sábado, 12 de julio de 2008

Capítulo XIV // Hogar, dulce hogar

Por la madrugada, a las cinco de la mañana tuve que despertar a Evan. Mi hijo estaba tan feliz de que estuviéramos en Inglaterra, jamás había ido. Siempre le prometía que algún día visitaríamos a su abuela, pero no teníamos suficiente dinero para viajar los tres. Ahora estábamos ahí, mi bebé nacería en Inglaterra justo para el año de 1941.

-Hace frío.
-Sí, abrígate bien - le ordené.
-Mamá ¿recuerdas cuando yo era muy chiquito y me decías que algún día visitaríamos Inglaterra?
-Sí, sí recuerdo.
-¿Y puedes creer que ahora ya estamos en Inglaterra?
-Sí, Evancillo. Ya estamos aquí - le dije con una sonrisa.

Mi madre, mi hijo y yo nos abrigamos muy bien, salimos hacia la cubierta del barco, estábamos a punto de llegar. Evan miraba con asombro el puerto de Deal y preguntaba si de verdad era Inglaterra, mi madre le contaba todo lo que nos encontraríamos en el camino, Evan se emocionaba aún más. Al bajar del barco, mucha gente estaba esperando encontrarse con sus seres queridos, mi madre esperaba que mis hermanas estuvieran ahí, pero no era así. Tan pronto como bajamos, tomamos un tren que nos llevaría a Londres y por fin llegar a casa de mi madre.

-Abuela, ¿tienes patio? - preguntó.
-Sí - contestó mi madre.
-¿Y tienes balones?
-No, Evan. ¿Sabes? No hay niños en nuestra casa, no tenemos juguetes.
-No te preocupes, abuela.

Tuvimos un día y medio de viaje, el tren en el que viajamos tuvo una descompostura, pero pronto estaríamos llegando a Londres. Evan estaba desesperado por llegar, para entretenerlo en algo decidí preguntarle por qué el soldado alemán lo había aventado al suelo el día que arrestaron a los judíos.

-Me quería quitar mi casquillo - respondió.
-Se lo hubieras dado, hijo. Pudo haberte lastimado.
-Pero mi papá me dijo que lo guardara hasta que él regresara de la guerra, además es mío.
-Lo sé, sé que es tuyo pero no quiero que te hagan daño.
-Es que tú no sabes, el casquillo es importante, mira, te enseñaré - dijo Evan y sacó su pañuelo sucio, lo abrió y sacó el casquillo. Dentro de éste había una nota que Ewan le escribió.
-¿Puedo leerla? - pedí permiso a Evan, aunque fuera un niño y mi hijo, él también tenía su privacidad.
-Sí - dijo. La abrí y para mi sorpresa, era algo realmente dulce de parte de Ewan. Era una pequeña nota que decía 'Te Amo' - ¿ves por qué no quería darle mi casquillo?
-Está bien, pero oculta eso. No quiero que vuelva a suceder, ¿entendido? - le dije. Evan contestó moviendo la cabeza y guardando su casquillo.

Habíamos llegados a la estación en Londres, después de tanto viaje al fin descansaríamos. Evan no dejaba de admirarse por todo lo que veía. Decidimos tomar un autobús y al abordarlo recordé cuando Ewan y yo éramos novios. Nada era parecido a todo lo que nos imaginamos cuando estuviéramos casados, pero eso sí, lo único que no había cambiado era que estuviéramos juntos. Vi la imprenta en donde Ewan trabajó por primera vez, muchas cosas se me vinieron a la mente y pensaba en Ewan que justo en esos instante cuando yo recordaba nuestro noviazgo él estaba en Bélgica pasándola muy mal.

Alan se encontraba con Roger, ambos preparando sus arma. Por la mañana los alemanes los atacaron durante dos horas y un segundo ataque estaba por venir. Su base estaba siendo destruida y era única la compañía que estaba en ese lugar. Debido a la profundidad en que estaban, un batallón entero iría su rescate. Poco menos de la mitad de los hombres habían muerto, Alan estando mal herido podía disparar pero le preocupaba Ewan quien estaba tirado inconsciente a medio campo de batalla.

-No puedo dejar a Ewan ahí, ¡no puedo!
-Tranquilo, Alan. No podemos salir, es demasiado peligroso, espera que las cosas se calmen un poco e intentaré ir - dijo Roger.
-Ewan se está muriendo, necesita atención...¡necesita ayuda! - gritó Alan.
-Por favor Alan, no pongas las cosas más difíciles. Pronto iremos a traer a Ewan, no te preocupes. Tu herida está muy mal y no puedes hacer movimientos bruscos, entiende.

Al comenzar el primer ataque, dos balas atravesaron el brazo izquierdo de Ewan, estaba rasgado y se podía ver la carne, mientras corría para llegar a la base, una bomba explotó cerca de él haciéndolo caer. Ewan perdió el conocimiento, Alan consiguió refugiarse en su zanja junto con Roger.
A pesar de que Ewan se sentía bien después de que una pared le cayera encima y un metal se incrustara en su brazo, sus heridas por dentro aún no sanaban perfectamente. Su cuerpo estaba resintiendo todo lo anterior y ahora más por la herida tan profunda que tenía.

-¡Llegaron, llegaron! - gritó Alan entusiasmado. Cuando cinco tanques británicos llegaron en rescate de la compañía los alemanes no tardaron en abrir fuego.
-¿Ewan? ¿Me escuchas? - dijo el médico. Ewan abrió los ojos e intentó hablar pero el médico se lo impidió - todo estará bien, Ewan. No trates de hablar, ¿de acuerdo? Vas a estar bien, hijo. Te llevaremos a un lugar seguro.

