay máquinas disponibles, podrías empezar a trabajar ahora, si así lo quieres.
—Claro —respondí aliviada.
— ¿Tu nombre? ...
—Klein —respondí de inmediato.

Mirabell me indicó mi máquina y me dio unas hojas para transcribirlas. Fue fácil y las terminaba rápido, aunque tuviera más hojas que transcribir. Evan estaba aburrido. Sentado debajo de mi escritorio jugaba tontamente con su dedo, dibujando líneas imaginarias en el suelo.

—Toma, dibuja con esto —le ofrecí una hoja y un lápiz— Puedes borrar.
Sonrió y tomó la hoja junto con el lápiz.

***

El tiempo seguía su curso y el mes de Diciembre llegó. Las tropas británicas habían entrado en sus objetivos con dificultad. Dos o tres tropas habían fracasado rotundamente y miles de cuerpos llegaban en cuestión de semanas.
La compañía donde viajaba Ewan fue reubicada nuevamente en Bélgica. Nicole temía que la separaran de Ewan, así que justificó su ayuda médica por Alan y le permitieron viajar a Bélgica. El frío calaba los huesos en aquél país.

Alan se había recuperado en un ochenta por ciento. Motivo bueno para Nicole. A pesar de que Bélgica aún no era un lugar seguro, la compañía brindaría apoyo de cualquier manera.
Nicole y Ewan habían hecho bueno lazos, por lo que Ewan comenzó a sentir otro tipo de simpatía por aquella enfermera. Las revisiones que Alan tenía con Nicole era la forma más cercana de verse, debido a los compromisos militares que ambos tenían.

—Al parecer, no le has comentado nada a Nicole sobre tu familia, ¿verdad? —musitó Alan. Ewan interrumpió su tarea de limpiar su arma, miró con desdén a Alan y éste esbozó una leve sonrisa.
—No —respondió Ewan— aún no. Qué mierda de frío hace —se quejó para cambiar el tema pero no lo logró.
—En mi juicio, no creo que está bien darle esperanzas que ella tiene.
— ¿Cuáles? No veo ninguna —dijo Ewan con toque irónico.
—Vamos, no seas imbécil. Háblale de tu familia antes de que te proponga matrimonio —bromeó Alan. Ewan le lanzó el casimir color gris con el que limpiaba su arma.
—Llegará el momento de decirle, cuando sea adecuado —sonrió Ewan

Ewan llevaba un año sin saber nada de nosotros, su conciencia le decía que nada malo había sucedido. Se encontraba tranquilo y un poco feliz al recordar que se aproximaba el cumpleaños número uno de Karim. Caminó solo para despejar su mente, su atuendo color café impecable y bien planchado lo hacía lucir más apuesto de lo que era. De un momento a otro, su pensamiento se desvió en Nicole.
Nicole era la mujer que apoyaba a Ewan, lo que él necesitaba al no tenerme cerca. Era uno de los motivos por los cuales su rendimiento estaba claro y más aún con el regreso de su amigo Alan, su fiel amigo.

Ewan llegó al campamento y entró a su tienda para cambiarse. Eran las doce con treinta minutos del día, su llamado era a la una de la tarde, por lo que sus compañeros ya estaban listos. Nicole lo vio entrar y corrió tras él, para saber dónde se había metido. Ewan se sacó los pantalones y la camisa, enseguida se sentó en una cama para ponerse su otro uniforme. Justo en este instante Nicole abrió la cortina y lo miró. Ewan se levantó para abrochar su pantalón.

—Oh lo siento —dijo Nicole llevándose las manos a su cara avergonzada— No vi nada, lo juro.
—Tranquila —echó a reír Ewan— Está bien, puedes abrir los ojos, tengo el pantalón abotonado. No hay problema.
—Lo siento —volvió a disculparse. Ewan aún no llevaba la camiseta puesta y Nicole lo miró. Contempló su torso descubierto, mirándolo de arriba a abajo. Quedó pasmada al ver sus cicatrices que mostraban las grandes y dolorosas batallas por las que Ewan había pasado. Nicole se imaginaba horrores que aquél soldado vivió. Si por algún momento de su vida ella pudiera cambiar algo, sería la época en la que vivieron. Sus pensamientos se cortaron cuando Ewan cubrió su torso con la camisa color verde-café.
— ¿Por qué tan callada? ... ¿Qué haces aquí? —sonrió.
—Ehhh... Yo... Bueno, venía a desearte buena suerte. Cuídate Ewan.
—Lo haré y sino, tú me curarás.
—Me gustaría no hacerlo, te ves mejor sano —se mordió la lengua.

Ambos salieron de la campaña. Ewan y su escuadrón acudían a otra línea de resistencia.
Aquella enfermera hurtó medicamentos para dárselos a Alan y Ewan. Los necesitarían. Partieron hacia el bosque. Ewan se sentía feliz de que Alan regresara a batalla con él.

Al llegar a la línea se sorprendieron de la situación. Las caras de los reclutas estaban demacradas, sus uniformes eran más negro que verde, sus caras de tristeza preocuparon a Alan.
El teniente de aquél batallón, Dixon, cambió a sus hombres por la compañía que acababa de llegar.

—Gracias y suerte —dijo Frad, un soldado totalmente destrozado— Hace frío, abrígate bien y suerte nuevamente.
—Gracias —murmuró Ewan con miedo. Tragó saliva y sacudió la cabeza para eliminar sus malos pensamientos. Alan se acercó a Ewan intentando encender un cigarro.
—Hace frío, uh —dijo Alan.
—Sí, mucho —Ewan optó por sentarse y esperar a lo que tuviera que pasar.

Aquella noche, Ewan y Alan charlaban como cualquier otra noche juntos. Reían de las torpezas que ambos decían y fumaban sin cesar. El teniente Woley, pasó a echar un vistazo a sus hombres para advertirles de lo que se podía avecinar.

A primera hora de la mañana, Ewan despertó con alteración a Alan palmeando con demasiada fuerza su flanco izquierdo. Alan brincó y parpadeó debido al susto.

— ¡Levántate! ¡Arriba! ¡Arriba! —aplaudió Ewan para apresurar a su compañero.
— ¿Qué sucede? —preguntó con desconfianza.
— ¡Vamos! —Jaló a su compañero por el uniforme, haciéndolo levantarse— ¡Dije que te levantaras! Toma tu arma y camina. ¡Anda! ¡Anda! —Ewan empujó a Alan para que llegaran pronto hasta donde los camiones arribaban. Un soldado fornido contaba a los reclutas que llegaban. Pronto subían a los camiones que iban rumbo al campamento.
— ¡Cinco más! —chilló el fornido soldado— ¡Sólo cinco más!
— ¡Yo! —gritó Ewan jalando consigo mismo a Alan.
—Dos... cuatro, cinco —contó Mark. Alan y Ewan estaban dentro de esos cinco últimos— ¡Suban! ¡Suban!
—Tendrás que explicarme de qué se trata todo esto —exigió Alan.

Los enemigos habían atacado por sorpresa el campamento. Algunos que escaparon, corrieron a pedir ayudar de los soldados que habían partido. Los reclutas que horas antes habían cambiado su posición, defendieron el campamento con lo poco que tenían. Al escuchar esta noticia, Ewan pensó rápidamente en Nicole. Haría lo que fuera por salvarla. Se daba cuenta que algo más sucedía con ella.

Metros antes de llegar al campamento, los soldados desocuparon las camionetas para entrar a pie. Parecía que Alan estaba nervioso, como la primera vez.
Por grupos de diez era como se escabullían entre el bosque. Ewan parecía tomar el mando de su sección, le urgía encontrar a aquella enfermera. Fue entonces que entraron al campo. Sin pensar, todos tiraban de sus armas matando a los que se descuidaban y a los que no lograban ocultarse.

Aquél escuadrón parecía marcar la diferencia entre los buenos y los malos, aunque no contaban con que los enemigos traían más hombres. La parte aliada había llamado a su armada que ya venía en camino.
Ewan buscaba con desesperación a Nicole, veía de todo pero menos a la sanitaria. Se sentía sin esperanza de no verla en el estado en el que estaban, en batalla.

— ¡Al suelo! ¡Ewan, al suelo! —chilló Alan. Ewan comprendió su orden de inmediato y se agachó. Una bomba se estrelló en la pared que estaba a espaldas de Ewan. De no ser por Alan, Ewan estaría detrás de aquella pared, quizá muerto o muy mal herido. Alan se percató de que Ewan no estaba concentrado y corrió a él— ¡Ewan! ¡Concéntrate, idiota! ¡Casi te matan!
—Cúbreme —fue lo que dijo Ewan. Alan no entendía a su compañero.
— ¡¿Qué?! ¿Estás loco?
—No preguntes nada y cúbreme —Forzó su quijada y dejo entre ver sus dientes con una furia muy característica de él. Alan tomó aire y asintió.
—Avanza —apresuró Alan a su compañero.

