Poco a poco los reclutas bajaban de los camiones, sonreían y saludaban. Estaba al pendiente por si veía a Ewan o a Alan, no podía ver mucho así que estiré mi cuello y mi levanté de puntitas. Por suerte, una señora que estaba enfrente de mí se salió de su lugar, al parecer vio a su hijo o su esposo, rápidamente me acomodé en aquél lugar donde la vista era mucho mejor. Sólo cinco personas estaban frente a mí, pero aún así veía muy bien que alcancé a ver una reja que limitaba el acceso a los camiones que estaban a unos cuatro metros.
Los soldados seguían bajando pero a ninguno de ellos reconocí. El tercer camión se vació y no vi por ningún lado a mi esposo. Esperé con ansias el cuarto y último camión, ya no era necesario pelearme por tener una vista mejor pues había poca gente y cada vez había menos. Del último camión no bajó ni un soldado más. Respiré hondo y di media vuelta. Las únicas personas que estaban en la calle, eran simplemente transeúntes. Me abracé a mí misma y caminé a casa, se estaba haciendo de noche.
— ¿Señorita? —gritó una voz detrás de mí. Me limité a voltear pero me detuve. Traté de mirar de reojo por encima de mi hombro pero no vi nada, por lo que decidí voltear — ¿Buscaba al soldado Grimmes?
— ¡Ewan! —sonrió al verme y mis esperanzas revivieron al instante. Mi corazón se aceleró y sin pensarlo corrí hacia él. Segundos después dejó caer su maleta para extender sus brazos en busca de un abrazo. Me lancé a sus brazos con tanta fuerza que juré haberle sacado el aire. Su mano derecha levantó mi mentón y me besó con ternura. No dude en llorar y abrazarlo fuertemente. Mis ojos se encontraron con los suyos.
—No llores, amor. Ya estoy en casa —dijo con una gran sonrisa.
—Estás vivo —susurré acariciando sus suaves mejillas.
—Tú también lo estás —No entendía cómo mi esposo estaba allí, pues jamás lo vi bajar de algún camión.
—Pero... Pero ¿Por dónde llegaste? Los camiones se vaciaron y nunca te vi bajar.
—No vine en camión. Louis, mi teniente, me mandó en auto con los generales porque mi baja en la compañía fue un pequeño secreto. Llegué hace unos minutos y supuse que estarías aquí, esperándome.
—Vaya —solté una leve sonrisa. Ewan miró a ambos lados, buscando a alguien.
— ¿Y Karim y Evan dónde están? —me quedé pensando, no sabía cómo contestar. ¿Cómo reaccionaría mi esposo ante la muerte de nuestra hija?
—Ehhhh... Bueno, Evan está en casa, podemos irnos y lo verás.
—Vamos entonces —respondió feliz.
Durante el camino le conté sobre el trabajo que tenía y no dejé que Ewan me preguntara sobre Karim. Lo atacaba preguntándole todo lo que se me ocurría. Me contó la terrible muerte de Alan, me habló un poco de Nicole, de sus últimas batallas y la manera en que le entregaron su medalla. Llegamos a casa y Ewan sonrió al darse cuenta en dónde estábamos viviendo. No creía que estuviéramos ocupando la casa de su abuelo. Ewan intentó abrir la puerta pero se lo impedí para preguntarle si hablaba enserio sobre su baja en la compañía, me respondió con una gran sonrisa afirmando con su cabeza que era verdad aquella noticia. Acarició mi mejilla y luego abrió la puerta.
— ¿Compraste muebles? —preguntó al ver las pocas, pero útiles, cosas que teníamos.
—Son de segunda mano. Regina y yo las compramos —Ewan recorrió el pequeño espacio tocando ligeramente la mesa y mirando todo lo que había, pronto miró las camas y suspiró para preguntar.
— ¿Por qué hay tres camas? ¿Acaso tu madre no está?
