lunes, 4 de agosto de 2008

Capítulo XVIII // Evan

-Muy bien, Ewan. ¿Sientes algún dolor? – preguntó el doctor.
-No, ninguna – mintió Ewan. Su rodilla le daba molestia pero no dijo nada ya que quería salir del hospital lo antes posible.
-Bueno, en ese caso dentro de unos pocos días volverás a tu escuadrón.
-Gracias doctor – dijo Ewan.
-Por nada – respondió el doctor y salió.

Ewan estaba emocionado, pronto estaría lejos del hospital. Todo el tiempo que estuvo dentro del hospital le ayudó a pensar todas las cosas por las que pasaba, lo que haría o diría. Recordaba a Evan y ansiaba verlo, después de ese sueño que tuvo Ewan sabía que volvería a ver a Evan y a mí.

-¡Alan! Qué bueno que estas aquí – gritó Ewan.
-Un gusto verte de pie, Ewan – dijo Alan abrazando a su amigo – Y ¿qué hay de nuevo? Vi salir al doctor hace un momento de aquí.
-Sí, vino a revisarme y adivina algo.
-¿Qué?
-Dentro de unos pocos días, me dará de alta.
-¡Genial! Qué buena noticia – Sonrió Alan. Para Alan era una buena noticia ya que sentía que le hacía falta la presencia de Ewan.
-Cambiando de tema ¿Qué sabes de Londres? – preguntó Ewan.
-Siguen atacando, de hecho han comenzado a atacar por las noches. No sé nada más y tampoco sé si podamos entrar a Londres.
-Ya verás que sí. ¿Has pensado en decirle a tu mamá sobre lo…de…?
-Sí, sí. Le diré cuando esté allá, si es que no nos mandan a Italia antes – respondió Alan con pena.
-Pero eso no es seguro, ¿verdad? ¡Nuestra compañía no está completa!
-Los reemplazos están llegando, no se sabe nada, Ewan.

Varios ejércitos ingleses estaban por entrar a Italia. Dentro del batallón en donde Ewan se encontraba, unos pocos escuadrones serían mandados también. Ewan no sabía si se quedaría en el mismo escuadrón o lo cambiarían y tampoco sabía si saldría en batalla.

Mientras tanto, dentro del sótano, Evan estaba jugando con Regina. Vi a mi hijo tal cual era, pensé que estaba volviendo a ser el de antes. Mi hermana Katia y mi madre habían salido a conseguir algo de comida, no era probable que encontraran algo, pero no perdíamos la esperanza. Regina y yo temíamos que no regresaran, los bombardeos eran constantes.

-Llegamos – dijo Katia abriendo la puerta.
-Me alegra – dijo Regina.
-No conseguimos mucho, pero creo que será suficiente para unas cuantas semanas más – dijo mi madre mientras sacaba las cosas de una gran bolsa – Klein, necesito decirte algo, ven acá.
-Sí – tomé a mi madre y nos alejamos de la mesa – dime, soy toda oídos.
-Fui a la tienda del señor Ralph y escuché que hay alerta en todo Reino Unido, porque se teme que haya una invasión alemana – dijo mi madre.

Me quedé petrificada al escuchar tal declaración. En ese mismo instante pensé en Evan y en mi hijo que estaba por nacer. Sentía que todo estaba yendo mal. Decidí explicarle a Evan lo que podía suceder esa misma tarde.

-Evan, ven aquí – le dije.
-Dime.
-Tengo algo que decirte
-¿Es malo? – preguntó abriendo los ojos.
-Escucha, ¿recuerdas cuando nos atacaron en los suburbios? – pregunté sin tratar de preocupar a mi hijo.
-Sí, mami.
-Bueno, pues es posible que suceda lo mismo. No te quiero preocupar hijo, sabes que yo te cuidaré. Veremos muy pronto a tu papá y todo volverá a la normalidad, ¿de acuerdo?
-¿Vamos a volver a Francia?
-No lo sé, Evan, pero por ahora no – dije.
-De acuerdo, mami – dijo dándome un abrazo.

Esa tarde nos sentamos a la mesa a comer lo que había y justo al comenzar a recoger la mesa, escuchamos a los aviones alemanes a atacar todo Londres. Evan , quien tenía un plato en sus manos lo dejó caer.

-Evan…tranquilo, no pasará nada, hijo – lo miré.
-Sí…- respondió cortado y asustado. Evan estaba respirando muy rápido y fuerte, tan fuerte que podía escucharlo.
-Katia, no llores – dijo mi madre. Regina le dijo que no sucedería nada.