Ewan atravesó por la lluvia de balas y entre soldados, enfermeras y médicos, vio a Nicole. Sintió un alivio al verla que ayudaba a sus compañeros. Ella volteó y Ewan sonrió. Nicole se apresuró a correr hacia él, pero una bomba cayó en una campaña muy cerca de donde ella se encontraba. Sin preverlo, Ewan la miró fijamente y el estallido que se había ocasionado segundos antes lo hizo agacharse tomando su casco con su mano libre y cerrando los ojos. Se levantó rápidamente y corrió para encontrarla, fuera en la manera que fuera. Sentía una emoción de tristeza al pensar que la podía perder, pronto esos pensamientos se ausentaron cuando se aproximó a ella y la vio tirada, tosiendo. El alma de Ewan descansó. La tomó por el brazo derecho y le ayudó a levantarse.

—Encuentra un buen lugar y refúgiate—Ewan la tomó por los hombros, frente a ella y le habló— Te busco cuando todo esto termine.
— ¡No! No te vayas ¿Y si no vuelves? —preguntó preocupada y clavó sus manos en sus bíceps.
—Volveré. ¡Corre! ¡Corre ahora mismo! —Ordenó Ewan con enojo y soltándole una mirada furiosa.
Nicole abrió los ojos tanto como pudo y se quedó sin aire, pues Ewan jamás le había gritado con esa furia. Sin pensarlo, Nicole tomó a Ewan por las mejillas y haló su cabeza para poder besarlo. Ewan respondió al beso con la misma intensidad que ella lo hacía; hundiendo sus dedos entre el sedoso cabello de él. Nicole se despegó de los labios de Ewan debido a la falta de aire que provocaban. Ewan alcanzó a morderle una parte del labio inferior de ella y se quejó.
—Lo siento, no te quería morder —se disculpó rápidamente.
—No importa.
— ¡Refúgiate! —fueron las últimas ordenes que Ewan dijo y le dio la espalda a Nicole para entrar a defender a sus compañeros.

Nicole se escabulló entre el bosque. Notó que en el suelo de aquél bosque, se encontraba un reducido espacio que encajaba perfectamente como un escondite. No dudó en meterse y ahí esperó.
Escuchaba con horror los disparos y gritos a lo lejos. Por su mente rondaba una y otra vez aquél intenso beso que se presentó. Sacaba conclusiones del por qué Ewan había respondido de tal manera y una sonrisa temerosa se dibujó en sus labios. Esa sonrisa pronto desapareció cuando su mente recordó que él estaba en batalla, luchando por sobrevivir.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Capítulo XXVIII // Despertar

Alan llevaba varios días herido. Nicole se hacía cargo de él mientras que Ewan seguía con sus deberes dentro de la compañía, cualquier momento libre que Ewan tenía, no dudaba en visitar a su amigo, aunque éste no mostrara ninguna mejoría. Nicole le insistía a Ewan que descansara, ya que en los próximos días tenía que salir a primera hora de la mañana junto a su escuadrón para una gran batalla, pero él se rehusaba totalmente.

—Te llamarán la atención si bajas tu rendimiento —dijo Nicole implorándole a Ewan que fuera a descansar.
—Está bien —dijo al fin— Pero si algo sucede con Alan, házmelo saber de inmediato.

Nicole asintió y sonrió. Pronto Ewan volvió a su campaña para descansar.
Esa madrugada, mientras la enfermera revisaba a Alan, éste despertó. Nicole le habló tranquilamente para que no se alterara y para hacerle saber lo que había sucedido. Eran las tres de la mañana y Nicole corrió hacia el campamento de Ewan, quería darle la buena noticia con sus propios labios. Cruzó el pequeño bosque y llegó a la entrada donde un soldado le preguntó a dónde se dirigía; Nicole le explicó lo necesario, sin dar detalles y aquél buen soldado le mostró el camino. Al encontrar la tienda donde Ewan descansaba, Nicole abrió cuidadosamente la cortina y se metió. Cinco soldados dormían en sus respectivas camas. La enfermera caminó de puntitas con tal de no despertar a todos, por suerte, Ewan se encontraba cerca de la entrada. Con la luz de la luna, Nicole lo reconoció y lo contempló por un momento acariciando su suave cabello. Dormía tan placenteramente que la enfermera dudó en despertarlo, era demasiado cansancio el que Ewan tenía y mucho trabajo lo esperaba. Nicole salió de aquella tienda y caminó hacia la suya.
Julie, su compañera, preguntó qué había sucedido ya que ella esperaba que llegara con Ewan, Nicole se sentó donde Alan no pudiera escucharlas y le dijo a Julie que prefería dejar al soldado dormir, podía ser que mañana por la mañana Ewan pasara a ver a su amigo.

A las seis de la mañana, el escuadrón de Ewan partió hacia la línea de resistencia de Friaul. Nicole esperaba verlo antes de que se marchara pero Ewan no apareció. 'Quizá venga mañana, no puede dejar de ver a su amigo' Se dijo a sí misma.

La línea de resistencia de Friaul estaba indefensa, tenía pocos hombres y necesitaban refuerzos de inmediato. Para Ewan, esa guardia era difícil, no se podía concentrar en su posición ya que pensaba constantemente en la salud de su amigo. Tres o cuatro intentos de ataques hacia su resistencia por parte de los enemigos, no causó gran cambio para los aliados.

Por nuestra parte, Evan se recuperó muy bien, al menos ya no era doloroso para nadie. De vez en cuando le punzaba su herida pero no era nada de que preocuparse. Salimos del subterráneo para buscar un lugar donde quedarnos, el subterráneo era usado sólo para heridos. Pedimos informes para encontrar la calle Celles, donde estaba la casa del abuelo de Ewan. Supimos qué tanto nos habíamos desviado desde que dejamos el sótano, creíamos que no había sido mucho pero tantas calles por las que recorrimos nos alejaron cada vez más.

—Mamá ¿por qué todo está destruido? —preguntó Evan. Su curiosidad era grande al ver la ciudad envuelta en escombros.
—Porque los aviones alemanes dejaron caer bombas, pero tú no te preocupes, vamos a estar bien —dije sonriendo.

Habíamos caminado demasiado, quizá una hora o más. Nos detuvimos para descansar, Evan tenía sed y no teníamos agua al alcance. Regina se ofreció para ir a una casa y pedir agua mientras Evan y yo la esperábamos. Durante la espera, mi cabeza comenzó a pensar en Karim, no tenía ni la menor idea de cómo le iba a decir a Ewan todo lo que sucedió y tampoco tenía idea de si seguía con vida.
Regina volvió con una botella grande llena de agua y tan pronto como la destapó, Evan bebió más de la mitad hasta quedar satisfecho.
Volvimos a caminar, quedaba poco para llegar a la única casa donde podríamos vivir, al menos por ahora.

Caminamos quince minutos más y ahí estaba. La pintura verde caída y unas cuantas ventanas rotas. Evan se emocionó al ver la casa. Por alguna extraña razón, ninguno de los vidrios de la ventana en forma de arco estaba roto.


Entramos casi derribando la puerta; todo estaba tal y como la última vez que estuvimos allí, parecía que el tiempo no había pasado, todo estaba tan normal que una ola de sentimientos con respecto a mi bebé se me vino encima. Era triste saber que ya no estaba más conmigo.

— ¿Nos vamos a quedar a vivir aquí? —preguntó muy entusiasmado Evan. Sus ojos brillaban al ver toda la casa.
—Sí, por el momento. ¿Qué te parece? —sabía que mi hijo estaba feliz, no podía darle algo mejor que un buen lugar.
— ¡Genial!

Una cobija, dos abrigos, una botella con agua y algo de comida era lo único que teníamos. Evan y Regina buscaban cosas útiles; encontraron dos velas en muy mal estado, una caja de cartón resistente y un cojín roto que apestaba.
Esa noche nos instalamos frente a la pequeña chimenea que había en el primer piso. Regina llevaba una sola caja de fósforos, las que usó para sus trucos, encendió una vela y allí nos quedamos. Evan cayó dormido muy rápido pues el camino lo agotó.

