sábado, 19 de julio de 2008

Capítulo XVII // Sueño

Varios días habían pasado desde que llegamos a escondernos al sótano. El Blitz dio comienzo el 24 de agosto. Días después, aviones alemanes comenzaron a atacar durante las noches. Los bombardeos eran constantes, eran diarios y poco a poco te acostumbrabas a ellos. Ciertas veces, cuando una bomba estallaba cerca era cuando recordabas que la Luftwaffe estaba atacando Londres. Evan comenzaba a preguntar cada vez más acerca de su padre.


-¿En dónde está mi papá ahora, mami?

-No lo sé, Evan. Realmente no sé en dónde, pero supongo que debe estar pensando en ti – le respondí con ternura. Sentía que la cara de Evan estaba cambiando, se estaba volviendo muy negativo ante las cosas. Preguntaba constantemente si Ewan volvería vivo a casa, si algún día llegaría a ver al bebé o si volvería para su cumpleaños.


Ewan se encontraba desayunando en su camilla, a pesar de que se veía bien sus piernas le estaban comenzando a dar problemas. El tiempo para Ewan se le hacía eterno, sentía que jamás saldría de ahí. Días antes, Alan no visitaba a Ewan y éste sabía que algo malo estaba sucediendo, ese mismo día Alan se apareció. Ewan sintió un alivio al verlo bien y tenía ansias de que le contara toda nueva noticia que tuviera.


-Buenos días. Es un milagro que te aparezcas por aquí – dijo Ewan bromeando.

-Lo sé, ¿cómo estás? – preguntó Alan fríamente.

-Bien, gracias aunque mis piernas me están dando molestias, creo que es por aquél día que salí de la camilla.

-Ya sabía yo que no era una buena idea. Bueno, tengo que irme, pasé a saludarte – se despidió Alan con una mirada triste. Ewan supo de inmediato que algo no estaba bien.

-Espera, algo sucede y no me quieres decir. Anda dime, soy tu amigo, puedes confiar en mí.

-Gracias Ewan, de verdad te lo agradezco, pero tengo que irme.

-No, tú no te vas hasta que me digas que está sucediendo – insistió Ewan pensando que se trataba sobre Evan y yo.

-No tienes de qué preocuparte, es… - se le quebró la voz a Alan. Tomó asiento y tragó saliva para deshacer el nudo en su garganta. Ewan lo miraba esperando ansioso una respuesta, quería saber qué era lo que realmente sucedía ya que la cara de Alan reflejaba una mala noticia. Por fin salieron unas palabras de su boca, se trataba del hermano de Alan.

-¿Qué sucede con él? – preguntó Ewan.

-Murió hace unos días – La garganta de Alan no dejó que terminara su oración y oprimía sus labios, miraba al suelo intentando no derramar alguna lágrima.

-Lo siento mucho, Alan. No lo conocí pero supongo que fue un buen hermano.

-Gracias, Ewan – dijo. Su hermano se llamaba David, tenía 22 años y murió a causa de una granada. David llevaba 8 meses dentro de la guerra, cada vez que podía le escribía a Alan contándole todo lo bueno y lo malo. Esa mañana Alan no podía creer que su hermano estuviera muerto, no tenía idea de cómo decirle a su madre a la que vería dentro de unas pocas semanas.

-¿Les dirás ahora a tu madre? – preguntó Ewan curioso.

-No lo sé – respondió Alan con la cabeza baja.


La noche en Londres cayó, mis hermanas, mi madre, Evan y yo nos encontrábamos cenando y platicando sobre los recuerdos de hace algunos años atrás. En mi cabeza rondaba una y otra vez la idea de escribirle a Ewan, que supiera que estábamos bien, pero llegaba al mismo punto, a la misma duda en si llegaría la carta. Casi la mitad, o incluso, toda la ciudad estaba destruida, dudaba en si alguna oficina de correos estaría abierta, la noche continuaba y se podían seguir escuchando los bombarderos.


-Ya terminé, mamá – dijo Evan acercándome su vaso vacío.

-Muy bien, ahora da las buenas noches a tu abuela y tus tías.

-Buenas noches abuela, buenas noches tía Katia, buenas noches tía Regina.

-Buenas noches, mi niño – dijo mi madre dándole un beso en su frente.

-A la cama, anda – le ordené.


Minutos después de que Evan se fue a la cama, mis hermanas hicieron lo mismo. Me quedé sola con mi madre a la mesa; platicando. Pensé que era el momento adecuado para aclarar lo que Evan me dijo hace unas semanas antes de refugiarnos en el sótano.


-Mamá, necesito que hablemos de algo – le dije seriamente.

-Claro, hija. Dime

-No aquí. Salgamos – propuse

-¿Salir? ¡Estás loca, Klein! – gritó por dentro. Pudo haberlo dicho de manera más fuerte, pero el silencio que había dentro del sótano la obligaba a no hacerlo.

-No puedo discutir esto aquí, por favor mamá – insistí.

