-¿Dormiste bien? - pregunté a Evan quien apenas abría los ojos. Lo llevaba cargando.
-¿Dónde estamos? - preguntó levantando la cabeza y mirando a ambos lados.
-Lejos del ataque - respondí.
-¿Por qué nos atacaron? ¿Les hicimos algo?.
-No, hijo, los alemanes están en guerra y atacaron los suburbios. Pero ahora estamos bien.
-¿A dónde vamos? - volvió a preguntar.
-A buscar en dónde podamos quedarnos y comer algo - le dije mientras lo bajaba de mis brazos - a ver, déjame ver tu frente.
-¡Ouch! - gruñó Evan - No toques, duele.
-Tienes abierta la frente. ¿Te duele sólo cuando toco? -pregunté.
-Sí, si no tocas no duele -me respondió con una sonrisa.
-Muy bien, creo que puedes aguantar.
La misma madrugada que recibimos el ataque de los alemanes, Ewan seguía intentando entrar a Alemania.
Alan, su amigo, conoció a un soldado nuevo, su nombre era Albert, un jóven de 18 años que había mentido sobre su edad para entrar a la guerra, tenía espíritu de ser valiente pero llevaba poca experiencia, temblaba al disparar su arma así que veía a Alan como un maestro del cual aprender. Entró al pelotón después de cruzar la frontera de República Checa y conoció a Alan cuando éste le regaló unas cuantas municiones. Alan y Albert hicieron muy buena amistad, platicaron de todo. Alan no tardó en señalar a Ewan como su otro gran amigo, Albert al ver a Ewan quedó impactado pues era muy parecido a su hermano muerto y le intrigaba saber cómo era Ewan.
-Ewan, quiero presentarte a Albert - dijo Alan.
-Hey Albert, ¿cómo va? - dijo Ewan fríamente.
-Hola, todo bien ¿y tú? - preguntó Albert intentando ser amable pero Ewan no respondió, acomodó su arma y camino aprisa.
-No te sientas mal, Albert. ¿Sabes? Ewan está así desde que se enteró que los suburbios de París serían atacados por los alemanes, su esposa e hijo viven o vivían ahí - dijo Alan mientras palmeaba la espalda de Albert.
Ewan estaba enojado y triste por no saber de Evan y yo. Temía perdernos y jamás volver a vernos. Se sentía impotente al no poder ir a los suburbios.
Mientras el pelotón caminaba por la madrugada, percataron de la presesencia de alemanes y no tardaron en abrir fuego contra ellos, rápidamente dos soldados del pelotón de Ewan cayeron muertos. Ewan los vió, se agachó y preparó su arma y tan pronto como pudo, disparo contra ellos. Los disparos pasaban cerca de Ewan quien podía escucharlos mientras pensaba si los alemanes nos habrían matado a Evan y a mí, Ewan recargó su arma y disparó con odio.
-¡Estúpido alemán, hijo de puta! ¡Muere! - gritó Alan matando a un alemán de dos tiros.
-¡Alan! ¡No tengo municiones! - gritó Albert.
-¡¿Bromeas?! ¡No puedo darte más justo ahora! -respondió Alan.
Albert buscó en la mochila de Alan, sacó balas y recargó su arma. El odio de Ewan por los alemanes crecía, cada que disparaba avanzaba un paso hacia ellos sin saberlo. Albert notó lo que Ewan hacía, miró a sus alrededores y disparó antes de que un alemán matara a Ewan, le evitó la muerte. Ewan dejó de disparar y corrió a la zanja en donde Alan y Albert estaban.
-¡Eres un idiota! ¡Casi mueres frente a ellos! - gritó Alan furioso.
-¡Deja de cagarme y dispara! - respondió Ewan. Albert no sabía que decir, le incomodaba escucharlos pelear, de repente notó que algo había caído en su zanja y abrió los ojos tanto como pudo.
-¡¡¡Granada!!! - gritó saliendo de la zanja a toda prisa. Ewan y Alan salieron a prisa, pero un pedazo de metal lastimaría a Ewan.
-¡Creo que me dieron! ¡Diablos! - dijo Ewan tratando de soportar el dolor.
- ¡Médico! - gritó Albert para ayudar a Ewan.