— ¿Qué le dirás a Ewan cuando vuelva? —Regina estaba realmente intrigada por el tema de Karim y Ewan.
—Ni siquiera sé si está vivo ¿Qué crees que le pueda decir?
—Veo que todas las esperanzas que tenías cuando llegaste se han ido ¿verdad? —Mi hermana bajó la mirada y la fijó en aquella flama. Tenía razón. El silencio fue largo hasta que Regina se levantó y caminó lejos, con su abrigo.
— ¿A dónde vas? —pregunté confundida.
—Estoy harta de ti —no dije nada. Si yo estaba enojada, ella lo estaría más si no le contestaba — ¡Basta Klein!
— ¿Y ahora qué? —respondí con voz alta que Evan entre abrió los ojos.
— ¡Tu silencio me hiere! ¿Acaso has perdido la cordura? ¡Ewan está vivo! ¿Dónde quedó esa esperanza?
— ¿Crees que la hay?
—Klein, tú eras la que nos animaba —se levantó del suelo y caminó hacia mí— Entiendo que lo de Karim te haya afectado pero no puedes dejar que afecte a Evan, te necesita y no puedes caer llevándotelo contigo. Debes ser fuerte y salir por Evan.
—Lo sé y te pido que me dejes en paz, yo sé lo que es mejor para él. No quiero mentirle ni esperanzarlo a algo que no sé si sea cierto. Buenas noches —dije y me recosté con Evan.

La línea de resistencia, en donde estaba Ewan llevaba dos días a la defensa, era una batalla dura, los enemigos italianos no caían y cada día llegaban más refuerzos por ambas partes. Ewan estaba exhausto, llevaba horas disparando su arma. Era difícil hacer algún cambio con otro soldado. Varios conocidos de Ewan ahora yacían en el campo sin vida. Ewan no daba para más, podía dejar abandonado su puesto y hacerse pasar por un cuerpo más hasta que la verdadera muerte le llegara.

—Hey, despierta Grimmes...
—Está muerto —aclaró Dan al ver que Ewan no respondía mientras lo intentaba mover con su propio pie. Ewan estaba tirado en el suelo boca abajo, sus brazos reposaban a la altura de sus orejas y estaba cubierto con algo de tierra.
—No lo está. Si lo estuviera... —el soldado suspiró y se acercó a Ewan— Si lo estuviera, no respiraría.
Ewan comenzó a escuchar entre sueños las voces de sus compañeros y al percatarse de que había amanecido, tomó un puñado de tierra y hojas secas.
— ¿Ves? Te dije que no estaba muerto —sonrió Gare.

Ewan había caído exhausto treinta minutos antes de que la guerra de balas tuviera fin y su escuadrón acaparara el triunfo. Las drogas que había tomado Ewan lo ayudaron a mantenerse despierto cerca de veintiséis horas y las consecuencias de esa mañana, lo mataban. Todo a su alrededor giraba, sentía la cabeza pesada y un dolor dentro de ella lo idiotizaba. Veía las cosas con desenfoque y se tambaleaba cada que intentaba sentarse; su pecho estaba rígido, tan rígido que Ewan pensó que en cualquier momento le daría un ataque al corazón. Sentía sus piernas débiles y le había parecido un gran logro haber tenido las fuerzas suficientes para tomar un puñado de hojas secas y tierra.

— ¿Necesitas ayuda? —preguntó Dan con timidez al ver en el estado que se encontraba.
— ¡Claro que necesita ayuda! —gritó su compañero Gare— Tómalo por el brazo derecho y ayúdame a levantarlo.

Ambos soldados levantaron a Ewan y lo llevaron hasta la zona más civilizada. Entre trompicones y jalones, Ewan pudo agradecerles con esa voz ronca y débil. Llegaron pocos metros antes del campamento, Ewan era demasiado pesado para aquellos dos débiles soldados que lo ayudaban.
—Chicos... les agradezco que... intenten lleva... llevarme —murmuró Ewan que todavía seguía sufriendo las consecuencias. Dan fue por ayuda y minutos después cuatro soldado más llegaron para llevarse a Ewan.

Al llegar al campamento, Nicole empujaba a toda persona que se le cruzara por el camino. Llegó hasta donde Ewan descansaba y lo vio envuelto en sudor. Ewan sonrió al verla y ella se sonrojó devolviéndole la sonrisa.
—Tranquilo, estarás bien. Son las consecuencias de la droga —replicó Nicole limpiando la frente de Ewan.
—Lo sé... —respondió Ewan en un hilo de voz.

Días posteriores de la batalla, Ewan se reestableció pero sin salir de la cama. Estaba bajo observación de Nicole. En una de sus revisiones, Nicole aprovechó para darle la buena noticia.

—Buenos días, señor dormilón —saludó alegremente. Ewan sonrió y tomó la taza de té y algo de comida que Nicole le llevaba. Ewan estaba tan alegre de verla que le respondió en el mismo tono alegre —Me alegra haberte encontrado despierto.
— ¿Sí? ¿Y eso a qué se debe? —Ewan merodeó varias ideas, a excepción de que su amigo había despertado.
—Alan despertó —dijo sin rodeos— Sucedió la madrugada antes de que te fueras a batalla. Fui a buscarte pero estabas tan dormido que no me escuchaste cuando intenté despertarte.
— ¿Enserio? ¿Y cómo está?
—Siendo sincera, no ha tenido mucha mejoría, pero es una buena señal el que haya despertado.
—Tengo que ir a verlo —murmuró Ewan e intentó levantarse de la camilla, Nicole al percatarse de este acto lo ayudó y Ewan la miró con desconcierto ya que pensó que lo regresaría a la cama. — ¿No intentarás detenerme?
— ¿Por qué habría de hacerlo?
—No lo sé —se encogió de hombros— Se supone que deberías hacerlo pero como no es así, ayúdame a llegar con mi amigo.

Nicole asintió y un brazo de Ewan cruzó por el cuello de ella, para que se apoyara. Realmente no era mucha ayuda, ya que Nicole era de estatura media y Ewan era más alto, esto lo causaba gracia y se divertía al ver que le costaba más trabajo a ella que a él mismo.
Llegaron con dificultad hasta donde Alan se encontraba. Ewan estaba feliz de ver a su amigo despierto. Alan tenía la cabeza enrollada en vendas, sólo su cara estaba libre de ellas. Alan resistía a sonreír o hablar, era doloroso para él. Ewan le habló y le explicó que todo estaría bien. Al escuchar sus palabras, los ojos de Alan se llenaron de lágrimas, pudo haber sido la emoción que tuvo de ver a su amigo con bien. Ewan lo tranquilizó haciéndolo bromear sobre Nicole, sin que ella se diera cuenta.

—Está bien, no te haré reír más. Descansa amigo, mañana pasaré a verte —Alan asintió y Ewan salió de la campaña con la ayuda de Nicole.
—Te ves mejor. Ver a Alan te ayudó mucho —sonrió Nicole. Se mordía la lengua por decir tales cosas, estaba avergonzada.
—Sí, ya lo creo. Pero, me haría mucho mejor ver a mi familia.

Nicole no sabía nada de la familia de Ewan. Ella pensaba que Ewan se refería a sus papás, hermanos o abuelos, jamás le pasó por la mente que aquél soldado del cual estaba enamorada, ya era papá y que estuviera casado.

domingo, 26 de octubre de 2008

Capítulo XXVII / Luisip Garden

Evan se recuperaba lentamente, al menos ya podía dormir. El subterráneo era grande y albergaba a la mayoría de las personas heridas. De nuestro lado derecho se encontraba un joven de aproximadamente 16 o 18 años, nadie parecía visitarlo o cuidarlo. Las enfermeras que lo revisaban lo llamaban Joseph.
A la mañana siguiente, salí en busca de Karim y Katia. Regina se quedó al cuidado de Evan.

— ¿Es tu hijo? —preguntó Joseph al darse vuelta para descansar mejor.
—No —respondió Regina que estaba sentada cabeceando— Es mi sobrino.
— ¿Qué le pasó?
—Un edificio cayó cerca de él y de su mamá, el 19 pasado. ¿A ti qué te pasó?
—Casi lo mismo. Estaba en casa con mis papás cuando una bomba la destruyó.
—Oh vaya —exclamó Regina mirando las vendas de Joseph— ¿Y tus papás están bien?
—Murieron.
—Lo siento mucho, no era mi intención... —interrumpió Joseph.
—No te preocupes, ya tiene casi medio año que los perdí —murmuró. Joseph estaba tan tranquilo como si sus papás estuvieran bien. Sin duda, era un chico fuerte.

