martes, 10 de junio de 2008

Capítulo IV // Los Suburbios

Mi madre se había ido, Evan y yo volvíamos a estar solos en casa. Los días pasaban y me sentía tranquila pero por las noches pensaba si estaría peleando, descansando, bebiendo o no sé. El sueño me venció y quedé pensando nuevamente.

Mientras yo dormía, Ewan estaba refugiado en una zanja en Polonia, platicando con Alan. Alan era su nuevo compañero, tenía 20 años de edad y estaba casado, esperaba a su primer bebé. Le aterraba no volver a ver a su esposa y menos a su bebé.

- Fue gracioso todo porque justo un día antes de venir a la guerra, mi esposa me dijo que estaba embarazada - dijo Alan sonriendo.
- Creeme que eso no es lo único gracioso - dijo Ewan recordando aquella noche.
-¿No? ¿Por qué? Espera, no me digas, ¡tu esposa también está embarazada! - Alan reía a carcajadas porque pensó que estaban en la misma situación.
-No, que va. Justo un día antes de partir, le hice el amor, ¿puedes creerlo? Tener cabeza para hacer el amor y hacer a un lado la guerra, dificil, ¿no? - dijo Ewan tomandolo a broma.
-¡No! ¿en serio? - Alan pensaba que Ewan bromeaba, pero éste movía la cabeza afirmando lo que decía - ¿Sabes? No puedo esperar a ver a mi bebé.
- ¿Para cuándo nace? - preguntó Ewan.
-Dentro de 7 meses, estoy muy felíz - respondió Alan.
- Sí, un bebé te cambia la vida, mi Evan me cambió la vida - dijo.
-¿Dices que tiene 6 años? ¿Nació en Francia? - preguntó Alan con curiosidad.
- Si, tiene 6 años, cuando yo tenía tu edad nació. Nació en Inglaterra, un mes después nos mudamos a Francia y comenzamos a vivir como una familia.

Ewan recordaba todo lo que habíamos pasado juntos y extrañaba vernos. De pronto se escucharon disparos y rápidamente Ewan, Alan y los demás pelotones abrieron fuego. Alan estaba un poco asustado pero disimulaba, Ewan mató a tres alemanes seguidos. Una granada cayó cerca de la zanja de Alan y Ewan, se reincorporaron rápido y siguieron disparando. Varias granadas explotaron muy cerca de los alemanes y mató a muchos de ellos. Los pocos que quedaban salíeron corriendo, Alan y Ewan volvieron a sentarse y a respirar tranquilos. Su ataque no fue riesgoso a excepción de la granada cerca.

A la mañana siguiente, Evan me levantó. Tenía hambre y parecía estar desesperado.
-¿mamá? ¿estás despierta? - me dijo mientras levantaba uno de mis párpados - mamá, tengo hambre.
-Evan, déjame dormir un ratito más, porfavor - le dije mientras cubría mi cabeza entre las almohadas.

Evan se levantó y se dirigió a la cocina, tenía tanta hambre que no podía esperar a que me levantara y preparara todo. Sacó un vaso del mueble alto y sirvió leche, la botella de leche era pesada y Evan no resistió el peso y la dejó caer, la botella cayó a la mesa y rodó hasta llegar al suelo. El ruido me despertó y corrí a saber si Evan estaba bien.

-¡Evan! ¿qué pasó? - Dije asustada.
-Yo quería servirme leche pero la botella estaba muy pesada y la solté - dijo asustado también.
-Ay Evan, no te muevas de ahí ni te bajes de la silla, para que no te cortes - le dije mientras buscaba la escoba para recoger los vidrios.
-¿Mamá, te enojaste? - preguntó Evan.
-No, hijo, fue un accidente. No te bajes hasta que termine - le dije mientras limpiaba todo.
-Está bien.

Salímos a comprar más leche, el último litro que tendríamos para dos semanas, dudaba si nos alcanzaría pero yo no tomaría leche, si acaso un sorbo del vaso de Evan. Mientras estabamos en la tienda, una señora comenzó con lo que sería un rumor muy fuerte. Decía que los alemánes atacarían nuestro suburbio, lo había escuchado de una mujer quien le había vendido sexo a un soldado que pasaba por ahí. Traté de no hacer caso a lo que mis oídos escuchaban pero una persona respaldaría lo que escuché. Entrámos a nuestra casa y nuevamente mi madre estaba ahí.

-¡Abuela Emilie! - gritó Evan corriendo hacia ella.
-Hola Evan - respondió.
-Mamá, pensé que estarías rumbo a Inglaterra, no te esperaba.
-Yo tampoco pensaba volver. Necesito hablar contigo, ¿podemos? - me dijo mientras me tomaba del brazo.
-Evan, puedes salir un momento, porfavor - le dije - Dime madre mía.
-Klein, tienes que salir del suburbio e irte conmigo.
-¿qué? ¿por qué? - le pregunté pensando en lo que había escuchado.
-Hija, los alemanes van a atacar los suburbios de París que colinden con Bélgica, Luxemburgo y Alemania. Ví a tu padre hace unos días y él me dijo todo eso.
-¿Por qué habría de creerte? - dije algo enojada recordando que hace tiempo pensaron en separarnos a Ewan y a mi.
-Klein, por favor, estoy salvando la vida de Evan y la tuya - insistió.
-Pero si me voy, Ewan seguirá escribiendo aquí y no recibiría sus cartas, ¿qué pensará si no respondo a lo que me escribe?. No sabría en dónde buscarnos, madre. No puedo irme, además si mal no recuerdo, hace tiempo trataste de llevarme a América para separarme de Ewan cuando supe que estaba embarazada de él, ¿lo recuerdas?.
-Tu esposo ya se separó de tí al irse a la guerra, así que no te pongas terca y jala tus cosas para irnos - dijo retandome.
-No me iré de aquí, si llegan los alemanes me esconderé en no sé dónde, pero no me muevo de aquí.
-Bueno, allá tú, pero piensa en Evan y en como se pondrá Ewan cuando se entere que los alemanes tomaron los suburbios de Francia. Yo no me quedaré aquí a morir sólo porque tu quieres - dijo mientras salía nuevamente.

Evan vió salir a su abuela enojada y decidió gritarle un adiós. Salí por él y la preocupación volvió a llenarme de pies a cabeza. No sabía si irme o quedarme. La noche cayó y Evan preguntaba porque su abuela se había ido tan enojada, le dije que discutímos porque no la iba a visitar, Evan respondió que era necesario visitarla porque cuando él estuviera grande, yo me molestaría si él no me visitaba. Le dije que tenía razón y que pronto iríamos a visitar a su abuela, en cuanto su padre volviera de servir al país.

Al día siguiente, los rumores crecieron más y más, tanto que me dio miedo si un alemán mataba a mi Evan y decidí que no arriesgaría a mi hijo a ser asesinado. Le dije a Evan que juntara la ropa necesaria y la pusiera en una maleta, saldríamos a ver a su abuela. Evan se puso felíz y preparó la ropa entusiasmado mientras yo escribía dos cartas; una para Ewan y otra para el cartero. Las cartas las dejaría a la entrada del suburbio, dónde el cartero pasaría a recogerlas sin ser percibido por los alemanes. La del cartero contenía la nueva dirección al igual que la de Ewan en dónde describía las razones de porque había salido de la casa. Tomé unos cuantos alimentos y salímos alrededor de las dos de la tarde, sin saber a dónde, pero fuera del camino de los alemanes.

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