-¡No necesito un...! - dijo mientras se acomodaba para disparar nuevamente pero no llegó a la última palabra, ya que una bomba caería en los árboles donde se refugiaban. Ewan sacudió su cabeza y quedó sordo. Su brazo lo mataba, el dolor era insoportable y supo que algo malo le sucedió. Se quedó quieto por un momento, miró a ambos lados pero Albert no estaba, la bomba los separó. Ewan tomó fuerzas para salir a disparar nuevamente, a pesar de la herida tan grave que tenía, poco a poco su dolor disminuía.
Los disparos se escuchaban cada vez más lejos. Y Ewan supo que habían derrotado a los alemanes, escuchaba a sus compañeros reírse y gritar groserías a los alemanes que escapaban corriendo. Se recargó en un árbol, sacó un cigarro y lo encendió.
-¿Estás bien? - dijo Alan - Oh dios, mira tu brazo
-¡Diablos! El metal se incrustó más después de que la bomba cayera sobre mi y sobre Albert - dijo mirando la herida.
-¿Dónde está Albert? - preguntó Alan mientras rompía el uniforme de Ewan.
-No lo sé, no lo ví después de que la bomba cayera, nos separó.
-Iré a buscarlo, un médico vendrá a verte - dijo Alan saliendo en busca de Albert.
Albert se encontraba tirado boca arriba a pocos metros de donde estaba Ewan
- ¿Albert? ¿Estás bien?.
-De maravilla, viejo -respondió.
Ewan llevaba vendado su brazo después de que le sacaran el metal que se le incrustó, vio a Albert y se acercó a él.
-Gracias - dijo.
-Por nada - respondió Albert - me enteré de lo de tu esposa y tu hijo.
-Sí, aún no sé si están con vida, espero que sí y que los imbéciles de los alemanes no ataquen - respondió Ewan mientras miraba al cielo.
-Espero lo mismo. Sabes que cualquier cosa, aquí estoy -dijo Albert
-Gracias - dijo Ewan estrechando la mano con Albert.
-Soldado Grimmes.
-Sí, señor - respondió Ewan.
-El teniente quiere verlo - dijo un soldado quien dio media vuelta. Ewan lo siguió. El teniente Woley estaba esperando a Ewan.
-Soldado Grimmes -dijo el teniente
-Sí, señor.
-¿Supo lo que hizo hace unos momentos mientras disparaba? -preguntó el teniente.
-No, señor. Lo hice sin intención - se defendió Ewan.
-¿Sin intención? ¡Fue peligroso, soldado Grimmes! ¡Se acercó a los alemanes! - le gritó el teniente a Ewan, casi escupiendo - ¡¿Quería morir, acaso?!
-Lo siento, señor.
-¡Aquí no se siente nada! ¿Es por su familia? ¿Es por la toma de los suburbios?
-Señor...yo...- tartamudeó Ewan.
-Sáquese eso de la cabeza y concéntrece, quiero su mente aquí y no con su esposa, ¿entendido?
-Entendido, señor - respondió Ewan bajando la cabeza.
Al amanecer Evan y yo seguíamos caminando para encontrar un pueblo. Iba respondiendo a todo lo que Evan me preguntara. Serían las 7 de la mañana cuando escuché a alguien venir. Jalé a Evan y nos escondimos en unos arbustos, al mirar era un campesino, tenía aire de ser judío. No sabía si salir a pedirle ayuda o quedarme escondida hasta que se fuera, pero cuando me vi estaba saliendo de los arbustos.
-¡Buenos días! - saludé. El hombre se asustó pero en pocos segundos el miedo se fue.
-Buenos días, señora, ¿puedo ayudarle en algo? - preguntó con acento raro.
-Sí, busco un pueblo cerca de aquí, mi hijo y yo necesitamos comer algo - dije mientras Evan salía de los arbustos.
-Claro que sí, hay una pequeña aldea, todos somos judíos, espero que no le incomode, usted no parece ser alemana ni judía.
-No, no somos alemanes, somos ingleses, vivíamos en los suburbios pero los alemanes atacaron ésta madrugada y escapamos.
-Ohhh ya veo - dijo el señor - entonces fue cierto. Vengan por aquí.