En el escuadrón, Ewan y varios soldados más llevaron a Alan hasta la campaña de enfermeras para que lo atendieran tan rápido como fuera posible. Nicole, una de las enfermeras vio a lo lejos venir a un grupo de soldados llevando con ellos a uno de los suyos herido. Nicole se metió de inmediato a la campaña para preparar lo que fuera necesario.

—Por aquí. En Aquella cama —señaló— ¿Qué ha sucedido?
—Francotirador —respondió Ewan mientras acomodaba a su amigo.
— ¿Qué hizo el médico? —preguntó antes de aplicar algún medicamento.
—Morfina y vendó el cuello —dijo Ewan con la respiración agitada— Gracias por ayudarme, chicos.

Nicole, de apenas 25 años de edad, tenía un gusto muy particular por Ewan desde que lo vio. Era de estatura media, ojos cafés y un cabello obscuro muy sedoso que escondía debajo de aquella cofia blanca que llevaba en la cabeza. Su uniforme la hacía verse más delgada de lo normal. Nicole había llegado a la campaña el mismo día que Ewan, siempre se levantaba temprano para verlo pasar y Ewan lo sabía. De vez en cuando, Alan bromeaba constantemente a su amigo por lo mismo pero éste lo ignoraba.
Nicole examinó a Alan y se dirigió por algunas gasas estériles.

— ¿Se va a recuperar? —preguntó Ewan con esperanza.
—Eso espero. Todo depende de qué tanto haya lastimado la bala dentro de su cuello y qué tan bien responda su cuerpo —habló Nicole atropellando las palabras.

Ewan miraba con tristeza a su compañero, su único amigo estaba mal herido al igual que Evan, pero sin saberlo. Esa noche, Ewan se quedó al pendiente de Alan y Nicole lo revisaba tantas veces fuera necesario o si Ewan se lo pedía. Cualquier movimiento de Alan era un llamado a Nicole por parte de Ewan. Durante una ronda, Nicole le llevó una taza de té a Ewan y así fue como comenzó la plática. Por naturaleza, Ewan tenía una mirada seductora y un lenguaje corporal extraño, y aún más cuando éste hablaba en voz baja. Esa era una de las razones por las que la mayoría de las mujeres lo seguía.

Nicole jamás pensó en tener esa cercanía con aquél soldado. Se encontraba nerviosa debido a que nadie estaba en aquella campaña, a excepción de Alan, Ewan y ella.

— ¿Cuánto tiempo llevas aquí? —preguntó Ewan cuando terminó de dar un sorbo a su taza. Estaba sentado cerca de Alan.
—Desde que tu compañía llegó —respondió— Desde ese día hasta ahora no ha habido mucho movimiento, pocos heridos por fortuna. Alan es el tercero.
—Entiendo —Nicole seguía atropellando las palabras, Ewan lo entendía y soltaba una sonrisa para hacerla entrar en confianza, pero lo que no entendía era que aquella sonrisa sólo la ponía más nerviosa.
— ¿Te ha...pasado algo grave? ...—preguntó Nicole dudosa, los nervios la traicionaron ya que ella no pretendía preguntar nada. Ewan dejó de beber y levantó su ceja derecha, Nicole se maldijo a sí misma —Bueno, yo...lo digo por...aquella cicatriz ¿Te molesta?
—No de ninguna manera —respondió. Notaba su nerviosismo y eso le causaba diversión, recordaba sus años antes de que Evan naciera —Sí, he tenido varios accidentes; un muro ha caído encima de mí, un pedazo de hierro se me ha incrustado en el brazo, por eso la cicatriz. Y he quedado sordo, cosas comunes, ya sabes. He vivido un año en esto y Alan es el que me ha acompañado.
—Mejores amigos —respondió Nicole.
—Así es, sé tanto como él sabe de mí.

Nicole sonrió y ambos pasaron toda la noche platicando, Nicole ya había entrado en confianza.
La tarea de limpiar la entrada del bosque Friaul tuvo éxito, con tres bajas y un mal herido. Alan.

Salí del subterráneo para encargarme de mi hija y de mi hermana. Caminé entre las calles irreconocibles, por un momento me detuve y pensé si estaría bien ir a buscarlas. No tenía en mi mente la imagen de mi hija muerta y no quería tenerla, pero quería que ella tuviera un lugar en dónde buscarla y llevarle flores. No tenía otra opción.
Llegué hasta la calle Dolls Hills, aún estaban los escombros y cinco personas buscaban entre los escombros. Pensé que serían ayudantes y caminé para preguntarles por los cuerpos, ya que no se veía nada en la calle. Rectifiqué la zona y era la misma de aquél día. No había nada de cuerpos, había sangre seca pero no cuerpos. Decidí acercame aún más y sus caras me decían que no eran civiles normales, sino ladrones. Detuve mi paso asustadamente y justo en ese instante corrieron hacia mí. Cinco tipos contra mí, tenía que huir de allí.
En ese tiempo existían muchos saqueadores y ladrones que desvalijaban los destruidos edificios. En casos peores los ladrones sin escrúpulos robaban a los muertos y heridos.
Corrí tanto como pude y doblé en la esquina Wood Road, sabía que en donde tuviera que dar vuelta me perdería, pero era mi seguridad. Di vuelta como predije en la primera calle que encontré y choqué contra un señor. Pensé que había chocado con alguno de los malos.

— ¡Suélteme! —pegué contra el pecho de aquél señor. Éste me tomó por los hombros y me sacudió.
—Tranquila, no le haré daño. Tranquila señora —dijo con voz serena. Me percaté que no era uno de los ladrones y mi alma descansó.
—Lo siento, venían unos hombres tras de mí y corrí tanto como pude...pero luego...
—Lo sé, lo noté. Los Cinco de la Cuadra, pero no se preocupe, usted está a salvo —dijo con una bella sonrisa. Bajé mi mirada, el señor canoso y de ojos marrones volvió a hablar— ¿Qué hacía usted por aquí?
—Aquí murió mi hija...y mi hermana— un nudo en la garganta me impidió seguir hablando.
— ¿Vino por los cuerpos?
—Sí —respondí en un hilo de voz.
—Entiendo. Los cuerpos se los llevaron ayer por la tarde —replicó. Subí la mirada y abrí los ojos, el caballero notó mi reacción.
—Y... ¿sabe a dónde se los llevaron? —pregunté angustiada.
—Sí, avenida Souree, dan dos días para que reclamen los cuerpos.
— ¿Me podría llevar? Sabe, no reconozco la ciudad, hay calles desaparecidas y todo es muy confuso, calles bloqueadas y edificios caídos...la verdad me perderé.
—Con gusto. Mi nombre es Dave.
—Klein, mucho gusto.

Nos dirigimos hacia la calle Souree. Dave me hizo la platica muy amena y me explicaba los movimientos de aquél día. Llegamos a la avenida y cientos de ataúdes pre-fabricados cubrían la mayor parte de la avenida. Algunos ataúdes eran más grandes que otros, de cartón o de madera, mal y bien fabricados. Sentí un nudo en el estómago. No sabía si podría reconocer a mis familiares, no quería ver tantos muertos. Dave se acercó a la encargada de aquél lugar macabro. Luego volvió y me pidió que lo siguiera.

Caminamos por un gran pasillo, al parecer llegamos a tiempo ya que al entrar a una sección en donde se encontraba mi hija, un camión del ejército llegó con más cuerpos.
No estaba segura de lo que quería ver.

—Aquí están los que llegaron ayer por la tarde. Hay dos niños, ¿qué edad tiene su hija? —preguntó con naturalidad.
—Cuatro meses...bueno, en realidad tenía tres. Este mes cumplía los cuatro.
—Vaya, entonces es éste —dijo acercándose al ataúd más pequeño y lo palmeó. Abrió la tapa y algo dentro de mí me dijo que me rehusara a reconocerla — ¿Una niña?
—Sí, así es —contesté rápidamente.
—Necesito que la reconozca. Será fuerte, pero le aseguro que si es su hija se sentirá mejor de saber dónde descansará.

Asentí y me acerqué lentamente, rogaba porque estuviera completa. No quería llevarme a la tumba una imagen horrible de mi hija. Quería verla como siempre estaba; con sus mejillas rosadas, su cabello castaño y esos puntos blancos en su nariz. Tomé aire y me asomé.

—Sí, es ella.
—Bien, me dará su nombre y en unos momentos más le diré en dónde la llevaremos.