—Ewan, creo que debemos hablar —levanté mis hombros y me acerqué a la silla más próxima para sentarme, Ewan hizo lo mismo. Pronto lo tomé de la mano y hablé —Ewan, mi madre murió.
—Oh, lo siento, cariño. Sé lo importante que era ella para... —Interrumpí. Los ojos de Ewan parpadeaban más rápido que de costumbre, podía ser por la impresión.
—Está bien, no te preocupes. Cuando mi madre murió, Katia también murió, pocos días después —Ewan estaba tratando de entender a lo que me refería, miró en la habitación buscando a Evan o a Karim —Y luego...
— ¿Evan? Es Evan, ¿verdad? —Rompí a llorar, no me atrevía a mirarlo y decirle que estaba equivocado, mantuve mi cabeza baja, respiraba hondo para intentar dejar de llorar pero no pude. Pronto sacudí mi cabeza negando a su pregunta.
—Fue el mismo día que murió Katia —dije suspirando aún con la cabeza baja. Ewan volvió a tomar mi mentón para levantar mi cara, sus ojos tenían la tristeza que esperaba.
— ¿Dónde está mi bebé?
—Luisip Garden —Ewan soltó mi mentón y se levantó rápidamente de la silla frustrado por la noticia —Fue mi culpa. No pude hacer nada ese día. Una bomba cayó destruyendo todo y a todos. Resulté herida pero lo que me pasó no se compara con lo que le sucedió a mi Evan...
— ¿Dónde está Evan? —preguntó sin esperanza. Sus manos reposaban en su cadera y su rostro reflejaba demasiada rabia.
—Con Regina —respondí instantáneamente para no hacerlo pensar en cosas malas— En el parque. No tardan en llegar.
Ewan y yo continuamos hablando sobre nuestra bebé. Me hizo comprender que le dolía en el alma la noticia y que no había sido mi culpa. Pronto los dos superaríamos su muerte. Unos pocos minutos de silencio cautivaron a Ewan, miró nuevamente a su alrededor y fijó su vista en la alacena. Nuestra foto de hace casi diez años lo atrapó. Ewan sonrió y tomó la foto, se acercó a mí y me abrazó. Dijo que la guerra para nosotros había terminado. Pronto mi esposo me propuso mudarnos de Londres, mientras discutíamos la idea, la puerta se abrió; Evan y Regina estaban en casa.
Evan entró de espaldas, platicándole a Regina el resumen de su partido en el parque, como era costumbre.
— ¡Y luego, yo pateé el balón y cruzó la cancha! ¡Todos corrimos hacia el balón! —expresó con alegría y una gran sonrisa. Ewan volteó y se sorprendió de ver a Evan, había crecido tanto. Evan dio media vuelta y se quedó boquiabierto al ver a su padre con vida. Le costó trabajo decir algunas palabras, al final pudo hablar — Pa... ¡Papá!
—Hola, hijo —Ewan y Evan se abrazaron, Ewan lo cargó entre sus brazos y besó su cabello —Evan, te extrañé tanto. Me alegro volver a verte.
—Yo también te extrañé. Creí que habías muerto —dijo sin dejar de abrazar a su papá.
Aquella noche fue larga para todos, ya que nos quedamos hasta tarde platicando sobre las cosas que nos acontecían. Contarle a Ewan sobre la muerte de Karim me hizo sentir fuerte, quizá era lo que necesitaba. Cuando Evan se fue a dormir, Ewan se acercó para cobijarlo, como solía hacerlo en la casa de Francia.
— ¿Papá?
—Dime hijo.
—No volverás a la guerra, ¿verdad? —Ewan pensó regalarle una sonrisa a su hijo, pero sabiendo que Evan hablaba enserio, decidió responderle con la misma seriedad, aunque sus ojos reflejaban felicidad.
—No, no volveré.
— ¿Nunca?
—Nunca —Ewan sonrió y cobijó a su hijo.
A la mañana siguiente, Ewan me pidió que lo llevara al lugar donde Karim descansaba. Cuando terminamos el desayuno, nos dirigimos a Luisip Garden.