El hombre era delgado, tendría unos 50 años, barba y cabello blanco. Llevaba un perro que era flaco de color café. Llegamos a la aldea y varias personas nos miraban con rareza, el señor Simón nos dirigió hasta su casa en donde su señora Edna nos recibiría. Edna era una mujer grande y gorda pero muy amable, usaba trapos en la cabeza y reía sin parar. Simón le contó lo que nos pasó a Evan y a mi, Edna miró a Evan y al ver su herida en la frente, fue por unos trapos y agua tibia. Curó a Evan, al parecer era una enfermera. Nos dio de comer y algo de ropa, la ropa que me dio era de su hija que había huido con un alemán y la ropa de Evan pertenecía a su hijo, Henrry. Tenía 10 años de edad y era un niño mal hablado y malcriado. Llevábamos tres días en la aldea, nos estábamos acostumbrando pero no podía quedarme ahí hasta que la guerra pasara. La señora Edna y yo platicamos demasiado, así que tomé confianza rápidamente. Cierto día decidí pedírle una pluma y papel para escribirle a Ewan.
Las cosas con Ewan parecían no estar bien, Ewan estaba aún más enojado y triste, cada vez se acercaban más a Alemania, las peleas que tenían la mayoría las estaban ganando, después del regaño que Ewan recibió, decidió no decepcionar a su teniente y comenzó a hacer mejor las cosas, de mala manera pero con buenos resultados. Su enojo y tristeza se irían cuando un cartero se unió al pelotón y comenzó a entregar cartas. Ewan esperó a que lo llamaran y al escuchar su apellido, corrió por la carta. Leyó el remitente y sonrió, no tardó en abrir la carta y leerla.
'Ewan:Cariño, espero que estés bien y puedas leer esta carta. Evan y yo estamos bien, vamos rumbo a Bélgica para escapar de la toma de los suburbios. Mi madre vino a visitarnos, se fue y regresó alertándonos de los alemanes, no me fui con ella; me fui aparte, sólo con Evan. Te extrañamos mucho, Evan pregunta cuándo volverás, tiene ganas de verte. Estas cartas las dejé en la oficina de la entrada del suburbio, tal como me dijiste, así que estas noticias serán de tres, dos o un día de retraso. Aún no tengo dirección para que tu me escribas, yo lo seguiré haciendo para tenerte al tanto. En cuanto llegue a Bélgica, buscaré la manera de que me escribas. Cada parada que haga te escribiré una carta, ojalá no tarden en llegar, no te preocupes por nosotros. Te amo tanto, cuídate.
Klein G.'
Dobló la carta y se tranquilizó. Comenzó a pensar en un lugar tranquilo para Evan y para mí, en donde estuviéramos tranquilos, sin guerra. Ewan estaba feliz, pero ahora la tristeza se apoderaría de Alan, quién recibió una carta en donde decía que su esposa estaba mal por el embarazo y que el bebé estuvo a punto de nacer antes de los 9 meses. Su esposa Dana estaba en peligro como lo estaba el bebé. Ewan trató de ayudar a alentar a Alan, ahora Ewan tenía que ayudar a su amigo.
Mientras los días pasaban, ayudaba a la señora Edna a lavar ropa, de tal manera podría pagar lo que nos estaba dando. Comenzaba a sentirme mal, podría ser porque no había estado comiendo ni durmiendo bien, pero no era así.
-¿Estás bien, niña? – preguntó Edna
-Sí, es sólo que me siento cansada – respondí llevándome la mano a la frente.
-Pues no te ves muy bien, eh.
-Ya se me pasará – dije. La tarde caía y al colgar la ropa en una cuerda, sentí que el piso se movía, me desconcentré y caí al suelo. Desperté en cama y Evan estaba a un lado mío.
-¡Mamá! ¿Cómo estás? – dijo Evan acercándose a mis ojos.
-Bien, hijo. Estoy bien – respondí.
-Ay niña, ¿sabes qué creo? – preguntó la señora Edna
-Dígame.
-Creo que estás embarazada, tienes todos los síntomas – dijo mientras me daba un té. Me preguntaba a mí misma si sería cierto, al principio lo negué pero al hacer memoria recordé que una noche antes de que Ewan se fuera a la guerra hicimos el amor. Ewan no lo sabía y tendría que decirle de alguna manera y pronto.
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