Mi hija parecía un ángel. Parecía estar dormida, con su pequeña boca a medio abrir. Envuelta en aquella cobija color gris y un poco de polvo en ella. Sus mejillas totalmente redondas, ninguna hendidura como lo había imaginado. Su pequeña frente que era color roja, ahora estaba blanca y aquellos puntos blancos no habían desaparecido. La miré por un largo momento. Mis dedos rozaron sus frías mejillas, aún eran suaves.

Reconocer a Katia fue un poco más difícil. Seis cuerpos, que sin querer los miré, me desgarraron el alma. Katia parecía estar dormida también. No entendía por qué no estaba en mal estado si estaba muerta, pero al mirar su vestido con una mancha roja y con lodo, tuve una idea de la magnitud de aquella bomba. El piso se movió, había visto demasiado y todo eso me provocó náuseas, tantas que me retiré del ataúd de mi hermana y caí de rodillas, escupiendo lo poco que tenía en mi boca. Dave se ofreció en ayudarme y me levantó.

Llené los formularios en donde reconocía a mis familiares. Tardaron dos horas para sepultarlas dignamente. Por fin sabía en dónde descansaban, Luisip Garden.

—Gracias, Dave. De verdad te lo agradezco. No tengo cómo pagarte.
—No te preocupes, Klein. Sabes que si necesitas algo puedes buscarme en mi cafetería. Que se recupere Evan.
—Gracias, cuídate.

Entré al subterráneo y Evan estaba sentado, comiendo una manzana. Rompí a llorar cuando lo vi sonriendo. Todo por lo que tenía que vivir se encontraba sentado en aquél subterráneo que lidiaba con el dolor y sobrevivía a una guerra mundial.

— ¿A dónde fuiste, mami? —preguntó mientras yo tomaba lugar a su lado.
—Tuve que arreglar unas cosas, pero ya estoy aquí. Contigo —le besé su cabello.
— ¿Y mi hermana? —la pregunta difícil había llegado. No dije nada y Evan no insistió. Más adelante le diría a mi hijo lo que había sucedido.

miércoles, 15 de octubre de 2008

Capítulo XXVI // Heridos

Ewan y su pelotón habían estado ganando las batallas en las que participaban. Tanto Alan como Ewan, se sentían felices por el gran avance de la compañía.

—Espero que el batallón vaya así de bien como nosotros —dijo Roger.
—Espero que sí, así la guerra terminará y todos iremos a casa —respondió Alan. Roger se acercó a Alan y le dijo algo al oído mientras veía a Ewan —No sé qué le pase, creo que le urge irse a Londres, tú sabes, ver a sus hijos y a su mujer.
—Lo sé, creo que ha visto demasiado —replicó Roger.

Ewan estaba más solitario sin razón alguna. A Alan le preocupaba y ese mismo día decidió hablar con él. Justo para la noche, tendrían que recuperar un lugar llamado Friaul, un bosque habitado por soldados italianos. El plan sería el mismo que les dio éxito en Bardía.

—Estamos juntos de nuevo, es genial ¿no lo crees? —dijo amigablemente Alan.
—Sí, lo es —respondió Ewan. Alan no soportó la indiferencia de Ewan y terminó por gritarle.
— ¡Basta! Dime qué sucede. Has estado muy extraño.
—No es nada —miró intensamente Ewan— Extraño a mi familia y nada más.
—Entiendo, pero yo también existo, soy tu amigo y no te quiero perder. Ni que la amistad se termine.
—Lo sé...por algo nos tocó estar juntos, ¿no? —sonrió Ewan y Alan respondió al gesto.

Una patrulla inglesa había ido a inspeccionar una parte de la zona. Friaul era un bosque traicionero, se rumoraba que nadie que no fuera de la armada italiana era torturado o puesto en custodia. La tarea de recuperar aquél bosque sería complicado. Tuvieron sólo dos días para estudiar el plan de ataque. Y todo parecía estar listo. El pelotón en donde estaban Ewan y Alan fue el primero para limpiar parte de la entrada del bosque.

—Necesito tres hombres para limpiar la entrada, ¿voluntarios? —preguntó el teniente. Todos se miraron entre sí y nadie respondió. Siendo esto, el teniente maldijo en voz baja.
—Yo iré —dijo Alan al fin. Ewan quedó confundido al escuchar que su amigo se ofrecía.
—No hablas enserio, ¿verdad? —preguntó Ewan con desconcierto. Alan sólo sonrió y levantó sus grandes cejas.
—Bien —dijo el teniente— Charles y Roger también irán, Alan es el líder.

Los soldados se levantaron y caminaron cautelosamente, no estaban seguros de que alguien habitara aquél bosque. La patrulla que había ido anteriormente no encontró nada, pero querían asegurarse. Los soldados caminaban entre la hierba que los escondía y de pronto la hierba se movió a unos cuantos metros de distancia. Alan alzó la mano en señal de alto total.

—Creo que esta zona no es segura, Alan —dijo Charles con angustia— Se nota que la zona no está limpia, anda regresemos.
—Calla, Charles. Si se trata de algún animal y regresamos con esa alerta ¿qué dirán? ¡Nos fusilarán! Hay que investigar —respondió Roger.
—Yo iré, ustedes quédense aquí —dijo Alan y avanzó con arma preparada.

A unos cuantos metros se veían grandes árboles, la hierba era enorme y fácilmente podía llegar a la cintura, incluso más arriba. Alan se acercó y abría aún más sus ojos, su tensión crecía. Un francotirador que se encontraba en la copa del árbol disparó contra Alan y éste cayó sin hacer ruido, la bala entró en la parte izquierda del cuello, la sangre llegaba rápidamente a su hombro. Alan comenzó a tener dificultad para respirar y de pronto comenzó a salir sangre por su boca. Hacía lo posible por emitir algún sonido, tenía tanta presión por no poder respirar que la vena de su frente resaltaba y su cara se tornó color rojo.

— ¡¡Francotirador!! —gritó Roger avisando a su escuadrón y se ajustó el cuello.
Charles corrió en busca de Alan para auxiliarlo, estaba espantado y se curvó para que los francotiradores no lo vieran. Llegó hasta donde Alan que estaba en agonía.
—Tranquilo, viejo. Estarás bien —le dijo Charles. Roger y Charles arrastraron a Alan por las dos correas que se ajustaban debajo de sus hombros del uniforme
— ¡Un médico! ¡Necesito un médico! —gritó Roger al llegar. El médico ya esperaba a Alan. Ewan empujaba a cuan soldado tenía enfrente, trataba de ver a su amigo y al verlo quedó atónito. El médico sacó una bolsa de morfina y la aplicó en el cuello de Alan.
— ¡Maldita sea, Alan! —Gritó Ewan— ¡Tienes que salir de esto!

Llevábamos un día fuera de la estación Brompton, no nos había dejado entrar a la estación debido a que sólo los heridos graves estaban dentro, saturado. Evan estaba menos nervioso. La noche fue pesada. Si su herida punzaba, lloraba. La tela estaba empapada. Durante toda la noche su llanto se unía al de otras personas herida. El no poder dormir y su herida tensaban la situación.

— ¿Cuándo llegará la ayuda? —pregunté a Regina.
—Dicen que mañana por la mañana, pero lo dudo —respondió— Si no llega la ayuda, iremos a buscarla por nuestra parte.
— ¿Podrás irte con Evan...sola? —le dije. Regina mostró cara de incredulidad, ya sabía que esa sería su reacción —Tengo que buscar a Karim y Katia...sabes que no la puedo dejar...
—Sí, lo sé. ¿Y estás segura de ir?
—Sí, sí, muy segura. Tú te encargaste de nuestra madre, ahora yo me encargaré de ellas.

Regina se encargó del cuerpo de mi madre cuando murió. No tenía que dejar a Karim y Katia sin un lugar donde descansaran en paz. Estaba consiente de que me encontraría con algo fuerte, debía superarlo. Tenía también que pensar en qué le diría a Ewan y cómo le explicaría a Evan.

La mañana siguiente la ayuda llegó. Enfermeras bajaban en grupos de tres y corrían a ayudar a los heridos. Varias enfermeras pasaron a mi lado y les pedía que ayudaran a mi hijo pero ninguna lo hizo. En mi desesperación por no obtener ayuda, me levanté y jalé por el brazo a una enfermera, la más cercana.

— ¡¿Qué le sucede?! —preguntó con irritación.
—Necesito de su ayuda y me ignora -respondí con la misma irritación.
—Hay más personas heridas ¿no lo ve?
—Mi hijo tiene una herida grave —bajé el tono de mi voz— por favor, se lo suplico.