Sin hacer tanto alboroto los soldados ingleses recogieron a sus compañeros, un médico recogió a Ewan y salieron de batalla. Los llevaron fuera de peligro, Ewan estaba mal, sus heridas eran graves y dolorosas, tardarían en sanar. Debido a esto Ewan no volvería a la guerra durante un tiempo.

Mi madre y yo contábamos sobre cómo había cambiado las ciudad desde que me mudé. Me dijo que lo único que no había cambiado era la calle en donde estaba nuestra casa y recordamos el día en que les dije a mis padres que estaba embarazada de Evan.

-Tu padre estaba furioso - dijo mi mamá.
-Sí, aún recuerdo sus gestos de enojo. Ewan temía que le hiciera algo. Un día antes de decirles, Ewan me sugirió escaparnos sin decir nada, pero conociendo a mi papá supe que nos buscaría por todos lados, así que lo convencí de que habláramos.
-Y eso de que tus hermanas guardaran el secreto fue lo que más enojo le dio a tu papá, claro haciendo a un lado a Ewan, que era el principal centro de furia de tu padre.
-¿Aún sigue hablando mal de él?
-Sí, ya sabes como es. Dice que si nunca te hubieras embarazado de él, justo ahora te tuvieramos en casa, como Regina y Katia, pero trato de calmarlo diciéndole que al menos eres feliz. Siempre quise ir a buscarlos pero tu padre me lo impedía.
-¿Por Ewan?
-Sí, tu padre lo odia tanto, pero menos que ese día. Al menos supo hacer bonito a Evan, aunque tenga toda su cara.
-¿Y tú? ¿también lo odias?
-No, hija. Yo no. Cuando supe que estabas embarazada me dio alegría, tendrían a su propio hijo. Nunca estuve en contra de ustedes, pero por tu padre tenía que disimular que su relación era mala. Ese era uno de los motivos por los cuales quería ir a verlos, para decirte como eran las cosas.
-Entiendo, pero no te preocupes mamá. Gracias por no llevarme a América - dije sonriendo.
-¡Mamá! ¡Mira! - gritó Evan - ¡Es el Big Ben! ¡El gran reloj!
-Así es, Evan. ¿Ves lo grande que es? - pregunté.
-Sí, no creí que fuera así de grande - dijo Evan mirando con asombro el Big Ben. Siempre le hablaba a Evan sobre el reloj, que era una de las atracciones de Londres, Evan me preguntaba si el Big Ben era mucho más grande que su papá o que su escuela o si alcanzaba las nubes - ¿Crees que algún día podamos ver de más cerca el Big Ben, mamá?
-Sí, muy pronto, Evan.

Al llegar a la estación, bajamos del autobús y caminamos para por fin llegar a casa de mi madre. El camino había sido realmente largo y no recordaba que fuera tan largo cuando me fui con Ewan. Mientras caminabamos, vi la que fuera mi escuela, en donde conocí a Ewan.

-Evan, ¿puedes ver esa escuela? - pregunté.
-Sí.
-En esa escuela estudiamos tu papá y yo - dije.
-¿Ahí se conocieron? - preguntó curioso.
-Sí. Tu papá siempre me compraba galletas y las comíamos juntos durante el descanso en aquella jardinera - le dije señalándole.

Ewan siempre compraba cinco galletas, dos para mi y dos para él, la quinta galleta la partíamos por la mitad. Cuando no tenía suficiente dinero sólo compraba dos, una para él y la otra para mi. Sus amigos se burlaban de él y mis amigas se burlaban de mi pero a nosotros no nos importaba, teníamos 16 años.
-Por fin llegamos - dijo mi madre. Sacó su llave y abrió la puerta - Pasa Evan, esta es mi casa.
-Está muy bonita, abuela.
-Aquí pon las cosas, hijo. En un momento más las acomodarémos en sus habitaciones, ¿bien?
-Sí.
-Ay mamá, si supieras los recuerdos que ahora se me vienen a la mente. Entrar de nuevo a esta casa, me siento muy feliz - dije sonriendo.
-Espero que no te hayas olvidado de las habitaciones o los baños - contestó mi madre con burla.

Evan estaba examinando la casa, entraba y salía. Vio las escaleras y decidió subir, en nuestra casa de Francia no teníamos escaleras. Al estar en la parte de arriba no esperaba que dos mujeres se asomaran por la puerta, Evan se espantó y bajó rápido. Tan pronto como mis hermanas lo vieron, lo siguieron hasta las escaleras.

-Mamá, hay dos mujeres allá arriba - dijo asustado. Yo sonreí y me asomé para verlas.
-¡Klein! - gritaron mis hermanas. La mayor era Regina y la menor Katia.
-Hola Regina, Hola Katia ¿cómo están?
-Klein, no te esperábamos. Estoy bien, gracias ¿y tú? - dijo mientras bajaba de las escaleras.
-También bien. Espantaron a mi hijo - dije.
-¿Es Evan? - preguntó Katia.
-Sí, es él.
-No lo reconocí, creí que era el hijo de la vecina. Hay veces que se mete a robar pan.
-No soy un ladrón - contestó Evan con miedo.
-No, hijo. No se refieren a tí. Mira, ellas son tus tías, ella es Katia y ella Regina.
-Lo siento, tías.

Katia y Regina rieron. Abrazaron y besaron a Evan por mucho tiempo. Me sentía nuevamente en casa, al parecer mi hijo también estaba feliz. Mi madre preparó café, sacó unas galletas y cenamos. Mis hermanas estaban asombradas por verme y ver a Evan, tenía seis años de no verlas y no saber de ellas. Nos contaríamos las nuevas. Por fin llegamos a nuestra casa sin saber lo que pronto se venía.

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