Una lápida que decía el nombre de mi bebé con su año de nacida y su año de muerte, estaba unido al de mi hermana Katia. Nos detuvimos y Evan puso flores blancas encima de la lápida. Nos quedamos una hora y luego salimos del túmulo.
Decidimos ir a caminar a la plaza pero Ewan tenía otros planes para nosotros. Nos llevó al Big Ben.
— ¡Mira papá! Es el Big Ben —gritó Evan con alegría.
—Así es y adivina qué —sonrió.
— ¿Qué?
—Te tengo una sorpresa, estoy seguro que te gustará.
— ¡Estupendo!
— ¿Qué le tienes preparado a tu hijo? —pregunté alegre, Ewan me miró y me guiñó el ojo.
—Ya verán.
Ewan corrió hacia un fotógrafo y fue entonces que supe las intensiones de mi esposo. Ewan hablaba con aquél hombre, inmediatamente sacó un billete de su bolso derecho y se lo entregó. Nos hizo señas de apresurarnos hasta donde estaba y allá fuimos. Cruzamos la calle con cuidado y nos acomodamos de tal manera que Ewan estuviera del lado derecho, yo del lado izquierdo y finalmente nuestro Evan al frente de nosotros. El Big Ben yacía detrás de nosotros, como paisaje.
Unas pocas semanas después, Ewan decidió ir en busca de la familia de Alan. Con la ayuda de Mirabell y sus contactos, los encontramos.
Ese mismo día, nos dirigimos a dicha casa. Ewan sabía qué les diría, sería difícil para mí. Llegamos a la calle que buscábamos y no tardamos en encontrar el número 7.
— ¿Estás seguro de esto, Ewan? —Le pregunté. Por un momento mantuvo silencio y suspiró.
—Sí, seguro —dijo— Vamos —Ewan se acercó a la puerta y tocó dos veces.
—Quizá ya no vivan aquí —repuse. Sin darme cuenta la puerta se abrió.
—Discu... Disculpe, ¿La familia Miller? —Tartamudeó Ewan. La mujer que estaba detrás de respondió en voz baja, tanto que parecía un susurro — ¿Dana?
—Sí, ¿Quién es usted? ¿Qué busca?
—Soy Ewan Grimmes. ¿Me recuerdas? —Dana se impresionó, al fin lo conocía en persona y sonrió.
—Sí. Pero por favor, entren. No se queden afuera, entren —Dana abrió completamente la puerta. No me sentía bien, traíamos malas noticias y Dana no lo sabía. Mientras nos sentábamos en el sofá, mi mirada se detuvo en bebita, que estaba dentro de un corral para bebés, era Sofía, la hija de Alan. Dana entró y cargó a Sofía entre sus brazos —Un gusto conocerte, Ewan.
—El gusto es mío, Dana. ¿Es Sofía?
—Sí, es ella. Mi bebé.
—Es hermosa —repuse. Sofía tenía el cabello rubio y sus ojos color verde eran enormes, sus mejillas estaban rojas, del mismo color que Karim tenía su frente. Sofía tenía la misma edad que tendría mi bebé. Mis sentimientos se encontraron cuando recordé a mi hija, mis visiones de mi hija se cortaron cuando vi a Dana sentarse, para hacernos compañía.
— ¿Qué te trae por aquí, Ewan? —preguntó Dana.
—Bueno, yo... Esto es para ti —dijo Ewan dándole a Dana la medalla que le pertenecía a Alan. Dana lo tomó y en cuanto lo vio, cerró su mano— Sabías que Alan era mi mejor amigo.
—Sí, lo sé. Siempre me escribía sobre ustedes, pero ¿dónde está? ¿Sigue en la guerra? ¿Por qué tú no estás con él, Ewan? Pasa algo... es... ¿está Alan muerto? —Nadie en la sala dijo nada. El silencio se interrumpió con el sollozo de Dana.