Sin más, la enfermera tomó varios medicamentos y la conduje hasta Evan. Mi hijo yacía en posición fetal. Estaba pálido, su boca reseca y unas ojeras enormes. Me daba cuenta que le costaba trabajo sólo mover la boca. La enfermera se acuclilló y destapó a mi hijo. Pensé que no se impresionaría por la herida de Evan, creí que había visto cosas peores pero no fue así. La tela tenía una gran mancha roja.

—Necesito llevarlo al subterráneo —dijo.
— ¿Cree que haya espacio para él? —pregunté con miedo.
—Sí, sí lo habrá.

La enfermera lo cargó y nos dirigimos hacia el subterráneo. Abby, la enfermera habló con el policía que cuidaba la entrada y nos dejó entrar. Dentro del subterráneo había heridos recostados, señoras y señores muy mal heridos, algunos implorando por más medicina. Bebés y niños llorando. Era mucho peor que afuera, el olor era nauseabundo y el clima era caliente. Abby lo recostó sobre una manta y Evan se quejaba del dolor.

—Lleva dos días así —dijo Regina.
— ¿Qué edad tiene? —preguntó sin tocarlo.
—Seis... ¡siete! Siete años —respondí.
— ¿Cómo se llama?
—Evan —Abby se acercó para inspeccionar mejor la tela y ver por dónde comenzar a quitarla.
—De acuerdo. Evan, sé que me puedes escuchar —le dijo al oído— te quitaré el pedazo de tela para ver la herida, ¿bien? Me ayudará, señora.
—Lo haré yo —respondió Regina— Soy su tía, ella es mi hermana.
—Muy bien.

Realmente no tenía la fuerza suficiente para soportar el sufrimiento de mi hijo. Abby quitaba con cuidado la tela, Evan movía los pies en señal de molestia. Todo iba tranquilamente hasta que llegó la parte final. La herida de Evan se estaba cerrando junto con la tela, tendrían que removerla. A pesar de que la enfermera tenía experiencia era difícil y un pequeño jalón le quebraba el alma a mi hijo. Nuevamente comenzó a gritar e implorar que lo dejaran en paz.

— ¡Ayuda, mamá! —gritaba Evan con sus ojos secos, las lágrimas no le salían.
—Tranquilo, Evan. No te muevas, ya casi terminamos —decía Abby.
— ¡No! ¡Basta, basta! ¡Duele! ¡Mamá! ¡Auxilio, auxilio! —imploraba. Me acerqué a su rostro quebrado y entre mis lágrimas, sonreí. Acaricié el rostro y trataba de calmarlo. Abby no lo quería lastimar y Evan se movía demasiado.

El momento en que la enfermera tomó el pedazo de tela, Evan se jaló sin querer y la tela salió de su herida. Evan quedó sin voz, el aire se fue...Y de pronto, el grito de dolor partió mi corazón. La herida se volvió a abrir, Abby espolvoreó un poco de morfina y cosió cuidadosamente la herida.

sábado, 11 de octubre de 2008

Capítulo XXV // Sufrimiento

Katia estaba destrozada por la muerte de mi madre, no decía ni una sola palabra y parecía que la sonrisa tan brillante que tenía había desaparecido.
No sabíamos dónde estábamos, la ciudad estaba irreconocible, no sabíamos a dónde avanzar, por todos lados había peligros. Yo seguía pensando en mi bebé, Evan y Ewan. Me preocupaba que le pasara algo malo a mi bebé, Evan estaba extraño, no sabía si seguía siendo por los celos o por las traumantes escenas que habíamos pasado juntos.

— ¿Mamá? ¿Mi abuela volverá?
—No, Evan, no lo creo—respondí naturalmente.
—Nos abandonó...esta no era la clase de visita que esperaba—dijo. Dejé de mirar a Karim y fijé mi vista en los ojos de mi hijo.
— ¿Qué clase de visita esperabas? —pregunté con culpabilidad.
—Dijiste que la visitaríamos y lo hicimos, pero no volveremos a casa, esto no es una visita —Quedé perpleja al escuchar tal declaración por parte de mi hijo. Sentía una gran culpa, no sabía que le había hecho tanto daño; físicamente y sentimentalmente.

Los ataques a Francia, los constantes bombardeos a Londres, la destrucción del sótano y nuestra casa, la separación de Ewan y ahora la muerte de su abuela.

—Perdóname, hijo —susurré— No quería provocarte todo esto, te mentí al traerte aquí, me siento culpable, yo sólo quería salvarte...
— ¿Salvarme?
— El mundo está en guerra, tuvimos que salir de casa porque nos iban a hacer daño si nos quedábamos. Te mentí usando a tu abuela...y...tu padre se separó de nosotros... —sentí el nudo más grande en la garganta, me sentía tan culpable. Evan no dijo nada, sólo asintió la cabeza.

Quizá dos días pasaron cuando aviones alemanes comenzaron a llenar el cielo de Londres, una vez más podías sentir que tocabas los aviones con sólo alzar la mano. El terror reinó cuando una ola de gente corría en nuestra dirección; mujeres, niños, ancianos y unos cuantos jóvenes llevaban caras de preocupación. Levanté a Evan y corrimos con toda la gente.

Regina llevaba a Karim y Katia estaba entrando en pánico. Nos adentramos en el mar de gente.

—Disculpe, ¿qué sucede? ¿A dónde se dirigen? —pregunté a una señorita alta y de cabello castaño que tenía unos ojos verdes enormes y una pequeña boca.
—Si usted vio los aviones alemanes que pasaron hace un momento, debe saber que atacarán y estamos huyendo a algún lugar seguro —respondió y luego apresuró el paso.

No podía creer que nuevamente tendríamos que refugiarnos, era algo desesperante. No solté a Evan y corría al paso de la demás gente. Los nervios eran más grandes, sólo podía pensar en un lugar seguro muy cerca de donde estábamos, no quería otra muerte.

El escuadrón de Ewan estaba en guardia por las zonas que había conquistado. Jeeps y camionetas de cargan pasaban constantemente. Todo indicaba que era una zona segura, al menos más segura que la de Bélgica.

Ewan y Alan estaban de guardias. Se encontraban en su refugio, detrás de unos costales llenos de tierra, ambos estaban sentados y fumando.

— ¿En qué piensas, Ewan? —preguntó Alan al ver a su amigo tan pensativo y con la mirada fija hacia el infinito.
—Ehhh...bueno, en qué haré cuando esta puta guerra termine —respondió.
— ¿Y qué harás?
—Creo que me iré de Europa, con mi familia. ¿Recuerdas que mi familia vive en Nueva York?
—Vaya...y ¿Klein lo sabe?
—No...No, no sabe nada pero supongo que me apoyará...— dijo en tono dudoso.
—Verás que sí.
— ¿Y tú? ¿Qué piensas hacer? —preguntó Ewan. Alan sacudió la cabeza.
—No lo sé, no he pensado en eso. Supongo que disfrutar a mi hija y a mi mujer.
—Y contarle las aventuras y batallas por las que pasaste —sonrió Ewan.
—Claro.

Durante los siguientes días, dormimos en las calles. Evan estaba volviendo a ser el niño de antes, estaba asustado por las condiciones en las que estábamos, sólo necesitaba tiempo para acostumbrarse y también dejaba de preguntar por su abuela. Katia estaba un poco mejor, ya hablaba. Regina seguía al pendiente de todos, como siempre. Y yo, yo pensaba constantemente en mi esposo, en cuándo lo volvería a ver y a abrazarlo de nuevo. Todas las mañanas, cuando veía a Evan dormir, era como ver a Ewan, así que no perdía la costumbre de ver a mi esposo cada mañana.

— ¿Qué pasa, Regina? —pregunté.
—Presiento que algo malo sucederá, no quiero espantar a nadie.
—No te preocupes —le dije. Yo también tenía un presentimiento parecido, pero no dije nada.

Esa noche, Londres volvería a ser atacado.
Dormíamos y el silencio era enorme, de pronto un estallido llegaría a ser escuchado por nosotros. Varias personas se levantaron y los murmullos comenzaron. Regina se levantó y justo en esos instantes, las turbinas de un avión se comenzaron a escuchar. Levanté a Evan como pude, Katia se llevaría a Karim, en esos momentos dos personas más hicieron lo mismo que nosotros, después otra familia se levantó y de pronto, todos hacían lo mismo. El avión pasó muy bajo, tan bajo que era necesario taparte los oídos por el fuerte sonido que ocasionaba. Y así, bombas y explosiones acapararon la ciudad.