-Mira, Klein, te juro que si algo nos pasa…

-No nos pasará nada. Anda, afuera – le dije en voz baja.


Al salir el frío calaba los huesos, me abracé a mi misma mientras mi madre maldecía el clima. Sus dientes comenzaban a chocar, podíamos haber discutido dentro del sótano, pero quería darle una lección a mi madre. Los aviones alemanes se escuchaban pasar, oíamos algunos bombardeos a lo lejos. Miré hacia el cielo estrellado, bajé la cabeza y mi madre me miraba de mala manera.


-¿Qué cosa no puedes decirme dentro del sótano? ¡Andale! Verás que aquí sí puedo gritar – dijo. Le sonreí maliciosamente.

-¿Por qué le dijiste a Evan que su padre mata gente? – solté mi pregunta. Mi madre me miró y pronto recordó lo que le dijo a Evan, supe que me contestaría de la manera más cínica que pudiera.

-Porque es la verdad, hija. ¿Quieres que le mienta? – preguntó impertinente.

-¡Por favor, mamá! ¿Puedes dejar tu impertinencia a un lado? ¡Evan es un niño, tiene 6 años! No seas tan grotesca con él – le grité llevándome las manos a mi cadera.

-¿Acaso tu marido y tú nunca se lo dijeron? No, no lo hicieron.

-Si no le dijimos absolutamente nada fue por una razón – le respondí.

-¿Por miedo? Hija, Evan ya vivió lo suficiente para saber qué es lo que realmente su padre hace dentro de la guerra.

-Hay maneras de explicárselo ¿Acaso no sabes que hay maneras de decírselo? ¡¿Sabes lo que Evan puede hacer al saber ese tipo de cosas tan crudamente?! ¡¿Lo sabes?! – pregunté llorando. Mi madre se quedó en silencio y supo que había hecho mal en decirle a Evan sobre su padre.

-No, hija. No lo sé – respondió.

-Pues espero que ahora lo sepas y tengas claro esto porque no quiero que le vuelvas a tocar el tema a Evan, no te corresponde hablarle de esa manera. Te lo prohíbo, te prohíbo que le hables de Ewan – dije aún con lágrimas en los ojos. En cuanto pude me metí al sótano, dejando a mi madre sola. Entré a la cama con Evan, lo abracé y traté de dormir.


-¿Mamá? – Dijo Evan en voz baja – tu pancita ya está creciendo, ¿verdad?

-Sí, Evan – Sonreí con los ojos cerrados y le dije que durmiera.


Ewan se encontraba dentro del vagón del tren que lo llevaría hasta Londres. Sabía que dentro de poco nos encontraríamos. Estaba algo impaciente por verme, se miraba sus zapatos, jugaba con sus manos y sonreía. Llevaba puesto su traje militar y pensaba en qué decirle a Evan cuando lo viera, pensaba en cómo estábamos. De pronto el vagón se detuvo, Ewan se incorporó rápidamente y tomó su equipaje. Estaba feliz de estar en casa. Al salir vio demasiada gente, buscó entre tantas caras alguna que le fuera familiar y encontró la de mi hermana Katia, miro hacia los lados y ahí estaba yo, se apresuró y al llegar miró a Evan que ya no era el niño de 6 años, lucía más grande.


-¿Evan? – preguntó.

-¡Papá! ¡Papá llegaste! – gritó Evan con alegría. Ewan no tardó en abrazarlo.

-¿Están bien? ¿Tu mamá está bien? – preguntó emocionado.

-Sí, estamos bien – respondí mirando a Ewan.

-Klein…no puedo creerlo – tartamudeó.

-Bienvenido nuevamente a Londres, Ewan – dijo mi madre con una sonrisa.

-Muchas gracias, señora Emily – dijo Ewan extendiendo su mano – Estoy muy feliz de verlos nuevamente, por todo lo que pasé esto es realmente lo mejor. Mirar a nuestro hijo, que no lo vi durante casi cuatro años.

-Papá ¿puedes contarnos lo que te sucedió en la guerra? – preguntó el más pequeño de la familia.

-Claro, hijo. Eso mismo venía pensando en el tren, tengo mucho que contarles.

-¿Cómo te llamas, papá?

-Ewan - contestó confundido.

-¿Ewan? – volvió a preguntar.

-Sí, Ewan.


Ewan abrió sus ojos respirando profundamente. Poco a poco entendió que todo lo que sintió vivir no fue más que un sueño, se sintió triste y decepcionado. Sus ansias por vernos eran tan grandes que soñaba con volver a vernos en Londres.


-¿Ewan? – llamó uno de los doctores.

-Sí, soy yo – respondió con voz alta.

-¿Qué tal? ¿Cómo te sientes el día de hoy? – preguntó amablemente.

-Bien, gracias – respondió tratando de sentarse en la camilla.

-Muy bien, Ewan. Veremos como estás, te haré caminar, ¿de acuerdo?

-Sí -- El doctor revisó a Ewan para su rehabilitación. Pronto se recuperaría y volvería a las filas de su escuadrón.

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