—Dana... —mi voz se quebró cuando me miró— Dana, sé cómo te sientes, es difícil y duele. ¿Sabes? Yo... yo perdí a mi bebé hace un año, tenía sólo tres meses de edad —mi voz se terminó de quebrar en las últimas palabras. Ewan estaba detrás de mí y pronto me tomó por los hombros al percatarse que no podía seguir hablando.
—Karim tendría la misma edad que tu hija —dijo por mí.
Dana abrazó a su hija de la manera más tierna que nunca había visto. Lloró durante el tiempo que estuvimos con ella y le prometimos que estaríamos en contacto.
Camino a casa, Ewan volvía a apoyarme con el tema de Karim. Recordar a mi hija me ponía muy triste.
Durante las siguientes semanas, Ewan consiguió trabajo en una librería, uno de sus lugares favoritos y como su antiguo trabajo. Por mi parte, renuncié a mi trabajo. Mirabell no quería que me fuera, pero tuve que decirle que ahora que mi esposo estaba en casa, me sentía obligada a prepararle un plato de sopa caliente para cuando llegara del trabajo y por otra parte, estaba esperando un bebé.
El 17 de Febrero de 1943, nació Gulliver; nuestro tercer hijo y un año después, el 18 de Septiembre de 1944, Ewan y yo tuvimos gemelas, Carol y Cathy.
Meses después del nacimiento de las bebés, Ewan compró un radio en el cual escuchábamos las noticias de los últimos años de la guerra. En especial, con la noticia de la muerte de Hitler y cuando la guerra llegó a su fin con la bomba atómica en Hiroshima. Todas las noches era cuando prendíamos el radio. No sólo eran noticias lo que escuchábamos sino también Evan aprendió algunas canciones y en la noche cantaba para nosotros.
Ewan pronto fue ascendido en su trabajo, gracias a sus conocimientos y su facilidad para aprender idiomas. Llegó a ser Director de Library Wairneth.
Con Evan tuve una gran cercanía, pues fue con él que sobreviví los duros momentos de la guerra. Nuestra relación de madre-hijo jamás se vio afectada de ninguna manera, estábamos conectados.
—Evan, toma hijo. Esto te pertenece —le dije mientras limpiaba un cajón de la alacena.
— ¿Qué es? —preguntó curioso.
—Tu casquillo —respondí con una sonrisa. Evan no lo creía, pues durante los últimos 3 años, el casquillo estuvo guardado en aquél cajón. El mismo casquillo que Evan me dio minutos antes de que Karim naciera— ¿Recuerdas dónde me lo diste?
—Sí —acariciaba su casquillo y sacó la nota que había, un papel ya viejo que aún conservaba el escrito— Minutos antes de que Karim naciera.
—Así es.
Los siguientes años fueron los más tranquilos de mi vida.
Evan Grimmes se casó a los 22 años, con Lisa Jabers y tuvieron a su primera hija, a la que llamaron Karim. Ambos se mudaron a Francia, como lo hicimos Ewan y yo hace 22 años. De vez en cuando, nos venían a visitar o Ewan me llevaba a verlos.
Gulliver Grimmes, se convirtió en médico. Jamás se casó, pues era un donjuán, como Ewan lo fue en sus años de soltería. Se mudó a América en 1970
Carol, la gemela mayor se casó y tuvo dos niños, Owen y Eric. Y Cathy, siempre fue la consentida de Ewan, su pequeña Cathy. Estudió Literatura y ahora es maestra en una de las universidades de Oxford.
Ewan y yo no volvimos a saber algo de Thomas o Nicole. Dana se mudó y jamás volvimos a tener contacto. Nunca nos mudamos de Londres. Viajamos juntos a Nueva York para visitar a la familia de Ewan. Para el año de 1993, Ewan y yo habíamos cumplido 50 años de casados. Llegamos juntos a la vejez y en el año de 1994, Ewan falleció por una falla al corazón en el Hospital de Londres. Un mes después, mi corazón también se detuvo. Ewan y yo perdimos la vida a la edad de 80 años.
— ¿Regina?