— ¡Katia! ¡Lleva con cuidado a Karim! —grité. Katia asintió la cabeza y avanzó entre la gente. Evan intentaba apresurar el paso pero no podíamos, mi espalda me lastimaba.
—Mamá, apresúrate. Tenemos que alcanzar a mi tía y a Karim —decía Evan.
—Calma, los alcanzaremos —lo tranquilicé. Regina venía detrás de nosotros.

Los aviones pasaban y justo enfrente de nosotros, un avión dejó caer una bomba. Al estallar, Regina, Evan y yo nos agachamos por el impacto. Inmediatamente pensé en Katia y mi hija, me incorporé como pude y a pesar de que era noche, pude verlas. Nos dirigíamos a alguna estación del subterráneo, la más próxima estaba a doce cuadras.

—Mamá, ¿A dónde vamos?
—Al subterráneo, ya casi llegamos —le dije. Estábamos cerca de Katia, pero nunca las alcanzamos. Evan se detuvo y jaló mi mano haciéndome retroceder, yo lo jalaba en sentido contrario pero se rehusaba.
— ¡Viene un avión, mamá! ¡Hay que regresar! —Su cara era de angustia.
— ¡Evan! ¡No podemos regresar! —le insistí. Lo jalaba hacia a mi, el avión seguía acercándose, Evan ponía toda su resistencia apoyando sus pies contra el suelo, no pensé que mi hijo tuviera tanta fuerza.
— ¡No, mamá! ¡Regresemos! —me imploraba con lágrimas.
— ¡Basta, Evan! —le grité y le solté una mirada furiosa. Nuevamente lo jalé fuerte pero seguía resistiendo. Una persona que pasaba corriendo me empujó y debido a la fuerza del golpe, mi mano soltó la mano de Evan y éste cayó sentado.

La tristeza me invadió cuando lo vi sentado en el suelo llorando. Era típico que Evan cayera de esa manera cuando yo intentaba meterlo a la casa a altas horas de la noche, pero no era típico que llorara. Evan reía, esa era una manera de jugar antes de que lo metiera a dormir, las caídas más comunes que tenía Evan en aquellos tiempos reinaron mi mente, pero ahora no estábamos jugando. Me apresuré a levantarlo, fue un gran esfuerzo que hice debido a mi espalda. Lo cargué y corrí tanto como pude, luego me di cuenta de que Evan tenía razón. El avión dejó caer su bomba y escuchamos el sonido más ensordecedor que nunca. Una segunda bomba derrumbaría lo poco que quedaba de un edificio abandonado, el edificio quedaba cerca por donde Evan y yo pasábamos.

— ¡Evan! ¡Evan! ¡Evan! — grité.

No escuchaba respuesta alguna. No supe dónde había quedado mi hijo. Me senté y comencé con una tos espantosa por tanto polvo que inhalé. Mi mente comenzó a pensar que mi hijo estaba muerto. Me levanté y lo busqué entre los escombros. Sentí que una persona se paró frente a mí; Regina me ayudó a mantener el equilibrio y enseguida le pregunté por Evan. No estuve muy segura de haberle preguntado o si sólo lo había pensado.

— ¡Regina, contéstame! —le pedí alterada.
—Klein...lo siento... —me dijo sollozando. Me quedé petrificada y mis ojos parecían platos, me costó respirar y solté mi llanto. Regina tenía la cabeza baja.
—No...No, Regina...No puede ser posible.
—Fue en el primer estallido, los vi caer —dijo. Me confundí.
— ¿Caer? ¿De quién estás habla...? No...Mi bebé no ¡No!
—No se pudo hacer nada, Klein... ¡Lo siento mucho!

Regina estaba hablando de mi hija y Katia. Mi bebé tenía sólo cuatro meses de edad, no era justo. Era sólo un bebé.

— ¡Calma, Klein! ¡Te entiendo!
— ¡Mi hija murió! ¡No puedo calmarme! —Gruñí y justo en ese instante, un llanto me levantaría la esperanza, era Evan
— ¿Dónde está Evan? —preguntó.
—No lo sé —fueron las palabras que pudieron salir de mi garganta — ¡¡Evan!!

Regina me soltó y comenzó a tratar de levantar piedras, hice lo mismo. Mientras gritaba el nombre de mi hijo, éste me respondía. Tenía que encontrar a mi hijo, no sabía si estaba mal herido o sólo espantado. Mi propia sangre me impedía buscar bien, me sentía débil pero con ganas de encontrar a Evan.

— ¡Klein! ¡Aquí está! —gritó Regina.
— ¡Ya voy! —apresuré mi torpe paso para ver a mi hijo.

No reconocí a Evan. Me llevé la mano a la boca, Evan estaba bañado en sangre, al parecer un gran pedazo de concreto lo golpeó o se cayó y se pegó fuertemente. Evan estaba tirado, parecía estar muerto pero no era así, su llanto me decía que estaba vivo. Me acerqué y mi hijo temblaba.

—Ma...má —tartamudeaba.
—Evan, vas a estar bien...resiste, hijo —lo anhelé.
—Mi...brazo, mami...me duele...mucho —se quejó y soltó a llorar.
—Déjame ver —Me espanté al ver la herida tan grande que tenía. Miré a mi alrededor y había varios vidrios, supe entonces que algún vidrio le había hecho la gran herida de su bíceps derecho. Sangraba demasiado y pude ver su carne. Me dio un poco de asco y miedo, pero tenía que ser fuerte.
—Evan, te amarraré este pedazo de tela a tu brazo, ¿de acuerdo? — dijo Regina. Evan sólo asintió la cabeza. Regina tenía un pedazo de sábana, algo grande para el brazo de mi hijo.

Levanté la cabeza de Evan y mis dedos tocaron un charco de sangre que había debajo de su cabecita. Regina levantó su brazo y Evan soltó un grito desgarrador. Me espanté, mi hijo estaba grave, su herida lo mataba.

— ¡No! ...Regina, basta —intervine por Evan.
—Tu hijo se puede desangrar, Klein. Sé que dolerá pero necesitamos parar la hemorragia —Se volvió a Evan y se lo impedí.
— ¡No ves que está sufriendo!
—No quieres verlo muerto, Klein... ¿Verdad? —Sus palabras me congelaron el alma y permití que le atara la tela a su brazo. Los gritos de Evan me dolían en lo más profundo. No podía mirar su sufrimiento. Tenía claro que si mi hijo pudiera, se retorcería del dolor pero un mínimo movimiento le privaba la respiración con tal de gritar todo lo que podía.

Regina y yo lo levantamos con demasiado cuidado pero no pudimos evitar que su herida lo lastimara más. Regina lo cargó en sus brazos y caminamos hacia la dirección contraria a donde nos dirigíamos. Las calles estaban bloqueadas por escombros, buscaríamos otra ruta para llegar al subterráneo.

Katia y Karim murieron el 19 de abril de 1941.

martes, 23 de septiembre de 2008

Capítulo XXIV / Primer Deceso

Los ataques a Londres eran tan intensos como la vez pasada, llevábamos casi tres semanas fuera del albergue. Desde esa vez, nos refugiamos con Julie, una mujer de unos cincuenta años de edad, delgada y de cabello gris, caminaba algo jorobada y era bastante parlanchina. Julie estaba encantada con Evan, pues ambos hicieron muy buena conexión y platicaban de todo, nos hacían reír muy a menudo. Yo trataba de cuidar la boca de Evan, para que no dijera cosas de más.

El 10 de abril de 1941, celebré mis 27 años en la habitación de una fábrica abandonada que estaba cerca de la calle Autumn. No fue un gran cumpleaños a excepción de que estaba celebrando con mis hijos, me llenaba de felicidad saber que estaban bien, aunque faltara Ewan.
Cuatro días posteriores a mi cumpleaños, estaba el cumpleaños de Regina; 29 años para ella no estaba nada mal.

Los ataques a Londres eran intensos, la fábrica no nos protegería por mucho tiempo durante aquellos ataques.
El 16 de abril sería el día más difícil para todos. Nos encontrábamos en la habitación, nuestro refugio. Evan estaba acostado en el suelo, jugando con sus manos. Ese día no platicaba con Julie como los demás días, era extraño que estuviera de esa manera. Quizá se enfermaría o estaba cansado, así que me levanté de mi silla y me recosté con él.