Pronto comencé a recoger la mesa intentando fingir que nada malo sucedería, mi madre me siguió y pronto Regina hizo lo mismo. Los bombardeos eran cada vez más constantes, por unos momentos se detenían pero no tardaban en volver a dejar caer bombas. Un estallido se escucharía muy cerca de donde estábamos. Pudimos escuchar como las casas se derrumbaban, posiblemente podía ser la nuestra. Dentro del sótano, nadie decía nada, estábamos asustados. Pasaron casi cuatro horas antes de que decidiera al fin hablar.

-Regina ¿has pensando en algún nombre para mi hijo? – rompí el silencio.
-Ehhh…yo, la verdad no, pero creo que Katia sí – respondió
-Me gusta el nombre de Ángela – dijo Katia.
-¿Ángela? – Preguntó mi madre - ¿Y si es niño?
-Charlie – respondí. Me sentía bien que mi decisión por romper el silencio haya funcionado. Mis hermanas, mi madre y Evan ya no estaban pensando de lleno en los bombardeos.

Tenía aproximadamente cinco meses y medio de embarazo. Ciertas noches pensaba en cómo le gustaría a Ewan llamar a nuestro bebé, pensaba en que yo tenía la decisión y debía asegurarme de que Ewan estuviera de acuerdo conmigo.

Ewan y Alan se encontraban solos en una habitación. Ewan yacía en su camilla mientras que Alan estaba sentando en un sillón.

-¿Has pensado en cómo llamar a tu hijo cuando nazca? – preguntó Alan.
-No, no lo sé. Quizás… ¿Charlie? – Se preguntó a sí mismo – Evan se iba a llamar Charlie, ¿lo sabías?
-No, ¿Por qué lo llamaste Evan entonces?
-Por mi abuelo. Murió unas semanas antes de que Evan naciera
-Oh lo siento – se lamentó Alan.
-No te preocupes, está bien. Mi abuelo era muy amable y ansiaba tanto que Evan naciera. Lo quería mucho, me apoyaba en todas mis decisiones y siempre estaba yo ayudándole en lo que podía. Podía confiar en él ciegamente.

Ewan tenía razón, su abuelo era todo para él. El señor Evan ayudó a Ewan a conseguir la pequeña casa en Francia. Nos ayudaría a mudarnos pero por desgracia murió de un infarto al corazón. Para ese tiempo Ewan experimentó su tristeza que muy pronto se convertiría en felicidad cuando Evan nació. Ewan decidió cambiar el nombre de Charlie a Evan en honor a su gran abuelo al que extrañaba demasiado.

-¿Y si es niña? La llamarás como tu madre, supongo – dijo Alan.
-No, difícilmente podría llamarla como mi madre.
-¿Puedo preguntarte algo?
-Claro, dime – respondió Ewan.
-¿Qué hay de tus papás? Digo, lo que pasa es que te preocupa mucho Klein y Evan, pero nunca he escuchado que preguntes por tus padres – Alan miró a Ewan esperando que no metiera la pata y no fue así, pues Ewan sonrió.
-Bueno, debes saber que ellos no viven en Londres. Se mudaron a América cuando mi abuelo murió. Mi hermano Frank y mi hermana Catherine también viven allá – respondió Ewan con algo de pena. Sin pensarlo los recordó. Alan notó su cambio de cara.
-Vaya, creo que no terminaron bien, ¿cierto?
-Exacto, me corrieron de la casa cuando supieron que Klein estaba embarazada, me fui con mi abuelo y la única persona que no dejó de hablarme fue Frank, mi hermano.
-Eso no lo sabía – respondió dudoso.
-¿Y que hay de tu padre? Sólo sé de tu madre, espero no incomodarte – preguntó tratando de cambiar rápidamente el tema.
-No, para nada. Mi padre vive en América también. Mi madre no lo sabe pero el día en que mi padre nos abandonó lo seguí hasta la estación de tren. Traté de esconderme pero me vio, se acercó a mí y me dijo que lo hacía por mi bien, que mi madre no se debía enterar. Me dijo que si algún día quería hablar con él que lo buscara en América.
-¿No te dijo en qué parte de América? América es muy grande – dijo Ewan.
-No. ¿Tú sabes en dónde está tu familia?
-Sí, Nueva York – respondió.

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