— ¿Qué le sucede a este jovencito? —pregunté con tono amable. Quería que Evan sintiera confianza, me percaté que lloraba ya que pasó una de sus manitas sobre su mejilla, limpiándose sus lágrimas— ¿Evan? ¿Qué sucede?
—Nada —dijo en voz baja.
— ¿Extrañas a papá? —Negó con la cabeza— ¿Entonces qué sucede?
—Tú ya no me quieres.
— ¿Por qué dices eso? ¿Te hice algo?
—Todos me regañan y tú no dices nada, además ya no juegas conmigo como lo hacías antes...
—Eso no es cierto, Evan —repuse, entendía de qué se trataba. Mi hijo estaba celoso de Karim.

Traté de explicarlo las cosas pero no terminé de decirle todo porque un intenso ataque nos alertaría.
—Evan, te amo. Nunca lo olvides, siempre te voy a querer.
—Yo también, mamá.

Esos ataques se daban en zonas muy cerca a la nuestra. Una bomba daría en la fábrica e hizo que ésta vibrara, pedacitos de techo se desprendían y el polvo comenzaba a caer. Salimos sin tomar cosas, mi madre no podía correr por lo que nos dificultó avanzar hacia una zona donde no nos pasara nada.

Al salir todo era un caos. La gente corría en todas direcciones y era difícil saber a donde ir. Mi hermana Regina tomó por la mano a Evan y nos hizo señas de seguirla, yo cargaba a Karim y Katia ayudaba a mi madre. Los gritos de las personas alteraban la situación, el ruido de las turbinas de los aviones enemigos eran más ruidosas que otras veces debido a que volaban muy bajo al igual que las armas que disparaban desde los mismos aviones, a eso se le sumaban los estallidos de las bombas que dejaban caer. Era aterrador escuchar todo aquello en un sólo lugar, era horroroso ver lágrimas y caras de desesperación. Llegamos hasta la calle Crydon, esa era la calle equivocada.

Regina y Evan iban a unos metros delante de mí y unos pocos metros atrás estaba Katia con mi madre. De ambos lados de la calle había casas y una gran casa donde se fabricaban zapatos. Gente de aquella gran casa salía desesperada por la puerta. Seguía avanzando con Karim en brazos, al mirar al frente veía las espaldas de mi hermana y mi hijo que avanzaban y brincaban escombros que estorbaban el camino, se equilibraban para no caer. Me preguntaba cómo le haría mi madre para pasar por aquellos escombros que estaba por delante. Sentía impotencia al no poder correr más y regresar hasta donde mi madre para ayudarla. Volví a mirar hacia atrás y no entendía por qué Katia dejaba a mi madre.
Me detuve para esperar a Katia pero un avión alemán dejó caer unas bombas por esa calle. Cubrí mi cara contra mi hija y cerré mis ojos, me acuclillé y dejé que todo pasara. No aguanté más y dejé salir un grito desgarrador al sentir que algo me había golpeado, mis oídos zumbaban, estaba completamente desconcertada, mis manos me temblaban y temía que dejara caer a mi bebé. Sentía desvanecerme y me costaba respirar. Supe entonces que tenía que moverme de ahí y lo hice. Tropecé con un gran pedazo de piedra, no sabía en dónde estaba, no podía ver con claridad a mi bebé.

—Vas a estar bien, Karim, no te preocupes —No me escuché al decir aquellas palabras, no sabía si lo estaba diciendo o lo estaba pensando —Necesito ver a Evan...mi madre...Katia venía detrás de mí...tranquila Klein.

Después de unos segundos, comencé a ver mejor; iba en dirección contraria. Varias personas estaban tiradas, algunas heridas y algunas muertas., busqué a Katia y la vi hincada. Miré hacia atrás y no veía a Evan ni a Regina.

— ¡¡Klein!! —gritó Katia. No sabía qué hacer, si correr hacia mi hermana que me gritaba o dar la vuelta y buscar a mi hijo —¡¡Klein!! ¡¡Klein!!

Katia lloraba como nunca jamás la vi llorar. Mi madre podía estar herida, fue lo primero que pensé. Sin pensarlo me dirigí a ella. Me percaté que Karim hacía gestos y me tranquilicé al verla viva. Crucé por un gran pedazo de escombro que me dividía de mi hermana. Quedé perpleja al ver a mi madre tirada.

—Ma... ¿mamá? —me acerqué— No...mamá... ¡Mamá!
—Está muerta, Klein —me dijo Katia entre sollozos.
— ¡No puede ser cierto, Katia! ¡No puede estar muerta! —le dije sin dejar de mirar a mi madre. Sentí cómo mis ojos se humedecían y salió una lágrima, abracé con miedo a Karim.

Pronto me acerqué a Katia y la abracé también, un abrazo amargo que no quería volver a sentir. Katia lloraba sin consuelo, habíamos perdido a nuestra madre.

— ¿Qué haremos ahora, Klein? —suspiró.
—Vamos a estar bien —fueron las únicas palabras que salieron de mi boca. No podía dejar de llorar.
— ¿Evan? Ahí viene Evan y no tiene que ver a mi madre —Se despegó Katia de mí. Giré velozmente y miré a mi hijo con bien, Regina corría hacia nosotras. Me llevé una de mis manos libres a mi cabello que estaba alborotado. Aviones alemanes continuaban pasando.

— ¡Katia! ¡Tenemos que irnos! —grité.
— ¿Y mi madre? ¡No pienso dejarla aquí!
—Katia, no hay tiempo. ¡No nos podemos quedar aquí! ¡Regresaremos por ella!

Katia accedió y huimos de aquél lugar. Sé que era difícil dejar a mi madre pero teníamos que sobrevivir, refugiarnos. Avanzamos un poco y pronto Regina nos alcanzaría de frente. No mencionamos nada de mi mamá pero nuestros ojos nos delataron.

— ¿Y mi mamá, Klein? —preguntó Regina sin dar un paso.
—Te explico después, tenemos que estar seguros, anda —dije seriamente.
—Mami, estás llorando —murmuró Evan. Le sonreí y seguí el camino. Necesitaba despejar mi mente.

El peligro se fue y nos quedamos en una calle principal donde había más gente. Evan se sentó en la banqueta, estaba desconcertado, miraba a toda esa gente ir y venir, volteaba ciertas veces hacia a mí, entonces fue que supe que me preguntaría algo.

— ¿Mamá?
—Dime, Evan —le sonreí y me senté junto a él.
—Mamá, ¿dónde está mi abuela? —dijo con lástima. Su cara de lástima me partió el alma y me puse a llorar, Evan se levantó y me abrazó.
—Es difícil de explicar, Evan.
— ¿Por qué?
—Tú abuela ya no está...con nosotros —dije en un hilo de voz.
— ¿A dónde se fue? ¿Muy lejos?
—Sí, Evan. Ella está lejos, no sé en dónde —fueron mis últimas palabras.

Katia le había explicado a Regina todo y como era de esperarse, soltó a llorar.
Esa tarde, cuando el sol se estaba escondiendo, nos dirigimos a otras pocas calles que quedaban cerca. Pasaríamos la noche en la calle.

Las horas pasaron nadie decía nada. Pensar que mi madre ya no estaba con nosotros era imposible de creer. Regina me ayudaba con Karim, la arrullaba ya que mi espalda no me permitía cargarla como se debía, tenía ya cinco meses y pesaba cada vez más.

El frío era terrible, no teníamos con qué taparnos, sólo llevábamos una pequeña cobija que era de Karim.

—Si quieres dame a Karim —le dije a mi hermana.
— ¿Sí? ¿No te molesta más la espalda? —preguntó.
—No, estoy bien. Me recargaré en la pared y descansaré —dije con una media sonrisa

Me recosté en la pared y dejé que Evan recostara su cabeza en mis piernas. Regina me entregó a Karim y extendí lo más que pude la cobija para tapar a Evan pero era insuficiente. Dormí a Karim sobre mi pecho y la cubrí con el suéter que yo llevaba.

— ¿Qué sucedió cuando el edificio se derrumbó? No los vi después —le pregunté a Regina
—Nos pegamos a una de las paredes de una casa. Supe que algo les había sucedido al ver la gran nube de polvo pero me limité a ir.
— ¿Por Evan?
—Sí, estaba angustiado y quería salir corriendo. Después de que los aviones se fueron salimos a buscarlas, jamás me imaginé que mi madre...
—Yo tampoco, Regi. Katia no quiere hablar, supongo que debemos darle tiempo.
—Lo mismo digo.

Evan estaba temblando, el frío era fuerte. Evan se despertaba constantemente y estaba enfadado por lo mismo, la cobija no cubría sus piernas. Un señor de unos 55 años se aproximó a nosotros y le obsequió a Evan su abrigo. Agradecí y de inmediato tapé a Evan, ahora tendría una noche un poco más cómoda.